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Mirador 28/01/22

Opinión
/ 28 enero 2022
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“Cantando la cigarra pasó el verano entero...”.

Cuando llegó el invierno no tuvo qué comer.

Fue con la hormiga, que había trabajado todo el año y tenía colmados sus graneros.

-Dame un poco de pan –le suplicó.

La hormiga era de corazón duro y le cerró sus puertas. La cigarra feneció de hambre.

El Señor se compadeció de ella y la llevó a su Cielo. Ahí canta en el coro de los ángeles y los arcángeles, de los serafines y los querubines. En las noches sin viento, si aguzas el oído, puedes oír la canción de la cigarra.

Cuando murió la hormiga el Señor tuvo también piedad de ella y la llevó a su casa. Allá la hormiga sigue trabajando, pero acá no se escucha el ruido que hace al trabajar.

De todo esto deduzco que al buen Dios le gusta la gente que trabaja, y le gusta también la gente que canta. Por eso tanto la hormiga como la cigarra están en la morada celestial. Pero ambas estarían a la derecha del Padre si la cigarra hubiera trabajado un poco más y cantado un poco menos, y si la hormiga hubiera trabajado un poco menos y cantado un poco más.

¡Hasta mañana!...

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