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Reconocerán el trabajo de la escritora, quien califica a la poesía como un `encargo muy delicado
La poesía es un encargo muy delicado al que uno no le da mucha importancia, pero tiene gran influencia y puede traer consecuencias tanto buenas como malas, manifestó la poeta coahuilense Enriqueta Ochoa, quien este domingo recibirá la Medalla Bellas Artes, en reconocimiento a su trayectoria.

La acompañarán en el homenaje, que se llevará a cabo a las 12:00 horas en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, los escritores Carlos Montemayor, Hugo Gutiérrez Vega y Esther Hernández Palacios, quienes hablarán sobre la trayectoria de la también llamada "Poeta de lo Sagrado".

Asimismo, estarán presentes la directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), María Teresa Franco y la coordinadora general de Literatura, Enzia Verduchi Acuña.

La poeta, quien el pasado 2 de mayo cumplió 80 años de edad, aseveró, en una autoentrevista publicada en el libro Autoentrevistas de escritores mexicanos, que definitivamente lo que más ha disfrutado de la vida es escribir.

"Esa fue una determinación que tuve desde muy chica, siempre estuve convencida de que para eso había venido al mundo", expresó la también profesora normalista en el texto publicado en la Colección Periodismo Cultural del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Tras hacer un recorrido por su infancia y lo que representaron para ella, sus padres, sus abuelos y sus hermanos, la poeta y formadora de varias generaciones de escritores manifestó que para cumplir su sueño de ser poeta, le robó muchas horas al sueño.

"En mi familia no había ninguna veta artística, e ignoro cúal fue la razón que me llevó a escribir, porque fue desde muy niña que hacía la postura de `Flor de loto` y me iba a otros mundos. Tenía meditaciones muy profundas y aunque nunca supe por qué, los poemas llegaban solitos, los escribía, los hacía bolita y los guardaba junto a los huevos de gallina en el cuarto del fondo de la casa.

"Ahora, creo que el hecho de haber escondido esos poemas respondía a la certeza de que la poesía es en el fondo como un encargo muy delicado al que uno no le da mucha importancia, pero que tiene gran influencia y puede traer cosas buenas o malas.

"Cuando escribí `Retorno de Electra` hice lo mismo, en un costurero, junto a las bolas de hilo, iba poniendo mis poemas hechos bolita, porque sentí que era el lugar más seguro para guardarlos", explicó Ochoa, quien cuando decidió escribirlo, pasó en limpio cada poema y posteriormente entregó el material.

Al habla de su primera obra, La urgencia de un dios (1950), señaló que fue un libro peligroso porque a decir de ella, era muy ingenua y nunca imaginó que iba a provocar tantos problemas de tipo religioso, pues los representantes de este sector de la sociedad pedían que se quemara.

Siguieron a este poemario, otros títulos como Los himnos del ciego (1968) y Las vírgenes terrestres (1970), este último, a decir de la autora, fue el que más satisfacciones le dejó y el que más le ha gustado, porque es el primer poemario en el que se revela como mujer.

"Me desesperaba ver las condiciones en las que vivíamos, cómo nos trataban y cómo nos encerraban. Fue el primer poema en defensa de la mujer que salió de mis manos", externó la poeta nacida en Torreón, Coahuila, donde su padre se desempeñó como orfebre, grabador, joyero y relojero.

En 1954, Enriqueta Ochoa se trasladó a la Ciudad de México para estudiar teatro, aquí realizó sus primeras obras para niños, haciendo adaptaciones de cuentos infantiles clásicos aunque nunca abandonó la poesía.

También tuvo acercamientos con intelectuales de la talla de Jesús Arellano, ex director de la revista "Fuentesanta", donde publicó algunos poemas.

Asimismo, conoció a los escritores Emmanuel Carballo y Gabriela Mistral, a los poetas Vicente Alexandre y Lolita Castro, al filólogo español Dámaso Alonso, a la novelista Rosario Castellanos, a la cuentista Amparo Dávila y al pintor Pedro Coronel.

El poeta Samuel Gordon manifestó que Ochoa ha accedido a la divinidad por medio de la palabra: "Es algo inaprensible, aunque inexplicable en su obra, porque se ha purificado en el dolor y en la intensidad para ascender y acceder a la verdad más despiadada por la poesía.

"A pesar de practicar ella misma muchos de los usos y tonos coloquiales que caracterizan a su poesía, su viaje es otro, su lenguaje que interroga a Dios ausente incide en otras profundidades", expuso.

