Toques

Opinión
/ 19 septiembre 2021
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La señora se presentó en la mueblería con una extraña queja... Le explicó al dueño
que al estar acostados ella y su marido sentían de pronto una descarga eléctrica

En tiempos muy pasados –todos los tiempos pasados son, ¡ay!, muy pasados– se pusieron de moda unas camas que tenían en la cabecera la estampa enmarcada de un santito, con un pequeño foco amarillo en forma de llama de vela. Cierta señora, cuyo nombre la Historia no registra, adquirió una de las tales camas. Como razón principal para explicar la compra dijo que tanto ella como su marido sentían gran devoción por el santo cuya imagen tenía aquella cama, santo que seguramente, añadió en tono piadoso, velaría el sueño de quienes en esa cama reposaran sus fatigas. Unos días después, sin embargo, la señora se presentó en la mueblería con una extraña queja. La cama, dijo, daba “toques’’. Le explicó al dueño que al estar acostados ella y su marido sentían de pronto una descarga eléctrica que les recorría todo el cuerpo. El mueblero la tranquilizó. Le dijo que los toques no eran peligrosos, pues la instalación eléctrica del foquito era de tan bajó voltaje que no representaba riesgo alguno. De cualquier modo enviaría un electricista a arreglar el desperfecto, pues la mercancía –aclaró– no se podía devolver. Le mostró el letrero que proclamaba: “Salida la mercancía no se admite devolución. No sea usted rajón”. En efecto, fue el tal electricista a la casa de la señora y revisó la cama. Hizo como que hacía; enredó en cualquier parte un trozo de cinta de aislar y se despidió de la señora diciéndole que el problema ya no se repetiría. Se repitió. A los pocos días regresó la mujer: la cama seguía dando toques. Allá va otra vez el electricista a la casa de la señora. Volvió a revisar la santificada y endiablada cama, puso más cinta de aislar y se marchó. Igual pudo haberse quedado. A la mañana siguiente ahí estaba otra vez en la mueblería la señora. El problema seguía; los toques continuaban. El mueblero, resignado se dispuso a deshacer la operación. Definitivamente el mueble estaba mal hecho. A su vez le reclamaría al fabricante. Fue entonces cuando la señora, entre rubores, le hizo una revelación extraordinaria y utilísima: la cama daba toques únicamente cuando ella y su marido realizaban el acto a que obliga la condición matrimonial. Eso era causa de que el débito conyugal no se cumpliera con la seriedad que prescriben tanto la Santa Madre Iglesia como el Código Civil. Ya con ese importante dato el electricista procedió a una nueva inquisición. Bien pronto dio con la clave del problema: al ser sometida a una intensa presión o fuerte movimiento la parte de arriba del tambor de la cama, metálico, se unía con la parte de abajo, y eso producía una “tierra” que a su vez causaba un ligero cortocircuito, que a su vez provocaba un toque o pequeña descarga, que a su vez recorría los cuerpos de los esposos. Siguiendo esa pista el técnico fue a la casa y separó los alambres eléctricos del tambor de la cama. El problema estaba resuelto. Aun así volvió a decirle a la señora que jamás había existido ningún peligro, sólo la inconveniencia de sufrir aquellos toques eléctricos en un trance en el que a nadie le interesa recibir más toques que los que estrictamente deben acompañar el trance. Pasó una semana. Y hete aquí a la señora en la mueblería otra vez. Ahora se le veía nerviosa, inquieta, desasosegada. Pidió hablar con el dueño en privado. Ya en la oficina se esforzaba en decirle algo y no podía. El hombre la ayudó. ¿Continuaba el problema y a ella le daba pena reclamar otra vez? ¿Se habían repetido los toques? Bajando la vista, ruborosa, contestó la señora: “No, ya no se han repetido. Pero a mi marido y a mí nos gustaba más hacerlo con los toquecitos que daba la cama. Vengo a ver si el señor
electricista se los puede poner
otra vez”... FIN.