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Nuestra fiesta

Opinión
/ 6 agosto 2022
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Una de las más profundas raíces de Saltillo y de lo saltillense está en la Capilla del Santo Cristo. Sé de mujeres y hombres que dejan esta tierra y se van a otras, extrañas y remotas. Muchas cosas olvidan, pues el paso del tiempo hace olvidar hasta el paso del tiempo, pero lo que no olvidan nunca es la preciosa imagen del Señor de la Capilla, en cuya devoción viven la fe y las tradiciones de nuestra población.

He oído decir que en Saltillo hasta los ateos -esos pobres que no tienen a quién darle gracias por la vida y sus prodigios-, hasta los ateos, digo, son devotos del Señor de la Capilla. Los creyentes van el día de su fiesta a visitar al Santo Cristo, y ungen sus desconsuelos con el bálsamo de la oración al crucificado.

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Día el más grande de Saltillo es este 6 de agosto. Todo cambia, pero sigue inconmovible la piedad que suscita la imagen que trajo de Xalapa el comerciante Santos Rojo. Que así sea por muchos años. Es decir, que sigamos siendo saltillenses.

Mínima ofrenda mía para nuestro Santo Cristo es un soneto que se me salió hace algunos años. Mal urdido y peor tramado, es sin embargo testimonio de amor y devoción de alguien que a pesar de todos sus yerros ha conservado la fe de sus mayores, y las tradiciones que de ellos recibió. Pobre es la dádiva. Pido perdón por ella a aquel a quien el soneto está dedicado. Y también pido perdón a los poetas, que junto con los pobres son los representantes de Dios aquí en la tierra.

Soneto por el amor de Dios.

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Si he de dejar el corazón tirado;

si he de morir el resto de la vida;

si es necesario herir mi propia herida

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y olvidar de una vez lo recordado;

si he de mirar pasar lo que ha pasado,

y decirme mi propia despedida,

y derribar la casa construida

y convertirme en muerto y sepultado,

bien está: el corazón será rendido,

y me atravesaré de parte a parte,

y la memoria tornaré en olvido.

Quiero matar lo que sin ti he vivido.

Quiero perderme, Amor, para encontrarte,

porque si no te encuentro estoy perdido.

AFA.

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