Carta a mi amigo Pedro Pantoja, que se fue, pero aún está a un mes de su partida

El columnista Rodolfo Garza comparte esta misiva al ‘apóstol de los migrantes’, con quien lo unió una gran amistad Hasta luego.

Politicón
/ enero 17, 2021 - 07:20

Querido Pedro, amigo mío: Mañana se cumple un mes de tu partida. Dicen que algo se muere en el alma cuando un amigo se va.

Hoy sé que es verdad. Algo se ha muerto dentro de mí con tu partida. Me quedan solo los recuerdos, de tantas experiencias que tuvimos juntos. No, no es fácil aceptar una noticia como la que recibí de Bere, —tu secretaria por más de 20 años—: “El Padre Pedro acaba de fallecer”. Se hizo el silencio, me sentí pequeño en la inmensidad, pensé que apenas unos días antes habías comido en nuestra casa, y ya no estabas. Comprendí que la vida y la muerte están separadas por un hilo muy delgado, que se rompe fácilmente, que pasamos por la vida como aquel que pasea un rato por el campo y cuando se va, se da cuenta se le han pasado las horas.

Cuando te fuiste de la casa, me prometiste que te cuidarías y no te expondrías a la pandemia, pero yo ya sabía que nunca te negabas a asistir a quien requería de tus servicios de sacerdote. Me contaste que habías dado los santos óleos a 48 personas—incluyendo a algunos que no eran de tu parroquia—, porque sus familiares te lo pidieron, ya que otros curas se habían negado a estar en contacto con quien estaba a punto de dejar su cuerpo. Me dijiste que nos mantendríamos en contacto para saber cómo estábamos, así como nuestras familias y seres queridos, por la presencia del COVID.

Pensé que te volvería a ver pronto y podríamos contarnos nuestros planes. ¡Teníamos tanto que contarnos! Cuando te despediste de mi casa escuché una voz tan llena de vitalidad que pensé, que no te ibas a detener en atender a quien te solicitara. “Así es Pedro, pensé”.

 En días como hoy no es fácil describir con palabras, qué se siente cuando se pierde a uno de esos amigos con quien se ha compartido tanto. ¿Qué te puedo contar? No he dejado de pensar en todo lo que hicimos, cuando nos propusimos promover la Construcción de ciudadanía a través de Eslabones Vecinales, —junto con la profesora Rosario Brondo—, un proyecto que llevamos a todo el estado. De esas experiencias hay cien anécdotas o más que podría mencionar.

Por la experiencia que se acumuló durante varios años, en la vicaría acordaron que se incluyera en los programas de la Pastoral Social un apartado de Pastoral de Ciudadanía, con los Eslabones Vecinales. Esta actividad se promovió en toda la diócesis, quedando inscrito en los documentos oficiales con vigencia de diez años. Te recuerdo siempre alegre, contabas chistes y anécdotas cuando estabas entre amigos. Parecía que no traías nada sobre la espalda, cuando en realidad cargabas un bloque de mármol, por los pesares y angustias de quienes ayudabas y protegías.

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Tu salud la cuidabas poco, pues dormías unas horas y comías apenas. Frecuentemente lo comentaba con Bere, Fernando o Alberto, tus más allegados colaboradores, quienes me decían “Ya le dije, pero no hace caso”. Tu fe y coraje por sacar los problemas y compromisos adelante eran tu mejor alimento y medicina.

Eras de pocos placeres y reuniones y me considero privilegiado de que frecuentaras mi casa y te sintieras como en la tuya. Me sentía muy halagado que me permitiste participar periódicamente en reuniones muy exclusivas que tenías con amigos tuyos, curas rojillos de Coahuila y Monterrey, que no pasaban de 10.

Siempre considere que estos sacerdotes pueden ser la semilla para que en nuestro país se dignifique el evangelio, pero más que todo, se aprecie la razón filosófica de ser de Jesucristo.

Estos amigos también estaban convencidos de que hay que estar cerca de la gente y no entre faldas, con señoras rezanderas. Tu capacidad de trabajo la forjaste con un gran carácter y una gran capacidad de análisis y reflexión, por pertenecer a la Teología de la Liberación.

Estimado Pedro: Con tu ejemplo volví a creer en sacerdotes comprometidos a pesar de varias amenazas de muerte que recibiste del grupo de los Z y las dificultades con los diferentes gobiernos, nunca te amedrentaste, sino que al contrario actuaste como los toros de lidia, que les ponen las banderillas para que saquen la casta y embistan con más coraje. Juntos examinamos muchas cosas, desde filosóficas hasta problemas de nuestro tiempo. Tu lucidez me sirvió para pensar racionalmente, con conocimiento, sobre dichos problemas, buscando ejecutar el bien que dicta la conciencia.

