Elsa Fernández/El País
Como cada mes de agosto, Edimburgo se convierte en la ciudad de las mil historias. Desde el pasado día 14 y hasta el 6 de septiembre, sus dos festivales principales (el Internacional y el Fringe) son acontecimientos inabarcables. Cada día, de la mañana a la noche, se suceden los espectáculos. En el epicentro del Fringe, el Assambley de Saint George Street, se venden las entradas como en una lonja de pescado. Una pizarra de varios metros muestras la cartelera del día. Entre el público, cazatalentos, críticos y verdaderos yonkies del teatro capaces de tragarse lo que sea.
Edimburgo, Escocia.- Quizá es por el olor a lana y whisky de las tierras altas, o por la permanente amenaza de lluvia, o por los saltimbanquis anclados en el oscuro pasado, o porque las hordas de turistas nunca son amables, pero el caso es que Escocia parece un buen lugar para vender nuestra pobre alma al diablo. Aunque sea por un miserable paraguas.

Conocimiento, poder y belleza, eso ambicionaba Fausto, representado estos días en el Festival Internacional de Edimburgo por la compañía rumana National Theatre Radu Stanca Sibiu. Las entradas se habían agotado para ver una nueva versión de la obra de Goethe dirigida por Silviu Purcarete. Un Fausto macabro, retorcido, transilvánico y sangriento. La intención de la compañía: que el espectador sienta la tentación de Mefistófeles. O mejor dicho, de la actriz Ofelia Popii, que en el papel de diablo, coja y desnuda en la recta final del drama, logra algo más que simple emoción con su llanto impotente ante un Fausto culpable (consiguió su capricho de lujuria con Margarita para luego abandonarla) pero finalmente redimido por el amor de su propia víctima. "¿Por qué quería volar si no tenía cabeza para las alturas?", se pregunta Mefistófeles en su monólogo final.El público, que abarrotaba un gigantesco hangar del extrarradio de la ciudad, en pie. A Alan Rickman, el profesor Severus Snape de Harry Potter, le faltaban manos para aplaudir. Y un señor alto y de barba blanca agitaba su bastón con una energía sin duda diabólica.

Una producción gigantesca y ambiciosa, que nos mete en un infierno que resulta más creíble cuando es menos grandilocuente. Entre mujeres desnudas poseídas por cerdos, rinocerontes con armas fálicas, coros de niñas ultrajadas, vampiros, lobos y locos, el diablo arroja una sandía al suelo del escenario: la húmeda fatalidad de la fruta rota y una actriz total capaz de robarle el protagonismo a mil gritos, audiovisuales satánicos, grúas y fuegos fatuos. A Jonathan Mills, director del festival, le parece que el mito no puede ser más actual. Nos obsesiona.

Como cada mes de agosto, Edimburgo se convierte en la ciudad de las mil historias. Desde el pasado día 14 y hasta el 6 de septiembre, sus dos festivales principales (el Internacional y el Fringe) son acontecimientos inabarcables. Cada día, de la mañana a la noche, se suceden los espectáculos. En el epicentro del Fringe, el Assambley de Saint George Street, se venden las entradas como en una lonja de pescado. Una pizarra de varios metros muestras la cartelera del día. Entre el público, cazatalentos, críticos y verdaderos yonkies del teatro capaces de tragarse lo que sea.

El concierto inaugural del Festival Internacional fue el Judas Maccabaeus de Händel. La británica Michael Clark Company presenta la semana que viene su espectáculo de danza New Work, inspirado en el rock de finales de los setenta y anoche el Royal Ballet of Flanders estrenó El retorno de Ulises. La pregunta es simple y conocida: ¿Cómo te sentirías situ pareja se va 20 años de viaje? ¿Serías fiel? ¿Soportará el amor el paso del tiempo? Entre la pantomima y el melodrama, el director del ballet, Christian Spuck, encuentra la respuesta -entre otros recursos- en la voz de Doris Day.

Este año, los escenarios son más de 400. Y no hacen falta tantos metros cuadrados para vivir el infierno de Fausto. En un pub triunfa una versión de Barfly, de Bukowski y en unos retretes públicos se representa Esperando a Godot. En otro lavabo público, la que tampoco llega ni a tiros es una conocida petarda. "Somos una compañía de inglesas, americanas e irlandesas", explica mientras repasa sentada en una escalera sus notas color rosa Lucia McAnespie, una de las actrices de El asesinato de Paris Hilton, "un thriller cómico", apostilla junto a ella la autora, Megan Ford. "La acción ocurre en el baño de un club de Los Angeles. Paris Hilton va a llegar y mientras tres admiradoras esperan ver a su ídolo otras dos esperan para matarla". Una veintena de espectadores por función y el expendedor de tampax y de preservativos como decorado. Bragas por las rodillas, rímel corrido, y esas frases lapidarias que suelen salir por las bocas ansiosas que transitan ese lugar de las eternas esperas.

Las melenas oxigenadas (una ex modelo ofrece un monólogo cómico sobre la vida después de la pasarela y otra sobre lo duro que es ser tan rubia) y el teatro experimental feminista están de moda este año. Tanta frustración acumulada coincide en pequeñas y grandes compañías. Y no todo son monólogos sobre kilos, sujetadores y zapatos. Mabou Mines, la compañía neoyorquina que hace dos años marcó un hito con su montaje de Casa de muñecas (interpretada por actores enanos que obligaban a vivir por debajo de sí misma a una, en todos los sentidos, gigantesca Nora) estrenará a finales de mes su versión de Peter y Wendy y Rona Munro traerá esta semana La última bruja, su obra sobre Janet Horne, la última mujer que fue condenada a la hoguera en Escocia bajo la acusación de brujería. Al parecer, y según relata la propia autora, su crimen fue (también) pactar con el diablo para convertirse por una noche en caballo y llevar volando a su hija hasta la luna.

Pero la obra que ha despertado más curiosidad se titula Trilogy, se representa en una iglesia y su sorprendente anuncio reclama a espectadoras dispuestas a un desnudo integral. "De todas las edades, formas, tamaños, profesiones, habilidades, atléticas, con curvas, altas, bajas... ¡queremos todo!". La obra, según su creadora, Nic Green, pretende "celebrar las formas femeninas". Suena a un conocido spot televisivo, pero no, aquí se trata de participar en una coreografía dramática que roza la clase de autoayuda. Curiosamente, el público masculino no ha acudido en masa, quizá les intimida la contemplación de señoras y señoritas dando brincos sobre las tablas y sin vender nada. La iglesia de Saint Steven, situada en la zona noble de la ciudad, ha cedido su espacio porque no encuentra nada"blasfemo" en Trilogy, obra que cierra su catársis de carne con una versión musical del Jerusalem de William Blake.

No cabe duda, la mujer como tragedia contemporánea sobrevuela esta edición del festival de Edimburgo. Como diminutas sherpas conquistando cada día un Everest que nadie reconoce. German Greer, feminista superviviente de los años setenta, animadora sexual y cultural, ofreció ayer por la mañana uno de sus ardientes alegatos por la mujer moderna en el Festival Político (otro de los acontecimientos del mes en la ciudad) y su presencia no pareció casual. Greer, a la que le basta un micrófono para poner en marcha un regimiento de guerrilleras y amazonas, recordó lo que todos olvidan: no ha servido de mucho librarse del hombre del pasado, perdimos la paciencia con el del presente y seguimos esperando al del futuro. Quizá no haga falta vender el alma a ningún diablo para empezar a engendrarlo.