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Mirador 26/11/21

Opinión
/ 26 noviembre 2021
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Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que creyó tener Covid-19, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-Hermosa devoción es el rosario. Rezarlo es deshojar 50 rosas a los pies de la Virgen, y luego decirle una serie de piropos, algunos con antigüedad de siglos, otros nuevos. ¡Y qué piropos! “Casa de oro”... “Estrella de la mañana”... “Reina de los ángeles”... “Torre de marfil”... Requiebros que se deslizan de los labios como los que se dicen a la mujer amada.

Siguió diciendo:

-Yo aprendí a rezar el rosario al lado de mi abuela, la madre de mi madre. Cuando lo rezo las dos están conmigo, aunque ninguna de ellas está conmigo ya. Ellas dicen: “María, madre de gracia, madre de misericordia...”. Y yo respondo: “En la vida y en la muerte ampáranos, gran Señora”. Al final del rezo –“Bajo tu amparo nos acogemos, oh Santa Madre de Dios...”- me queda una sensación de paz que me acompaña en el sueño de la noche y en los sueños del día.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!...

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