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La Gabino

Politicón
/ 3 mayo 2019

     

    “-Pascuala, Dios te mantenga.

    -Norabuena vengas, Mingo. Hoy que es día de domingo ¿no estás con tu esposa Menga?

    -No hay quién allá me detenga, que el cariño que te tengo me impone un quejo tan luengo que me acosa que me venga...”.

    Estoy escribiendo de memoria esos antiguos versos de Juan del Encina. Los aprendí en tercero de secundaria, en la clase de la señora Vitela, y no los he olvidado.

    Excelente maestra era la profesora Amelia Vitela de García. Con la señorita Sutton, doña Juanita Flores viuda de Teissier, la maestra Victoria Garza Villarreal y doña Gertrudis Méndez de López de Lara, a quien llamábamos “la teacher”, pues enseñaba inglés, la señora Vitela fue parte de aquel grupo de extraordinarias maestras que en la Escuela Normal fueron tan decisivas en mi formación.

    La cualidad principal de la señora Vitela era su bondad. Tenía una voz dulce, maternal; su trato era cariñoso. A mí me dispensaba un especial afecto, pues era amiga de mi madre, y además su clase de Español me gustaba tanto que me bebía sus palabras. Hacía con esmero las tareas que nos fijaba, e iba a la biblioteca de la Alameda a buscar en robustos diccionarios las “consultas” que nos encargaba.

    La señora Vitela nació en General Cepeda. En esa añosa villa, la de Patos, vivió mi madre su niñez y primera juventud. Ahí se conocieron las dos e hicieron una amistad que duró toda la vida. “¿Cómo está Carmen?” –me preguntaba con frecuencia la maestra–. “Salúdame a Melita” –me pedía mi mamá–.

    La maestra Vitela, tan llena de ternuras, era al mismo tiempo una docente enérgica que exigía lo mejor a sus alumnos. Mantenía en su clase una perfecta disciplina. Era además una moderna pedagoga que no hacía concesiones a los pacatos convencionalismos de la época. Nos hizo leer, sí, las “Rimas y Leyendas” de Bécquer, la “María” de Jorge Isaacs y el “Tabaré” de Zorrilla de San Martín, cosas todas del romanticismo decimonónico, pero en su clase leímos también las desaforadas picardías que puso José Rubén Romero en “La Vida Inútil de Pito Pérez”. Si los jesuitas que conocí en la primaria hubiesen sabido eso habrían puesto el grito en el cielo, en la tierra y en todo lugar.

    De Venado, San Luis Potosí, vino a Saltillo don Gabino García y se casó con la maestra Vitela. Juntos fundaron la academia comercial que primero se llamó “Capitán Piloto Aviador Emilio Carranza” y que luego, a la muerte de su fundador, llevó su nombre: “Academia Comercial Profesor Gabino García”. “La Gabino”, le decían sus alumnos en mérito de la brevedad.

    Cuando esa prestigiosa institución celebró sus Bodas de Diamante tuve el grandísimo honor de recibir en el salón de actos de la Escuela Normal la presea “Amelia Vitela de García”. Dice la placa que se me entregó: “Por su brillante trayectoria como Cronista de la Ciudad y editorialista, con la que ha contribuido en gran manera a que las nuevas generaciones de saltillenses conozcamos las raíces de nuestro pueblo”.

    Me emocionó mucho esa distinción. Al final de la ceremonia fui sin que nadie me viera al salón número 3, que era el de la señora Vitela, y le di las gracias a mi maestra por haber puesto en mi vida tanto de la suya.

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