Miguel A. Perales
Los puristas harían muy bien si dejaran de usar, desde hoy y para siempre, el sustantivo elefante. Y, ¿ello por qué? -se apresurarán a indagar cuantos no estén dispuestos a acatar, así como así, sugerencias de tal calibre.
Veamos, pues, la poderosa razón de tan drástico consejo. Por principio de cuentas, es menester hacer constar que el sustantivo de marras está integrado por tres elementos de significación: el-, -efa- y -nte. (No, no es esta, aunque lo parezca, una de las segmentaciones del tipo de las que solía -¿suele?- hacer el profesor Morfema).

Con -nte no hay problema: es simplemente un elemento, que, ligeramente modificado, indicaba en algunas lenguas -el griego y el latín, sea por caso- las funciones que dicho sustantivo desempeñaba en la oración, y que en la nuestra es, simplemente, el que confiere el status (no estatus) de sustantivo al tantas veces mencionado vocablo.

Mas las cosas son diferentes con los otros dos elementos. En efecto, el- procede, en última instancia, del camítico elu; mientras que -efa- halla su remoto origen en el egipcio abu.

Y -aquí viene la bomba- da la casualidad de que tanto elu como abu significan. "elefante".

La cosa está, así, muy clara: elefante es un pleonasmo tan gigantesco como el animalazo al que se refiere.

Lo dicho, entonces: los puristas deben evitar manchar sus labios con este execrable voquible, y en lugar de él valerse de otra expresión.

Me permito sugerir esta perífrasis: "Individuo de una familia del orden Proboscidea en la clase Mammalia".

Claro es que corren el riesgo de ser considerados miembros distinguidos de la clase a que pertenecen los elefantes.

Pero algún inconveniente han de soportar si quieren seguir contribuyendo a preservar la pureza de nuestro bello idioma.