Mirador 21/01/22

Opinión
/ 21 enero 2022
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Cuando muere un poeta el mundo se oscurece un poco, y muchas cosas de la vida quedan sin explicación.

Murió en mi ciudad Alfredo García Valdez, poeta. Hace muchos años fue mi alumno en la clase de Literatura del Ateneo Fuente. Yo les recitaba a los muchachos y muchachas las rimas de Bécquer y los versos de Acuña, y al terminar la clase él me preguntaba acerca del creacionismo de Huidobro y del estridentismo de Manuel Maples Arce.

Hablaba en voz muy baja, como si tuviera miedo de ofender al aire, y a veces sus palabras eran vacilantes, pues al salir tropezaban con la poesía que llevaba entre los labios. Su humildad era tan humilde que casi no era nada, pero sus versos fulgían como los ojos de una mujer o como el relámpago en la noche.

La última vez que lo vi –fue antes del encierro- me dijo de una novela de proporciones épicas, entre bíblica y homérica, que estaba escribiendo como se talla una montaña.

Hago una profecía: cuando yo sea olvido Alfredo García Valdez será presencia. Aquellos que nos dicen quiénes somos nunca dejan de ser.

¡Hasta mañana!...

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