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Una pasión contrariada

Opinión
/ 17 febrero 2022
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El país estaba ya en plena época de paz porfiriana. Las luchas intestinas por el poder se habían sosegado, y el recio y astuto don Porfirio había consolidado su férrea dominación. Con esa paz; con la seguridad en los caminos obtenida merced a la acción draconiana de una policía rural inexorable que colgaba a los salteadores ahí donde los encontraba; con el ferrocarril; con todo eso el país había entrado en una etapa de reconstrucción, después del largo periodo de luchas civiles, de intervenciones extranjeras y de asonadas, motines y revueltas de todo orden que habían mantenido en constante inquietud a los mexicanos desde que ganaron su Independencia. Esa paz explica que el 13 de enero de 1886, también bajo la égida protectora de don Julio Cervantes, se haya constituido la Cámara de Comercio de Saltillo. El comercio, ya se sabe, florece para muy pocos comerciantes en época de guerra, y para muchos en épocas de paz.

Felices años aquellos del 86. Nos asombra saber que en aquel tiempo todo el Poder Ejecutivo del Estado se componía de once personas: el gobernador, un oficial mayor, un secretario particular (que, entre paréntesis, vivía en el mismo domicilio de su jefe), un oficial primero y un segundo, un escribiente, un archivero y dos conserjes. Once horas diarias debían destinar los encargados del Poder Ejecutivo a la atención del público de 8 de la mañana a 2 de la tarde y luego de las 15 a las 20 horas.

Igual personal que el del Ejecutivo tenía la Tesorería del Estado. Lo formaban el tesorero, que en ese tiempo era don Amado Cavazos; tres oficiales (Contaduría, Correspondencia y Contribuciones); un escribiente; un visitador de Hacienda; dos auxiliares; un recaudador de rentas y un conserje. El Ateneo Fuente, entonces dependencia del Estado, tenía más personal que el Poder Ejecutivo y la Tesorería juntos: un director, un secretario, un prefecto, un celador, quince catedráticos y, como había alumnos internos, un médico, un cocinero, un portero, un mozo, y dos lavanderas. Por cierto, el cocinero se llamaba Bartolo, Librado el portero, Basilio el mozo, y Ruperta y Eusebia las cocineras. En 1886 era director del Ateneo el señor licenciado Blas Rodríguez, quien además impartía la cátedra de Jurisprudencia. Don Dionisio García Fuentes era el médico del Colegio, y daba la clase de Historia Natural; su hermano, el también doctor Jesús García Fuentes, era profesor de Química. Se le apodaba “El Toca” por razones que nadie pudo jamás averiguar. Profesor de Matemáticas, consumado astrónomo y católico devoto fue don Francisco A. Rodríguez, de quien he oído decir que perdió la razón a fuerza de querer demostrar por medios de geometría plana y del espacio la virginidad de María. Don Tomás Berlanga enseñaba Historia Universal y Economía Política. Orador de altos vuelos, ampuloso y lleno de muy sonoras rimbombancias según el estilo de la época, no podía don Tomás prescindir de su elocuencia ni siquiera en las ocasiones más triviales. Un día que fue a la casa de los padres de la señorita Carmen Harlan Laroche, pintora, maestra, gentil dama inolvidable, la encontró en cama con una ligera gripe. Para don Tomás aquello no podía ser una simple gripe -¡vaya cosa prosaica!-. Dijo a los padres de la señorita Harlan con mucha prosopopeya y gran solemnidad:

-Ha de estar sufriendo una pasión contrariada.

Don Tomás Berlanga fue el desbordado orador que en la inauguración del Teatro “Acuña” dijo en su discurso que ese recinto de cultura se hallaba “entre dos barbaries”, pues estaba entre la iglesia de San Esteban y la plaza de toros. Ese coso estaba situado en la antigua plaza de Tlaxcala, donde hoy es el mercado. A esa plaza todos le dicen “Del Mercado”, o “Plaza Acuña”, por la estatua que ahí está, pero su nombre oficial es el de “Plaza de los Hombres Ilustres”. Don Tomás era positivista convencido, y por tanto furioso comecuras. También era enemigo de la fiesta brava. Con esa fiesta, digo yo, debe hacerse lo que prescribe el tercer mandamiento, que ordena santificar las fiestas. Dios haya perdonado a don Tomás su falta de devoción y su falta de afición. No sé cuál de las dos faltas sea peor. A lo mejor su tremendo discurso fue causa de que después se quemara el Teatro “Acuña”. Los caminos de Dios son inescrutables.

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