Jesús Castro
En Villahermosa uno de cada diez niños consumen drogas. Aquí la historia de una pandilla que busca el paraíso en el resistol
A Juan José no le duele nada, ha visto pasar gente llorar, gritar y desesperarse, pero ahí, sentado en una de las banquetas del centro de Villahermosa, Tabasco, el pequeño de ocho años no huele a humedad como la mayoría de los damnificados, junto a él, el ambiente tiene un aroma diferente, que marea, que provoca ardor en la nariz, es resistol amarillo, "chemo", así le llaman.

Descalzo se encamina a la carpa de comida que se ha instalado a un costado de la Catedral y sus pisadas van dejando huellas terrosas sobre el pavimento. Han pasado 9 días desde que el agua enfureció y ahora sus pies están secos, con grietas de tierra que se abren cuando camina. Parece contento, y es que ahora puede desayunar, comer y cenar.

Los soldados que se han convertido en cocineros, reciben a Juan José y a un grupo de niños que le acompañan, les sirven sopa caliente con pollo sin inmutarse siquiera por la botella de pegamento que cada uno lleva visible bajo su camisa, a la altura del pecho.

Una de las personas que ven a José echarse una tortilla a la boca, sorber agua e inhalar el pegamento, le pregunta, "¿Por qué te drogas?", y con la mirada perdida, el chiquillo de ojos rojos no tarda en responder, "porque con esto no duele, porque con esto no se siente nada".

Después de comer, el grupo de siete menores regresan a los portales de un establecimiento comercial, donde se amontonan sobre una cobija roída que les sirve de cama o sillón. Hoy sus casas están inundadas y es lo más parecido que tienen a un hogar.

Un hombre que pasa cerca de José se detiene, observa cómo una mujer le regala al niño unas monedas y luego dice, "es común verlos aquí en las plazas, en la iglesia o en los cruceros, con su bote de resistol, el Gobierno los detiene y luego los suelta o se escapan".

Algunos no saben ni dónde están sus familiares, pero otros, como Juan José lo saben muy bien, porque aunque su casa haya quedado inservible, no la podrá reconstruir con sus padres, quienes desde hace meses están en la cárcel y lo han dejado viviendo solo.

Ahora su familia son Javier, Mario, Luis, Roberto, Quico y Miguel, de entre 9 y 14 años, ellos son la "palomilla" de la colonia Gaviota Sur, una de las más afectadas por la inundación, y desde antes, una zona ahogada en la drogadicción.

Javier, de apenas 9 años juega inocentemente con un bebé, hijo de la dependienta de uno de los negocios que aún funcionan, la mujer sabe que el menor está intoxicado, pero no le teme. Escenas como ésta hacen pensar que la presencia de estos niños se ha vuelto común entre los pobladores.

Aqui no hace falta observar mucho para darse cuenta que a pesar de su temprana edar, Javier es el líder. Él se planta frente a su banda, los dirige y hasta los organiza para repartir el dinero y la comida.

"A ver, a ver, tú siéntate, deja a ese perro", le grita a Quico, de 14 años, y de quien hablaremos más delante.

"Dame para una coca, dame para unacoca", repiten una y otra vez los niños sentados frente al centro comercial, resguardándose del sol del medio día. Casi no dicen otra cosa, sobre todo cuando la gente se detiene a verlos.

Por esa calle pasan cientos de personas y los pequeños se han querido beneficiar, pero pocos les dan unas monedas, "si les das van a ir a comprar resistol, mejor dáles comida", advierte uno de los rescatistas.

A Miguel, un niño regordete, parece no importarle pedir dinero. Él camina solo y a veces se tropieza con las cosas, parece que el pegamento que ha inhalado le nublara la visión y se tambalea, se lleva las manos al rostro y se talla los ojos con desesperación, como si no pudiera creer lo que hay alrededor, como si deambulara en una zona de guerra.

De pronto se da cuenta que alguien apunta hacia él, se trata del lente del fotógrafo. Miguel se apoya en la pared, como queriendo esconderse entre las grietas de un viejo edificio.

"No me tomes fotos, te voy a pegar la conjuntivitis, te la voy a pegar", dice desafiante al fotógrafo, quien está dispuesto a pedirle prestado un pedazo de vida a este adolescente de párpados enrojecidos y sueños rotos.

En un intento por detener los disparos de la cámara, Miguel se acerca dispuesto a cumplir su amenaza. Se talla los ojos y camina hacia el fotógrafo, rozándole con sus dedos las piernas y el torso, "ya ves, ya te pegué la conjuntivitis", exclama como quien celebra una travesura. Luego corre hacia la pared y se deja caer en el piso para seguir inhalando. La cámara lo deja en paz.

