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Río Bravo, Tamaulipas.- Justo en el momento en que las camionetas del comando de sicarios tomó posiciones frente a sus oficinas, Juan Antonio Guajardo Anzaldúa fue avisado de ello. De inmediato marcó desde el celular 044 19 56 80 25 858 para pedir ayudar de la policía. Y nunca llegó.
Faltaban menos de 10 días para las elecciones para alcalde donde compitió y las que impugnó. También era el presagio de su muerte, una muerte que nadie duda en esta ciudad que tuvo que ver con la labor del extinto político y quien fue dos veces alcalde de esta ciudad antes de ser asesinado la noche del pasado 29 de noviembre, con cinco acompañantes más, dos de ellos sus escoltas.

Más de 30 minutos se estacionó el grupo de sicarios frente a sus oficinas. Mostraron todo su poder de violencia. Rifles R-15 y AK-47, granadas de mano, pistolas y varios de ellos llevaban cananas caladas al hombro. Fue una clara muestra del poderde la "narcopolítica".

Salvo la policía, no hubo nadie que a lo largo y ancho de los mil 562 kilómetros cuadrados de este municipio, no supiera de ese episodio

La ostentación del grupo armado no fue sino un claro mensaje a Guajardo Anzaldúa, el ex diputado federal que desde el tiempo en que fue presidente de la Comisión de Asuntos Fronterizos no sólo denunció de complicidad con el narcotráfico al Gobierno estatal, sino también a la Procuraduría General de la República.

Desde septiembre, este hombre que ayer fue sepultado en medio de un impresionante duelo que lo acompañó hasta el lugar de su tumba en el cementerio "Valle de la Paz", preocupó a muchos de sus colaboradores y miembros del Partido del Trabajo.

Públicamente acusó al gobernador Eugenio Hernández Flores y alcaldes priístas de promover protestas contra el Ejército y con ello propiciar la impunidad del crimen organizado en la entidad.

Bajo ese clima se llegó al atardecer del aquel día de inicios de noviembre pasado. Jesús Antonio Guajardo Anzaldúa no tuvo más remedio al ver al grupo armado. Se parapetó en sus oficinas, situadas en lo que se llama "La Casa de Ladrillos" en espera de la ayuda, pero no de la policía, sino del Ejército, que -según algunos de sus colaboradores- anteriormente le brindó protección.

Al comando armado nunca le llegó la orden de tomar por asalto las oficinas del candidato del PT. Sólo rodearon el lugar. Permanecieron ahí mientras que el tiempo pasaba angustiosamente. Al final, así como llegó el grupo de sicarios, desapareció del lugar momentos antes de la llegada de un contingente militar y de policías federales. Se perdió, se esfumó sin ningún problema.