En tanto, el crítico Mario Raúl Guzmán señaló que en la poesía de Enriqueta Ochoa florece la religiosidad como canto y anhelo puro del alma. Su obra tiene estrecho parentesco con Elizabeth Barret Browning, Emily Dickinson y otras poetas de la familia de las desgarradas.

No obstante sus 80 años de edad, Enriqueta Ochoa es una autora incansable. Recién terminó otro libro sobre las imágenes más hermosas que se han escrito en México, desde 1917 hasta el 2000.

"Soñé la idea, supe lo que tenía que hacer y cómo hacerlo, me tomó 17 años", expuso la autora quien recién terminó esta autoentrevista de la que Notimex reproduce un fragmento, y próximamente, el Fondo de Cultura Económica (FCE) publicará un volumen con su poesía reunida.

"Ahora que siento que ya se me está yendo la vida, quiero escribir un libro dedicado a Dios y a la vida", concluyó la autora quien ha sido galardonada con diversos premios como el de Poesía de la Universidad Juárez del Estado de Durango en 1978 y el Primer Premio de Poesía Mazatlán, Sinaloa, de 1983.

En 1976 fue nombrada hija predilecta de Torreón y durante 1998 y 1999 fue objeto de diversos homenajes en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la Universidad Veracruzana y el Instituto Veracruzano de Cultura, en la Universidad de Puebla y en el Centro Nacional de las Artes.

Poema: Las urgencias de un dios


¡Cuánto girón de cielo prometido que no puedo creer,
que no logra sitiarme
ni adormecer mi sien
ni incitarme el afán!

No rebusquen más mitos en mis labios. Soy la furia salvaje de una criatura abandonada en el monte
sin conocer más padre que el sol que ha requemado mi epidermis ni más madre que ese lamento gris de tierra que indefinidamente me derrumba y me levanta.

Una urgencia por Dios toma el vocablo. ¡Lo que nos pasa a veces! Si cuando niña se me hubiera dicho: "Ante Dios
afloja la rodilla y baja el rostro", yo hubiera obedecido.

Pero nadie sopló luces de mitos en mi frente ni se movió en los nervios de mis actos (aprendí de mi abuelo a levantar, por mi mano, todas las cosas) y fui sólo el bárbaro explorador sin ropas que arañando la piedra se trepaba al risco para avistar las rutas que indicaba su brújula de astros y de olores. Y ahora, cuando alguien me pregunta: "¿Cuál es tu Dios, tu identidad, y la región que habitas?", digo: -Mi tierra es la región del embarazo y yo soy la semilla donde Dios es el embrión en vísperas.

¡Cuánto pasado para llegar aquí! Para poder estar de pie junto a las cosas y decir:
-Mi corazón se espiga frente al mundo como una inmensa lágrima caliente. Pasan las madres con sus hijos. Las parcelas revientan de brotes y el espacio nutre un retoño de vibrátiles e inmensas dimensiones. Ante esto
yo mido la magnitud de mis caderas, palpo mis carnes, aguzo el oído finamente y confirmo el hecho:
como ellas yo llevo un fruto en mí. Pero alguien, no sé quién, salta y me dice: "Ficticio anunciamiento en la sorda pulsación de un cuerpo estéril".

Qué saben ellos de ese recóndito embrión urgiendo mi presencia bajo un cielo de ruinas. Qué saben de ese embarazo antiguo gestando desde siglos un hijo despatriado que no logra nacer ni abortar de mi vientre cuando resbalo y caigo. Un hijo falsamente robado y bautizado en el narcotizante vino de un río mitológico que no acierta a moverse con la pesada carga que le asignan. ¡Ay del fruto en la entraña escandalosamente percibido, voluminosamente titulado, quebrantando mis huesos al golpe de su peso! Y antes no eran sus rasgos pronunciados ni complicado el peso.

Yo recuerdo la niña agilidad que jugaba con la víscera azul antes del rapto,
casi en la misma conjunción del lecho: aquella anunciación difusa y primeriza de hace siglos,
donde su presencia apenas si brillaba con párvula intuición de imprecisión y azoro. Sensible al ruido y diminuto, sus fugas nos vedaban los contornos y aún el más sigiloso y descalzo de los pasos le aguijaba de miedos
precipitándole en una tímida huida de corza repentina. Pero eso fue ayer. Ayer, en el tiempo de las primeras brasas. Hoy todo es distinto.

Sé mi condición de madre y de Dios su condición de hijo, de sucesión, rumbo al futuro, y un desgajado sol de otoños dulces dilata mi corazón y lo revienta en grito: ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Con un temblor de voz que supera todas las ternuras.