Mientras tanto Javier, el líder a quien los comerciantes definen como "el chamaco que le funciona más el cerebro", platica que Miguel trae esa enfermedad en los ojos desde que comenzó a llover, así lo diagnosticó el doctor que lo revisó.

Javier cuenta que su "compa" Miguel, tiene papás pero supone que no sabe dónde están, porque siempre se la pasa en la calle. La conversación se ve interrumpida cuando un perro distrae la atención de Javier, quien sale corriendo a acariciar al cachorro y a agarrarlo a besos, déjandole residuos amarillos en el pelaje. Los demás llegan a hacer la fiesta.

En Villahermosa no hay silencio, ni por las calles, ni en el cielo. Los helicópteros van y vienen mientras los niños levantan las miradas y los señalan como si fuera la primera vez que los ven. Parece que vuelan junto con ellos, y la saliva se les cae sin darse cuenta. No sueltan la botella del "chemo".

Su estatismo es interrumpido por el grito de Quico de 14 años, quien llega casi atropellándolos con un patín del diablo que encontró en la basura.

"Aguas, muévanse que ahí les voy". Todos se emocionan con su hazaña y forcejean con él para que los deje subir, Quico no pone resistencia y prefiere entretenerse con la botella que prende de su pecho.

Él es el mayor de todos y quizá el menos lúcido. Cuando intenta decir palabra, su lengua lo hace tropezar y sólo emite sonidos que no dicen nada y a la vez dicen todo. Parece rudo, sus brazos toscos aprisionan a sus compañeros, pero su estado no le permite hacerles daño. Pese a todo, le tienen mucho aprecio y lo tratan como si fuera el menor, lo mismo hacen los comerciantes, quienes dicen tenerle más "compasión" que a los demás.

Parece que a Quico le gusta la cámara y posa como si fuera un artista mientras los demás se ríen de él.

"Quico, dame eso", "Quico, tráeme el agua y siéntate, que vamos a comer", son órdenes que obedece sin chistar. Es Javier quien lo controla porque a veces, "anda todo loco y ni hace caso". Cuenta que de Quico nomás se sabe el nombre, porque ahí lo conoció en el centro, luego de la tragedia. "Lo juntamos porque está solo", susurra Javier para que nadie escuche.

-¿Y tú qué onda?- le pregunta el fotógrafo a Javier, quien ha revelado algunos pedazos de la vida de sus "compas".

-No, pues aquí pasándola- le responde y se sonroja, como si le diera pena hablar sobre su vida.

-¿Y tienes papás?

-Sí, tengo papá y mamá, ahí deben andar en uno de los albergues- dice.

-¿Y por qué no estás con ellos?

-Pues aquí están mis amigos, aquí nadie me manda ni me molesta- responde.

En eso las tres campanadas de la Catedral lo hacen correr, sabe que anuncian la hora de comer.

Los demás aprovechan para captar la atención del fotógrafo y se acercan al lente haciendo ademanes con las manos, parece que estos niños han aprendido a saludar como si fueran maras salvatruchas, de los que tal vez nunca han oído hablar.

Al tiempo que Javier casi se les pierde de vista, todos corren a seguirlo y se aseguran que nadie se quede. La cobija donde todos duermen se queda sola, los transeúntes la respetan, nadie la pisa, ni se la lleva, en el centro de Villahermosa saben que es lo único que tienen los niños del "chemo".

Así pasan las horas aquí, mientras llegan las toneladas de ayuda y los damnificados se refugian en los albergues. En ese ir y venir, pocos voltean a ver a este grupo de niños apilados sobre la cobija vieja y cuyas manos no se aferran a la vida, sino a un bote de resistol.

Aquí los días y las noches parecen largos y según las autoridades, la reconstrucción del 80 por ciento del territorio inundado tardará meses, quizá años, lo que no está calculado es cuándo se va a reparar el daño de niños como Juan José, Javier, Quico y compañía, quienes sueñan inhalando pegamento, mientras Villahermosa duerme.

Ola de enervantes

Según el Centro de Integración Juvenil de Tabasco, sólo en Villahermosa existen más de 20 colonias donde la drogadicción entre menores ha aumentado en los últimos tres años. Gaviota Norte y Sur, Indeco, Miguel Hidalgo, Bosques de Solaya, Atasta de Serra, 18 de Marzo, Guadalupe Borja y Tamulté, son algunas de las colonias afectadas por la marea de los enervantes.

Un estudio realizado por el mismo organismo, reveló que uno de cada diez niños en Villahermosa consume algúntipo de droga. El 4.7 por ciento usan solventes inhalables, el 3.2 por ciento tranquilizantes y anfetaminas, el 2.4 por ciento sedantes y alucinógenos, el 2.2 por ciento marihuana, cocaína y metanfetaminas, el 1.3 por ciento éxtasis y el 0.5 por ciento heroína.

