Mentiras

Opinión
/ 7 diciembre 2021
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Todos mentimos, y si usted cree que usted no lo hace, entonces miente. La mentira va desde un simple “dile que no estoy” a un “yo te llamo”, pasando por enormes e imperdonables. La gente miente, no todos y no siempre, pero mentimos. Lo hacemos para quedar bien, para mejorar nuestra autoestima y provocar admiración. Exageramos nuestras virtudes, minimizamos nuestros defectos, escondemos nuestros pecados, mentimos para llamar la atención hacia nosotros o para conseguir algo. Mentimos sobre quienes somos para convertirnos en quien nos gustaría ser, y lo que está en medio lo llenamos con mentiras.

La ciencia lo ha medido. Pamela Meyer, graduada de Harvard y autora del libro “Cómo detectar a un mentiroso”, asegura que cada día nos mienten entre 10 y 200 veces y que muchas de estas mentiras son “piadosas”. Meyer dice que se ha demostrado que los extraños se mienten tres veces en los primeros 10 minutos en que se conocen.

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Asegura que mentimos más a nuestros compañeros de trabajo y que las personas extrovertidas mienten más que las introvertidas. Que los hombres mentimos ocho veces más sobre nosotros mismos que sobre otras personas y que las mujeres mienten regularmente para proteger a otros; que en un matrimonio se miente en una de cada 10 interacciones.

Las cifras de Meyer son abrumadoras, pues prueban que “subestimamos el número de mentiras que decimos” y van más allá, pues sugiere que “la mentira es tan común, tan reflexiva, que literalmente desconocemos el flujo constante de falsedades que pronunciamos”.

Dice que “la mentira es un acto cooperativo. Piensen, una mentira no tiene poder en sí misma. Su poder surge cuando alguien más acepta creerla”. Afirma que “no todas las mentiras son dañinas. Algunas veces estamos dispuestos a participar en el engaño para mantener la dignidad social, tal vez para guardar un secreto que debe permanecer secreto”.

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El propio Papa Francisco abordó el tema hace tiempo, señalando a los medios de comunicación que difunden rumores sin fundamento y escándalos falsos. En una entrevista Bergoglio dijo que “la desinformación es probablemente el principal pecado en el que incurre un medio, porque dirige la opinión pública hacia una sola dirección y omite parte de la verdad”. Lamentó este auge de la desinformación y declaró que “consumir noticias falsas es como comer heces”.

Pero quizás Bergoglio olvidó, ¿o mintió?, pues conoce que la mentira está en el corazón mismo de nosotros, parte de nuestra herencia cultural. Y es que, hasta ahora, jamás lo he escuchado desmintiendo lo que la tradición judeocristiana nos ha contado desde tiempos inmemoriales.

Que la versión bíblica de la creación y toda la historia de Adán y Eva giran en torno a una mentira. Que ocurre lo mismo con el éxodo, las tablas de la ley y, en especial, lo que historiadores expertos consideran como la más grande mentira jamás contada: la vida de Jesús con todas sus imprecisiones: fecha, tipo de nacimiento, milagros, resurrección, casi todo.

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La diferencia aquí es que se trata de mentiras tan apasionantes que reflejan la condición humana y su necesidad de creer en algo o en alguien, un ente superior que nos haga sentir que estamos solos y a la deriva en este enorme universo y sin ninguna explicación, esa verdad nos resulta cruda e incómoda. Pero no culpemos a la gente por preferir mentiras. Todos las decimos; por eso nos las dicen y también por eso las escribimos y las leemos. Y cómo no hacerlo, cuando el engaño y el autoengaño han tenido un papel esencial en la evolución y la estructura misma de nuestras mentes.

Pero no sólo la religión está llena de mentiras. La historia, la ciencia y cualquier ámbito de la vida encontramos mitos, engaños y mentiras. El problema es que, si está demostrado que todos mentimos, ¿cómo podríamos confiar en esas personas que creemos deberían ser los ejemplos de honestidad?

Como el político local que se cree sus propias mentiras y paga para alabarse a sí mismo y las “maravillas de su gobierno”. El mismo que está convencido de su honestidad, pero que su corrupción brotará muy pronto. En esos casos, conviene recordar lo que decía Nietzsche: “La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano”.

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@marcosduranf

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