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Mirador 06/08/2022

Opinión
/ 6 agosto 2022
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Declara un cierto amigo mío:

-Yo no creo en Dios, pero en el Señor de la Capilla sí.

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Hoy es el día más grande para los católicos de Saltillo, mi ciudad. El 6 de agosto se celebra al Santo Cristo de la Capilla, cuya doliente imagen ha presidido la devoción del pueblo desde el siglo diecisiete.

Ver al crucificado es conmoverse. No es un Cristo desgarrado, sanguinoso. Tampoco tiene la extremada serenidad del que pintó Velázquez. Es un Cristo divino y humano al mismo tiempo, que muestra apenas en la mejilla “la sexta llaga” que los imagineros mexicanos ponían a sus cristos, la herida que causó el traidor beso de Judas, tan malvado beso que hizo estallar la carne en el rostro de Jesús.

Fui a saludar al Señor de la Capilla en su novenario, como hicieron mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos y los bisabuelos de ellos. Soy un heterodoxo. Lo soy desde los 3 años, cuando le pregunté a mi padre al pie del púlpito en que el cura alargaba su sermón. “Papá: ¿a qué horas se mete el payaso?”. Ante el Santo Cristo, sin embargo, escondo todas mis heterodoxias, y le presento como ofrenda mi vacilante fe de inepto pecador. Salgo en paz de su capilla porque sé que me ha perdonado. Él todo lo perdona. Él a todos nos perdona.

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¡Hasta mañana!...

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