Sin embargo, la gente de Tabasco dice que no hace falta estar en colonias de la periferia para darse cuenta de lo grave del problema.

Presas de abusos sexuales

En la página oficial del gobierno de Tabasco, el mismo titular del ejecutivo Andrés Granier, reconoce que "diariamente se reportan este tipo de casos; adolescentes que están expuestos a ser víctimas de explotación física, sexual, y de maltrato por parte de adultos que se aprovechan de ellos, a cambio de la paga de unos cuantos pesos o el suministro de drogas".

Antes de la inundación, se implementaron programas de prevención de adicciones, sobre todo en colonias como la Hidalgo o la Gaviota Sur, dos de las más marginadas, donde el DIF y el Centro de Atención Integral a Menores y Adolescentes trabajaban con un equipo de cuatro trabajadores sociales, apoyados de un psicólogo y un médico.

A pesar de dichos esfuerzos, una encuesta realizada este año por la empresa Berumen y Asociados S.A., que se aplicó en el 80 por ciento de las colonias de la capital tabasqueña, mostró que en los últimos seis meses el índice de drogadicción ha aumentado un 70 por ciento, lo que ha derivado en el crecimiento de un 42 por ciento del pandillerismo y la violencia en personas cada vez más jovenes.

El narco está ganando la batalla

Así como el desbordamiento del río Grijalva, la llegada de la marea de droga que cubre Tabasco desde hace años llegó inmisericorde, una realidad que ni el gobierno estatal, ni el federal ha podido combatir: el narcotráfico.

En la encuesta Berumen se observa que la venta de estupefacientes, tanto en casas particulares, como en los alrededores de las escuelas, han aumentado un 20 por ciento, esto a raiz de la entrada de droga al país, procedente de América del sur.

Y esque a menos de 300 kilómetros de la capital del estado, comienza el llamado coca-freeway o autopista de la cocaína, que cruza hacia México por la frontera que Tabasco comparte con Guatemala.

Según la página de la PGR, Villahermosa se ha convertido en uno de los 41 centros con mayor consumo de drogas en todo el país.

Además se sabe que los cárteles de Sinaloa, Juárez y el del Golfo, han expandido sus acciones a 13 de los 17 municipios del estado y un sondeo realizado por la misma dependencia arroja que en Tabasco, el 3.05 por ciento de la población consume algún tipo de enervante.

Presas de abusos sexuales

En la página oficial del Gobierno de Tabasco, el mismo titular del ejecutivo Andrés Granier, reconoce que "diariamente se reportan este tipo de casos: adolescentes que están expuestos a ser víctimas de explotación física, sexual, y de maltrato por parte de adultos que se aprovechan de ellos, a cambio de la paga de unos cuantos pesos o el suministro de drogas".

Antes de la inundación, se implementaron programas de prevención de adicciones, sobre todo en colonias como la Hidalgo o la Gaviota Sur, dos de las más marginadas, donde el DIF y el Centro de Atención Integral a Menores y Adolescentes trabajaban con un equipo de cuatro trabajadores sociales, apoyados por un psicólogo y un médico.

A pesar de dichos esfuerzos, una encuesta realizada este año por la empresa Berumen y Asociados S.A., que se aplicó en el 80 por ciento de las colonias de la capital tabasqueña, mostró que en los últimos seis meses el índice de drogadicción ha aumentado un 70 por ciento, lo que ha derivado en el crecimiento de un 42 por ciento del pandillerismo y la violencia en personas cada vez más jovenes.

El narco está ganando la batalla

Así como el desbordamiento del río Grijalva, la llegada de la marea de droga que cubre Tabasco desde hace años llegó inmisericorde; es una realidad que ni el gobierno estatal, ni el federal ha podido combatir: el narcotráfico.

En la encuesta Berumen se observa que la venta de estupefacientes, tanto en casas particulares, como en los alrededores de las escuelas, ha aumentado un 20 por ciento, esto a raíz de la entrada de droga al país, procedente de América del sur.

Y es que a menos de 300 kilómetros de la capital del estado, comienza el llamado coca-freeway o autopista de la cocaína, que cruza hacia México por la frontera que Tabasco comparte con Guatemala. Según la página de la PGR, Villahermosa se ha convertido en uno de los 41 centros con mayor consumo de drogas en todo el país.

Además se sabe que los cárteles de Sinaloa, Juárez y el del Golfo, han expandido sus acciones a 13 de los 17 municipios del estado, y un sondeo realizado por la misma dependencia arroja que en Tabasco, el 3.05 por ciento de la población consume algún tipo de enervante.