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Reloj sin manecillas (II)

Opinión
/ 16 octubre 2021
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Una cosa me llama la atención en Julio Torri: su trato y amistad con Vasconcelos. Hombres más disímbolos es imposible hallar. El oaxaqueño era todo pasión, todo entrega a las causas que seguía. Grande hasta en sus miserias, heroico hasta en sus claudicaciones, así fue Vasconcelos. En cambio Torri era un leve palpitar de mariposas; una medida y remedida reticencia. Escribía con gotero y vivía a gotas.

Y sin embargo a Torri se debe en buena parte la edición de aquellos nobilísimos “clásicos verdes” que hizo publicar Vasconcelos. Fue el saltillense quien revisó La Ilíada y La Odisea en las espléndidas traducciones de don Luis Segalá y Estalella, tan superiores a las sospechosísimas de Alfonso Reyes, quien traducía el griego sin saberlo.

Como trató a las palabras así trató Julio Torri a las mujeres: con pinzas. Las temía, y por eso las mantenía lejanas. No las poseía: las miraba nomás, o les acariciaba la piel de la rodilla con mueca de sátiro que ya era viejo desde joven.

Le gustaban las criadas a don Julio: con ellas quizá se sentía más seguro. No hizo lo que Reyes, que con canallesca eficiencia burocrática llevó un archivo de sus conquistas femeninas, con nombre, fotografía, pequeñas prendas personales, detalles de la conducta en la intimidad. Torri solía invitar a su casa a las alumnas que buscaban su recomendación académica y les mostraba dibujos pornográficos. Su placer era observarlas mientras ellas miraban la triste colección de obscenidades, a ver si sorprendía en ellas un gesto involuntario de gusto o aversión. Reía con módica risa al mostrarles la figura en cerámica de un negro al que se le enderezaba una parte si se le oprimía otra. Despistado amador, se dice que alguna vez quiso enamorar a una lesbiana.

Solía pasar largo rato contemplando en los aparadores de las tiendas prendas íntimas de ropa femenina. En cierta ocasión Huberto Batis entró en su casa aprovechando que la puerta estaba entornada, y lo vio rodeado de niños y niñas de la calle a quienes había llevado a su casa, a cambio de algunos centavos, y desnudado para bañarlos. “No se trataba de una especie de labor social -apunta el escritor- sino de una pequeña trampa que le jugaba a la vida para contemplar de cerca la belleza”.

Una vez el presidente Alemán, entonces en el apogeo de su poder, reunió a sus antiguos profesores de la preparatoria y les ofreció cumplirles un deseo a cada uno. Torri pidió que le costeara un viaje a Europa, pues no conocía aún el llamado viejo continente, tan nuevo cada vez que se le ve. Hizo su viaje Torri. Pero él era ya viejo también, y Europa lo desilusionó.

Siempre fue viejo Torri.

Siempre todo lo desilusionó.

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