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¿TODO CAMBIA?

Opinión
/ 6 agosto 2022
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Hay una bella canción escrita por el músico chileno Julio Numhauser, quien debido a sus obras e ideas revolucionarias fue exiliado a Suecia tras el derrocamiento de Salvador Allende por parte de fuerzas militares encabezadas por Augusto Pinochet. Dicha canción que se titula “Todo cambia”.

“Cambia lo superficial / cambia también lo profundo. / Cambia el modo de pensar / cambia todo en este mundo. / Cambia el clima con los años, / cambia el pastor su rebaño. / Y así como todo cambia / que yo cambie no es extraño”.

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Interpretada por Mercedes Sosa, la canción asegura que en esta vida y en este mundo hay una constante: el cambio.

En parte, dicha tesis puede parecer cierta. Cambian los árboles al llegar el invierno, y el río cambia también su cauce. Cambia el hombre al pasar los años, y su forma de divertirse, de vestir y de comportarse.

Sin embargo, luego de una sesuda y profundísima reflexión de aproximadamente cuatro segundos, encontré algo que ha permanecido inmutable con el paso de los años y, lo que es peor, parece que van repitiéndose cíclicamente las mismas historias, los mismos delitos, y los mismos errores.

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Seguramente te estarás preguntando qué es aquello que se atreve a contradecir la tesis del eterno cambio, y para no causar en ti extravíos mentales, migrañas prolongadas, o que de pronto aparezca en tu vida el extraño síndrome de Gilles de la Tourette, revelaré aquello que por desgracia ha permanecido inalterable en nuestra historia: la política mexicana.

Aunque algunos políticos presuman a diestra y siniestra que las cosas estén cambiando en nuestro País, los hechos demuestran lo contrario. Mientras el presidente de la República se enorgullece por una supuesta transformación, vemos, al igual que en tiempos de José López Portillo o Salinas de Gortari, cómo nuestro México sigue siendo el mismo: abundan la corrupción y el influyentismo, se evita a toda costa rendir cuentas, se llevan a cabo obras faraónicas que el único problema que solucionan es la economía del presidente y de su descendencia infinita, abunda todavía, como en tiempos de Díaz Ordaz, el abuso del poder y, lo que resulta peor, la concentración de dicho poder en una sola persona: el omnipotente mandatario de la Nación.

Ahora Andrés López Obrador, igual que hiciera el expresidente Ernesto Zedillo con sus múltiples recortes presupuestales, nos sale con que su austeridad republicana se convertirá ahora en pobreza franciscana. Muy lejos estoy de considerarme un experto en economía, sin embargo, puedo darme cuenta que una reducción al gasto público puede traer un enorme retroceso para México. Además, sería muy plausible si dicha pobreza franciscana se aplicara al estilo de vida de los hijos del presidente, así como a los proyectos anacrónicos e inútiles de la administración federal. ¿Acaso el AIFA ha resuelto el problema de competitividad y de saturación del aeropuerto de la Ciudad de México? Por supuesto que no. El aeropuerto Felipe Ángeles no es otra cosa más que un edificio desangelado en el que desfilan tres o cuatro pasajeros cual si fueran almas errantes.

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Este multimillonario derroche obradorista, al igual de lo que se ha tirado al basurero de Dos Bocas y del Tren Maya, nos habla de su forma de gobernar, en donde reinan la improvisación, la corrupción, la ineptitud, el nulo apego a la ley, y la caprichosa forma de actuar y pensar del propio presidente, a quien no se le puede ni contradecir ni criticar, pues de lo contrario utiliza todo el aparato del Estado para aplacar y aplastar a quienes osan mostrar la verdadera cara de su administración y el retroceso que ésta ha significado para nuestro país.

¿Por el bien de México primero los pobres? El gobierno de la 4T, al igual que el de López Portillo, ha hecho todo lo necesario para engrosar las cifras de mexicanos viviendo en pobreza. Ya se ha demostrado que las costosas dádivas en nada resuelven la vida de quienes las reciben. Lo que realmente otorga poder al pueblo es la educación y el trabajo. Si uno y otro son malos, así será la calidad de vida de la mayoría de los mexicanos.

Terminará el gobierno de López Obrador, y en el futuro, cuando ya no pueda hacer conferencias mañaneras, y cuando se enfrente a la terrible realidad de quien abandona el poder, se encontrará sin su séquito de paleros e incondicionales, y se le recordará como a un loco que sólo se ocupó de mantener sus índices de popularidad, sacrificando a cambio el bienestar de los mexicanos y el desarrollo del país.

Y entonces veremos, como en otras ocasiones, que la política mexicana sigue sin cambio, y que quienes se dedican a ello siguen encarnando las peores prácticas bajo el amparo del poder y la impunidad.

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