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Muere Morsi, ¿se acuerdan de la "Primavera" egipcia?

Politicón
/ 22 junio 2019

    El martes murió Morsi, un hermano musulmán que llegó a la presidencia en Egipto en 2012 como resultado de la "Primavera Árabe". Una nota llevaba esta cabeza: "Morsi simbolizó el triunfo de la revolución egipcia—y su colapso". Ese encabezado nos recuerda aquel encanto mediático, tan en boga en 2011 y 2012, por un fenómeno que fue calificado, casi de inmediato, como "revolución victoriosa". Bajo esa narrativa, la "primavera" egipcia había triunfado, y sólo posteriormente colapsó. La historia de Morsi, sin embargo, más que la historia de una revolución exitosa, es la historia de los tres golpes de estado que fueron eficazmente presentados como el "triunfo" de esa "revolución".

    El primer golpe, en febrero del 2011, fue el más sutil. Millones de personas se manifestaban en lo que fue conocido como la "Primavera Árabe". La élite militar decidió actuar distinto que los cuerpos policíacos de Mubarak, el dictador, y optó por no reprimir a los manifestantes, sino esperar, meditar y planear. Mubarak había dejado de ser funcional a la supervivencia del régimen, a pesar de que era su comandante en jefe, y fue depuesto por el ejército, el cual entonces se quedó a cargo del país bajo el compromiso de su futura democratización. Diez meses después llegaron las elecciones legislativas. La junta militar permitió la instalación del parlamento, pero los resultados no le gustaron pues la Hermandad Musulmana había obtenido la mayoría. Entonces, el ejército simplemente disolvió el parlamento argumentando la ilegalidad de las elecciones. Ese fue el segundo golpe.

    Pocas semanas después, hubo elecciones presidenciales en donde Morsi obtuvo la victoria. Una vez más, al ejército no agradó el resultado. Pero no reconocer el triunfo del candidato islamista hubiese puesto en riesgo el plan mayor. Por eso, al nuevo presidente se le permitió gobernar a cambio de que sus acciones no tocasen los privilegios de jueces y militares. Morsi violó aquel pacto en más de una ocasión, además de cometer otros errores políticos. Eso le costó el poder en el tercero de los golpes militares, ya en 2013. Morsi fue detenido al igual que los principales líderes de la Hermandad Musulmana.

    El ejército reprimió brutalmente las manifestaciones a favor del islamista, se designó a la Hermandad Musulmana como organización ilegal, se le declaró como grupo terrorista, se enjuició y condenó a muerte a miles de sus miembros, y se convocó a nuevas elecciones en las que el general Sisi competiría para la presidencia, ahora como civil. Es de destacar que cada uno de esos movimientos contaba con amplio respaldo popular, especialmente entre ciertos sectores de la sociedad que veían al poder de los islamistas como un retroceso. Al final, esa cúpula castrense había demostrado una gran habilidad para convencerlos a todos de que su revolución había triunfado.

    Ocho años después, según organismos internacionales, Egipto tiene varios de los peores récords del mundo en derechos humanos, libertad de expresión, libertades para ejercer el periodismo o independencia de poderes para garantizar contrapesos y Sisi ha conseguido extender su mandato hasta 2030.  Por lo tanto, va de nuevo. La muerte de Morsi, a algunos parece recordar el triunfo de la revolución y su posterior colapso. A otros, en cambio, nos recuerda lo que pasa cuando un régimen se siente amenazado y diseña estrategias para resistir, eligiendo de qué personas y grupos debe prescindir, cambiando para que todo siga igual, y contando la historia que necesita que sea creída y repetida hasta el cansancio.

    Twitter: @maurimm

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