Un ramo para Ultiminio Ramos

Politicón
/ 4 agosto 2021

Cuando mi esposa y yo nos casamos éramos muy ricos. Lo único que no teníamos era dinero. Así, nuestra luna de miel fue en la Ciudad de México. ¿Acapulco, que era la moda entonces? Ni pensarlo.

Llegamos a un hotel modesto, uno que podía yo pagar. Se llamaba -se llama todavía, pues existe aún- Hotel Virreyes. Está frente al Salto del Agua, por la antigua calle de San Juan de Letrán, que ahora lleva el horrible nombre de “eje”.

Una mañana vi en el lobby del hotel a un hombre de color. Bien parecido era aquel hombre, de recia contextura, membrudo, con espaldas anchas y fornidas. La regularidad de sus facciones era alterada por su nariz, demasiado roma, como achatada. Tenía así la nariz porque era boxeador. Yo lo conocía bien. Era Ultiminio Ramos. Le dije:

-Quiero darle las gracias, señor Ramos. Por usted soy abogado.

-¿Cómo así, chico? -me preguntó.

Le conté la historia. Cuando fui a estudiar en la Capital mis padres no me podían enviar más dinero que el estrictamente necesario para la asistencia y los gastos más indispensables. Así, hube de ingeniármelas para multiplicar ese dinerito y tener para mis vicios: los cafés, las corridas de toros, la ópera, los libros, el teatro, las andanzas diuturnas, diurnas y nocturnas, por los rincones santos y non sanctos de la gran ciudad.

Por esos días me conseguí un trabajo en la agencia Dunn and Bradstreet. En la matriz de esa empresa norteamericana trabajó también Lincoln cuando empezaba su carrera de abogado. Esa mención no lleva ánimo comparativo; es una simple cita histórica.

En la agencia había un office boy a quien llamábamos Cuervito, pues era muy pequeño y muy moreno. Vivía en Tepito ese muchacho. Quiero decir que era boxeador. Peleaba en peso mosca. Cada vez que hacía su aparición en la Arena Coliseo nos invitaba a echarle porras. Así me aficioné al box. Aquí es donde entra Ultiminio Ramos.

Llegó por ese tiempo a México una brillantísima generación de peleadores cubanos: Luis Manuel Rodríguez; José “Mantequilla” Nápoles; Ultiminio Ramos... De los tres el más grande fue el Mantecas. Su gran error consistió en enfrentarse a Carlos Monzón, que peleaba en otro peso, superior. Monzón le dio una paliza. Recuerdo bien la narración de la pelea hecha por un cronista radiofónico:

En el primer round:

-¡Qué hombrada la del mexicano Mantequilla Nápoles al medirse a un hombre que lo supera en kilos y recursos!

En el tercer round:

-¡Duro castigo está sufriendo el cubano-mexicano Mantequilla Nápoles!

En el quinto round:

-¡Ya no sale el cubano Mantequilla Nápoles!

Los boxeadores que llegaron de la Isla eran infinitamente superiores a los mexicanos de su categoría: Juanito Ramírez; el Canelo Urbina... Y yo, a riesgo de ser acusado de ser poco patriótico, empecé a apostarles siempre a ellos.

-Pero me da tronchado -le pedía al otro apostador-, porque mi gallo no es mexicano.

Y siempre me daban esa ventaja, y siempre ganaba el boxeador de Cuba. Pido perdón a los manes de la Patria, pero ese pequeño desvío me rindió muy buenos dividendos. Apostaba 100 pesos y ganaba 150. Dejé para siempre las casas de asistencia; me fui a vivir en un departamento de muy buen ver en las calles de Carracci, en Mixcoas, y tuve para ir a los toros, a la ópera y al teatro. Ah, y de paso pude seguir mis estudios de Jurisprudencia. Por eso le di las gracias a Ultiminio Ramos. Nadie sabe para quién boxea.