Francisco Reséndiz / Universal / Enviado
San Juan de Grijalva, Chis.- A las 10 de la mañana el agua del Grijalva es apacible. No hay lluvia. El horizonte está azul. En la Presa Peñitas se respira tranquilidad... A un par de kilómetros, aguas arriba, comienza a construirse un pueblo cerca de otro que la tierra se tragó.
Separados por unos cuantos kilómetros se han instalado dos campamentos, uno planeado donde hay comida fresca, donde huele a nuevo y está limpio; el otro, improvisado, donde se vive la desesperanza, el dolor y la incertidumbre.

El primero: Desde el vuelo de un helicóptero Bell se aprecia a 500 hombres que trabajan para remover el alud que sepultó este pequeño poblado chiapaneco y que se convirtió en un tapón natural que bloquea el cauce del Río Grijalva.

Hay transbordadores que llevan maquinaria pesada sobre el río, lanchas con motor fuera de borda, maquinaria pesada, puestos de control. Poco a poco se edifica una estructura de pino, tierra y mortero que será su hogar durante más de 45 días.

En tierra los visitantes buscan orientación, son ignorados. Se ha construido toda una estructura en madera. En el centro de comunicaciones los ingenieros van y vienen. Hay cuatro tablones donde se han colocado computadoras. Sin distraerse, especialistas hacen trazos, calculan y ordenan.

El ingeniero Andrés Martínez González es uno de los encargados del campamento. "Para el 24 estaremos en casa, ya les dije a los muchachos que vayan comprando sus regalos, aquí no pasa nada, no hay peligro".

Mujeres de comunidades aledañas de Ostuacán, contratadas por la CFE, preparan comida: arroz, frijoles, chuleta de cerdo, chorizo con huevo y agua. El olor a leña quemada se mezcla con el de madera y tierra fresca.

A cinco minutos de vuelo está el segundo campamento, el de los damnificados de Juan de Grijalva: Los niños se entusiasman cuando ven al helicóptero Bell descender en el campo de futbol de la cabecera de Ostuacán. Algunas mujeres se acercan.

"Tenemos miedo de que el río nos pueda comer otra vez, no hay nada como la casa", dice Celia Bouchot Rodríguez. Usa falda negra y camisa rosa. Magaly López García es una mujer chiquita, carga a su hija Itzel: "Sí, hay miedo, nos quedamos sin nada, solo con nuestra fe".

Ahí hay un grupo de voluntarios coordinados por Cryssel Lievano. Son del DIF chiapaneco y los apoya UNICEF. Forman a los niños, juegan con ellos, los distraen: "Han dejado de tener miedo a la oscuridad, a la tierra, al agua", comenta.

En la Secundaria Técnica 52 y en la primaria "Belisario Domínguez" se oyen discusiones. La gente está cansada de vivir en el mismo lugar. El sábado irán a un albergue que se construye sobre un parque. Hoy miércoles tiraron planchas de mortero y levantaron cuartos de madera, serán 40.