Retablos

Opinión
/ 10 agosto 2021
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Hermosa iglesia, y singular, es la del Santo Madero, en Parras. Construida en lo alto del cerro nombrado del Sombreretillo, es gala y símbolo de la bellísima ciudad.

Dicen las antiguas crónicas que cierto padre Gurrola plantó una cruz en la cima de ese promontorio cuando corría la tercera década del antepasado siglo. Después el sacerdote Feliciano Cordero hizo construir ahí una capilla que atrae ahora la devoción de los parrenses y la admiración o curiosidad de los foráneos.

No alude el nombre “Santo Madero” a alguno de los miembros de la antigua y conocidísima familia a la que perteneció el Apóstol de la Democracia. El Santo Madero es la Santa Cruz, cuya gran fiesta se celebra el 3 de mayo.

Famoso es ese templo, entre otras cosas, por la vasta colección de retablos que los fieles han dejado ahí, ingenuas muestras de agradecimiento por los favores recibidos después de invocar a la Cruz donde el Señor compró a precio de sangre nuestra salvación. Algunos de esos retablos mueven a risa, y los parrenses hacen gala de ellos. Uno, por ejemplo, lo puso una madre llena de piedad: “Doy gracias al Santo Madero –reza el texto del retablo– porque llegaron los revolucionarios y se llevaron a bastantes muchachas del pueblo, pero a mi hija no”. En el retablo aparece la fotografía de cuerpo entero de la joven: es corcovada; bizca; patizamba; tiene los pelos hirsutos y erizados; la nariz roma; la boca torcida; unos sobre otros los escasos dientes, y un lobanillo velloso en el mentón. Quien mira ese retrato se explica el milagro de que los cachondos mílites hayan dejado en paz a la desventurada.

Otro retablo muestra la imagen de un chiquillo frotándose la panza con gesto de dolor. Y dicen las letras que acompañan a la pintura: “Doy gracias al Santo Madero porque mi hijo se tragó tres monedas de a peso, y las echó después cuando hizo caca. En señal de gracias pongo aquí las monedas, que puede besar quien sufra el mismo apuro, para obtener favor”.

Hay una tabla con la pintura de una muchacha vestida de novia. “Doy gracias al Santo Madero –dice ese retablo– porque mi hija se casó de blanco, pues no salió embarazada en la inundación de Tampico”. Quien mira tal retablo se pregunta qué diablos tiene que ver la inundación de ese lejano puerto con el hecho de que esa muchacha de Parras se haya casado de blanco. Sucede que las jóvenes parreñas que por esos días dieron un mal paso contaron que el niño o niña que traían en brazos era una pobre criaturita cuyos padres habían muerto ahogados cuando se inundó ese puerto, y ellas, por lástima, la habían adoptado.

Finalmente dice otro ex—voto: “Doy gracias al Santo Madero porque Nacho pudo salir de mi cuarto sin que lo viera mi marido”.

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