Jesús Castro
Es la década de los ochentas en Matamoros y las calles se han teñido de sangre, al igual que las lujosas mansiones cercanas al borde fronterizo.
Por esta razón, cuando un comando de la policía mexicana irrumpe en el rancho Santa Elena, después de capturar al narcotraficante David Serna Valdez, no les sorprende encontrar sangre en algunas habitaciones.

Carrujos de mariguana, paquetes de cocaína, armas, municiones y montones de dólares son recogidos en bolsas negras, por hombres equipados con guantes de látex y chalecos negros. El golpeteo de las botas en el piso de madera no interrumpe la labor. Son tres oficiales: "venga a ver lo que encontramos, comandante", dice uno de ellos. Se trasladan a la parte trasera de la finca, donde hay un caldero de hierro con hedor pestilente. En su interior hay sangre seca, un cerebro humano y una tortuga asada.

El registro continúa, y en los alrededores de la casa encuentran doce cadáveres descuartizados, a los que les habían extirpado el corazón y el cerebro. "¿Por qué tuvieron que matarlos así? ¿Porqué así?", espeta el comandante a Serna Valdez. Su respuesta fue: "es un ritual para que no nos atraviesen las balas, para que nos proteja el Más allá". "¿Quién es el padrino?", le grita el comandante, torciéndole el brazo por la espalda. "El jefe Constanzo", alcanza a contestar éste. La cacería apenas comenzaba.

En Miami lo conocían por Chuy. Era hijo de un norteamericano y una cubana. Adolfo de Jesús Constanzo se había adherido desde muy joven al rito afro americano Palo Mayombé. Se había vuelto "mayombero". Pero hacia 1980 sus servicios de magia negra fueron requeridos un poco más lejos, en Matamoros, Tamaulipas. Sus nuevos clientes eran narcotraficantes.

Cobraba alrededor de 40 mil dólares por ritual. Los ingredientes principales eran los cerebros de los enemigos. Los miembros y la sangre eran cocidos aparte, en un caldero. Los participantes del culto bebían el siniestro menjurje como una sopa, con la promesa de que los volvería invulnerables a las balas y les mejoraría en general la suerte en sus acciones criminales.

Pero no solo capos, también `madrinas', judiciales y funcionarios infiltrados en el narco acudían a a Constanzo en busca de protección o amuletos. Se dice que algunos portaban en sus corbatas alfileres de hueso, obtenidos de la espina dorsal de las víctimas.

El rastro de Constanzo no fue difícil de seguir. Matamoros se había convertido en su nuevo centro de operación, aunque una vez descubiertas sus actividades, la persecución policiaca lo llevó a recorrer todo el país, donde los cadáveres descuartizados y cocidos en calderos se multiplicaron infernalmente durante esos tres meses.

Es 6 de Mayo de 1983. En un edificio de la calle Río Sena, en la Ciudad de México, es localizado Constanzo. El tiroteo comenzó, entre casi 50 judiciales y los ocupantes del cuarto piso. Adolfo, de abundante cabellera y mirada sombría, supo que no tenía escapatoria, y entonces ordenó a su compañero Valadez que disparase su ametralladora contra él. Quintana, su lugarteniente, se metió con él a un armario, y una ráfaga de balas acabó con ambos.

Tres sobrevivientes fueron detenidos, entre ellos Sara Aldrete Villarreal, esposa de Constanzo y sacerdotisa del culto, quien declaró haber torturado en los ritos a las víctimas, cuya cuenta ya había perdido. Entre los que aún recordaba estaban Mark Kilroy, estudiante de medicina desaparecido en 1979, y Gilbert Sosa, traficante de drogas, además de ocho lugartenientes de otros capos de la época.

Antes de que se le diera sentencia cambió su declaración, negando su participación en los desquiciados rituales y asegurando que el Padrino Constanzo la había retenido en contra de su voluntad, cuando se descubrió la matanza de Matamoros.

Sin embargo, el jurado no le creyó. Actualmente purga una pena por homicidio de cincuenta años. Se rumora que desde prisión continúa dirigiendo al grupo de Mayomberos que formó su esposo, el Narcosatánico de Matamoros.