Recuerdo los talleres y conferencias de Eslabones Vecinales que dimos los tres (Tú, Chayo la profesora y yo) a más de mil personas. En algunas ocasiones teníamos hasta treinta personas que nos escuchaban y atendían nuestras recomendaciones. Pero en otras, que fueron varias, nos quedábamos los tres solos esperando que llegara la gente y solo dos o tres viejitas asistían.

Y volvíamos a intentar nuevamente a invitar a los fieles a participar, con la ayuda de las parroquias. Muchas veces me desanimaba por la poca respuesta, pero tú me animabas y seguíamos.

Cuando expusimos en Monclova nuestro programa de ciudadanía a todos los curas de la diócesis de Saltillo, con la presencia de los obispos Raúl Vera y Francisco Villalobos, al final hubo curas que se molestaron y me preguntaron ¿Y tú, quién eres? ¿Por qué nos viniste a regañar? Pero el señor Villalobos me dijo en voz muy baja: “Qué bueno que les dijiste todo eso”.

En Piedras Negras, aunque nos habían augurado que el obispo (Loncho) Alonso Gerardo Garza Treviño no iba a estar presente, sí estuvo y fue el más entusiasmado con el tema. En una reunión con un grupo de sacerdotes en Saltillo, algunos me preguntaron ¿Y para eso nos reunieron? ¿Para que salgamos a la calle a predicar y darnos cuenta de la pobreza? Antes de que les replicara, rápidamente dijiste “Muchas gracias Padres por su atención”, y salimos apresuradamente del lugar, para que yo no me enganchara en una discusión con ellos.

Recuerdo a un grupo de jóvenes entre 15 y 18 años que se negaron a entrar a una de nuestras reuniones en una parroquia, porque iban a rezar el rosario a la casa de uno de ellos. Tú me comentaste que preferían cantar “Semillita de mostaza”, en lugar de conocer la realidad de su comunidad.

Estuvimos también en Monterrey en la parroquia de uno de tus amigos, con un extraordinario éxito; el lugar estaba abarrotado de fieles que deseaban escuchar lo que traían los saltillenses. Querido amigo, te has ido sin decir adiós. Te fuiste sin despedirte, aunque dejas con nosotros los recuerdos de vivencias que nada ni nadie podrán borrar. Me quedé con las ganas de darte un abrazo, aunque fuese el último.

Pero me quedo también con la imagen y el recuerdo de aquel amigo que conocí hace casi veinte años, que siempre sonreía, que siempre estaba ocupado y muy activo con múltiples actividades y que era sorprendentemente puntual para cualquier compromiso. Los migrantes fueron tu lucha más importante, tanto te preocupabas por ellos que arriesgaste muchas veces tu vida para defenderlos.

Pedro amigo, pasaste a formar parte de mi historia, a ser un personaje del libro de mi vida. Pero te has ido ¿Y ahora qué? Para ti es muy fácil, pero los demás nos quedamos aquí, con la angustia de lo que sigue. Ya nunca más nos traerás la Agenda Latinoamericana, como solías hacerlo desde hacía años y luego comentábamos los artículos que en ella venían. Y es que este vacío, esta soledad son auténticos y no hay forma de calmarlos.

Esta herida me angustia hoy más de la cuenta y me desgarra el alma. Mañana probablemente deje de doler, pero cuando eche la vista hacia atrás y me dé cuenta de que ha cicatrizado, entonces sí que me sentiré terriblemente solo.

Y será una soledad mucho más triste de la que ahora siento, será “una soledad tan desolada” como decía Mario Benedetti (Tengo Una Soledad Tan Concurrida). Y entonces, querido amigo, los recuerdos me resultarán mucho más insoportables que ahora. Tal vez pueda recordarte sin que algo se desgarre en lo más profundo de mi ser, pero veré tu ausencia y todos esos momentos de mi vida en los que tú ya no vas a estar. Y mientras ese momento llega, sólo me queda la soledad tan llena de nostalgias, sin tu presencia y esa vana esperanza que albergo algunas noches, de que todo sea una terrible pesadilla de la que voy a poder despertar a la mañana siguiente.

Vano todo aquello en lo que empeñamos la vida y que nos impide disfrutar de las personas que nos importan mientras las tenemos cerca. Vanas estas lágrimas que nublan mi vista; vanas, pero son lo único que me queda, es la única forma que tengo de poder continuar, de poder sonreír y hacerme el fuerte cuando me encuentro con personas que también te conocieron y que también te llamaron “amigo”.

Espero que descanses lleno de paz en algún lugar del firmamento donde ya no exista el tiempo. En algún momento allí nos encontraremos de nuevo,

Tu amigo, Rodolfo Garza Gutiérrez