Suicidios: el peor registro
en casi una década

Opinión
/ 1 octubre 2021
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El suicidio, de acuerdo con los expertos, puede prevenirse. Pero eso es posible solamente si se cuenta con el andamiaje institucional suficiente para ofrecer apoyo a quienes lo requieren

La Región Sureste de Coahuila contabilizó ayer, por desgracia, el caso número 94 de suicidio en lo que va del 2021. Se trata del peor registro, a estas alturas del año, en casi una década.

Al cierre de septiembre del año pasado el número de personas que se habían quitado la vida en la región era de 76; hoy es 24 por ciento más alto y eso debe preocuparnos –aún más– a todos.

¿Es la pandemia, provocada por el coronavirus SARS-CoV-2, un factor importante en el comportamiento de este indicador? ¿Se han sumado factores adicionales a los que históricamente han caracterizado a la Región Sureste de Coahuila como una con altas tasas de suicidio?

Se trata de cuestionamientos obligados ante la creciente incidencia que, como se ha publicado en los últimos días, también implica una elevada cantidad de casos en menores de edad, los cuales constituyen episodios particularmente dolorosos.

Los especialistas en la materia han dicho, desde hace mucho tiempo, que estamos ante un fenómeno que no puede explicarse a partir de la identificación de una causa única, sino debido a la confluencia de factores entre los cuales se registra uno que es “precipitante”, es decir, una circunstancia que implica empujar al individuo más allá de sus límites.

Esta descripción del fenómeno implica que no es uno de construcción instantánea, sino que se incuba a lo largo de un período durante el cual la persona que, al final de dicho proceso decide terminar con su vida, tiene manifestaciones que los demás podemos apreciar en el sentido de que está atravesando una situación traumática.

En otras palabras, la decisión implica un proceso que ofrece la oportunidad de percibirlo y atenderlo con oportunidad. Por ello, con independencia de que los profesionales de la salud –y otras ciencias– sigan trabajando en la comprensión íntima del fenómeno, el resto de las personas debemos convertirnos en observadores atentos de sus manifestaciones externas.

No es un asunto de intuición o de buenas intenciones, también es necesario decirlo, sino de entrenamiento y, sobre todo, de la existencia de un andamiaje institucional capaz de atender de forma oportuna los casos en los cuales se identifiquen factores de riesgo.

Porque quien se introduce en la peligrosa espiral de la depresión lo que necesita es la ayuda de un especialista, de un experto, y no solamente el hombro solidario de un semejante que acuda en su apoyo. Esto último puede ser útil de forma contingente pero no sirve para resolver el problema.

Por ello, frente a las estadísticas que estamos reseñando lo que se requiere es una estrategia integral que ofrezca una respuesta capaz de incidir en el único aspecto que es importante en torno a este problema: la prevención.

Todo lo demás, por mucho que se utilicen palabras cálidas para decirlo, es absolutamente inútil.

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