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Dujiangyen, China.- Ma Wang y su esposa Ma Zhang, ambos de 70 años, se niegan a comer y lo único que hacen desde el pasado lunes es recordar el momento en que sus vidas dieron un vuelco y perdieron a su hijo.
"¡Dónde estás! íDónde estás! ¡Tiene que estar vivo!", clama el anciano con los ojos bañados en lágrimas.

Su esposa tiene la mirada perdida y no responde a las preguntas ni a los consejos de la población para que se calme y acepte alimentarse.

"Se quiere morir", comenta Wen, uno de los pocos comerciantes que pese a la catástrofe sigue vendiendo en su tienda las reservas de víveres que había almacenado antes del sismo.

Tres minutos -lo que duró el terremoto de 7.8 grados Richter que azotó China el pasado lunes- fueron suficientes para cambiar la vida de estos dos ancianos, que se niegan a afrontar el futuro.

Desde entonces no han podido localizar a su hijo. Nadie sabe dónde está y el teléfono celular no funciona, señales desalentadoras que indican que su hijo ha muerto, aunque los equipos de rescate tratan de calmarlos asegurándoles que todavía queda esperanza.

Por si fuera poco, además de perder a su hijo, el matrimonio ha visto cómo todos sus recuerdos se iban por la borda: se han quedado sin departamento y arrastran, encima de sus espaldas encorvadas, los pocos objetos personales que les quedan.

Su casa, situada en la localidad de Dujiangyen, no resistió el temblor que ha provocado en China una de las peores catástrofes de los últimos 30 años.

La historia del matrimonio Ma es el reflejo del sufrimiento que el pueblo de la provincia china de Sichuan padece desde el sismo.

Según fuentes oficiales, unas 100 mil personas habrían resultado heridas por el terremoto, que afectó a 10 millones de personas.