México XV

Opinión
/ 16 septiembre 2021
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Hace varios años comenté en este mismo espacio un divertido artículo del periodista argentino Hernán Casciari, que a la postre se convirtió en uno de sus textos más celebrados.

En “La Edad de los Países” Casciari propone una fórmula para calcular la equivalencia que en años-hombre tendría una determinada nación.

“Así como para sacar la edad de un perro multiplicamos sus años por siete”, nos dice, “en el caso de los países, lo que debemos hacer es dividir el total de sus años entre 14”.

Lejos de resultar arbitrarias, las edades arrojadas tienen una buena dosis de lógica y se vuelven hilarantes una vez que el autor se pone a sacar conclusiones. Cito las más significativas:

La mayoría de los países de Latinoamérica, por ejemplo, tiene alrededor de 200 años, los que divididos entre 14 los vuelve quinceañeros con toda la problemática inherente a la adolescencia.

Estados Unidos es un poco más grande, un ‘bully’ retrasado mental de 17 que abusa y maltrata a pequeñitos africanos de apenas seis años.

“China, con sus mil 200 años, es toda una venerable señora de 85 que huele a pis de gato, con un nieto, Taiwán, de apenas ocho que le hace la vida imposible; divorciada ya hace tiempo de Japón, un viejo cascarrabias al que todavía se le pone dura y se juntó con Filipinas, que es una jovencita dispuesta a cualquier cosa a cambio de plata”.

Le garantizo que el resto de su descripción de la división política mundial es para desternillarse, yo sólo quería establecer el tono de esta tesis en clave humorística para ahondar en la descripción del México púber que hoy celebra el inicio de su gesta independentista, pero en unos pocos días -el 27 del presente mes- habrá de conmemorar 200 años como nación independiente. Así que, veamos:

A sus quince años, México padece una severa desmemoria o desinterés por los asuntos importantes. A veces sólo parece importarle el futbol. Y no parece caerle el veinte de que no se la puede pasar holgazaneando indefinidamente, que en algún momento tendrá que ponerse las pilas y hacer la tarea.

El ya mencionado muchacho de al lado le provoca los más contradictorios sentimientos, pues aunque sabe que es un auténtico descerebrado, lo cierto es que lo envidia, anhela su poder adquisitivo; su casa está chida y tiene los ojos verdes; no obstante mucho de lo que este vecino posee es por gandalla y abusivo.

México es bien consciente de su pasado indígena y se dice orgulloso de éste en todo momento, pero cuando se toma una ‘selfie’ prefiere meterle muchos filtros para no verse taaaan orgulloso y dar mejor el gatazo. Sabe que el resto de los chicos pobres de la cuadra lo admiran y a veces lo visitan, pero sólo porque quieren acercarse a la casa del “bully” para echar un vistazo y ver cómo se le meten.

A diferencia de otros de los chavos de la cuadra, México no es pobre, pero como buen adolescente gusta de andar fachoso, desaseado, totalmente impresentable al grado de que a veces parece indigente.

Siendo más niño tenía mejores gustos (escuchaba Cri Cri y veía pelis de la Época de Oro), hoy en día, con la efervescencia hormonal a tope, se rebela y consume pura basura. Le encanta el reggaetón y sus respectivos videos de nalgonas; y de lo que pondera como entretenimiento mejor ni hablemos. El perreo sin embargo le ayuda a evadirse y a olvidar por momentos la violencia intrafamiliar que se vive en su hogar.

Empero, el rasgo juvenil que mejor nos pinta como país en plena edad de la punzada es esa búsqueda incesante de ídolos. Acomplejados como nación bastarda, necesitamos modelos que nos inspiren, figuras a quien seguir. Por desgracia, no podemos presumir de saber escoger a nuestros ídolos y con frecuencia encumbramos a cualquier pendejo sin talento pero con suficiente carisma, marketing o verborrea para cautivarnos.

Este México quinceañero tiene bien pegado en la pared de su cuarto su póster de AMLO, la estrella en boga (aunque ya tiene dos años y medio que no coloca un nuevo hit).

Como el ingenuo chamaco que aún es, México se creyó que este nuevo ídolo de las multitudes sería una verdadera revolución que transformaría para siempre la escena de la política pop. Pero va a tardar más años todavía en reconocer que le vendieron un producto tan desechable y chatarra como todos los que le precedieron.

Qué terrible pensar que estamos lejos todavía de la mayoría de edad y peor aún, lejísimos de la madurez que trae algo de sensatez y juicio, no sólo en lo político sino en nuestra manera general de vivir.

¿Será que necesitamos en verdad otros doscientos años para llegar a los 30 y medio entender que nuestros problemas no serán solucionados por ningún ídolo emergente?

No sé si ello ocurrirá hasta nuestro arribo a la “tercera década”, pero cuando dejemos de ser un país de caudillos para convertirnos en uno de instituciones, será el mejor síntoma de que hemos alcanzado esa imprescindible madurez y con ésta todas las nuevas responsabilidades, pero también los beneficios, que otorga.

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