De blasfemia han tachado mis urgencias. Dicen que Dios no reirá jamás entre mis labios ni llorará en la cuenca de mis ojos tristes. Seré siempre la anónima, la gris, la desterrada para quien sólo existe por patria un índice de estragos y de hogueras- Pero...
Que no me digan nada.

El corazón se exprime en sus lagares y canta en el ardor de sus heridas, El mío canta aquí, a la intemperie, sin fronteras ni códigos caducos, sin esos cuentos viejos que nos dicen: "Corrían arcos de luz de arriba abajo y tatuaban las frentes de distancias". Como si el ala oculta no tocara más arriba del ojo de los vientos. Yo no puedo alisar fábulas ciegas. Alguien rompió sus labios pecho adentro y me enseñó a forjarme desde siempre una forma de amor recíproca y sencilla.

De aquí que guste la identidad sin límites ni ambages y use el coloquio fácil y entrañable con que en el vientre se hablan madre e hijo. No reparo en lo dicho. Dios es mi inseparable, mi más íntimo compañero de juegos y de lágrimas: el más constante y tierno, más rebelde y sumiso.

Lo que son las cosas... Yo sé lo que le espera al canto en que me espigo: una turba de puños indignados demolerán su forma, me trizarán a golpes.
Mas yo sabré ubicarme
de nuevo en mi insistencia sacudida de grillos la cabeza y destrenzado el pelo hasta las corvas, porque odio los límites supuestos. No me conformo con que digan: "su forma es ésta; vedada otra estructura".

¡Qué débil consistencia de doctrina! Recordad que Dios es el espejo más contradictorio y bifurcado, acomodado a todas las pupilas. Yo lo esculpo a mi modo y le doy forma. ¿Cómo pecar con esto?
¿Peca la hembra que proclama al vástago? ¿Peca al decir: se hospeda desde siempre en la borrasca delirante de mi sangre? Imposible.

El concebir y el cantar no hay que velarlos. Hay que danzar con ellos a la luz del día y a la obsidiana luz de la alta noche. Yo no puedo evitar mi índole espontánea; soy una cascada de torsos al desnudo. Como el niño se da, me doy al viento desatando mi grito.

Los buenos me dirán que calle y ceda. Mas yo que en torno de mi cintura be puesto un cascabel de mineral rojizo que a cada paso grita a Dios: ¡Mi hijo! y establezco mis propios cánones y salmos, no me dejo llevar
ni me dejo negar
ni escondo la vereda
ni me humillo el rostro cuando otros le nominan "Padre", "?Artífice", ni les digo el origen de mi grito porque no creerán en la sobrevivencia. Perece el padre, sobrevive el hijo, El último es eterno:
llora en el niño antes de hacerlo hombre, y después y después,
y siempre el hijo despejando el futuro. dominando horizontes
imperecedero, triunfal, en la Unidad, en lo Eterno. ¿Por qué ignorar que el mundo es un cotiledón de fuego en que Dios va formando su presencia? Son cosas que no pueden cubrirse. Miradme aquí cómo al tratar su nombre danzo en una resurrección de brasas removidas
y siento sus latidos sonándome en el pecho. ¿Cómo negar al hijo que florece? No he aprendido a ocultarle ni a decir que me pesa, aunque me acusen de agotarme su largo nacimiento. ¿Por qué habría de ser? Él no me obliga a prescindir de nada. Su floración es natural y simple y si bien estos ojos vidriosos se me pierden tras un vago rumor inaprehensible y a menudo descanso en el camino y acaricio su forma por mi vientre. también puedo agitarme
y retozar a pie descalzo el monle vivo y hago correr sus pies entre mis piernas y hundo mis manos en la tierra firme y bebo el agua corriente de los ríos y desnudarme al sol.

Y es mejor que mejor, porque no me gustaría que el que pasara viera mi cabeza quebrada sobre el pecho, ni quiero para él un enfermizo rostro de Dios encajonado
en estancias oscuras y severas. Quiero que muerda el corazón del mundo, que sepa del sol,de los astros, del viento, de lo grande y lo mínimo. Quiero en Dios al lujo que creciendo en plenitud reviente al cerco falso y destruya las fronteras y la celda ficticia y demudada del concepto y la carne. Lo quiero levantando su imperio al aire libre. desnudo, limpio, imperturbable y sano, respirando hondo y fuerte del aliento rotundo de la tierra.