Jesús Castro
El estruendo de las balas despertó a los vecinos de un tranquilo suburbio al norte de Chicago; Margaret Houster abrió su ventana y desde el segundo piso alcanzó a ver cómo media decena de policías sostenían un tiroteo contra un sujeto que se agazapaba entre las sombras, en el porche de su casa.
Sin pensarlo, la mujer tomó una de sus macetas y la dejó caer apuntando al desconocido. Se escuchó un golpe seco y un grito, luego el silencio y finalmente, el grupo de uniformados levantó al sujeto del suelo. Fue entonces que Margaret alcanzó a ver que el aprehendido era un adolescente de ojos lastimeros y boca maldiciente.

-Sujétenme, aprésenme, por amor del cielo, atrápenme antes de que vuelva a matar, no puedo controlarme -gritaba desesperado, repitiendo las frases que semanas antes había enviado anónimamente a unperiódico local.

Al llegar a la jefatura de policía, por medio de sus huellas digitales se dieron cuenta de que su nombre era William Heirens, de 16 años de edad, en cuyo expediente delictivo se encontraban varias detenciones por portación ilegal de armas de fuego, incluso una de esas veces, en su propia High School, cuando encañonó a una de sus compañeras. En aquellas ocasiones, se había librado de la correccional por la influencia de sus padres, que pertenecían a una de las familias más acaudaladas de Chicago.

El tiroteo en el que cayó preso se originó luego de que vecinos del sector llamaran a las autoridades, señalando a un sujeto que rondaba las calles en actitud sospechosa. Los oficiales pensaron que iba a ser un caso rutinario pero, al interceptarlo, éste opuso resistencia disparando contra ellos. Tras la detención, supieron que había mucho más que indagar sobre aquel adolescente.

El detective Harold, quien asumió el caso, le tomó la palabra a Heirens e inició una investigación por homicidio, a pesar de no tener en sus manos más prueba que la declaración del propio chico.

Pasó el tiempo, y al no encontrar más elementos que la autoincriminación de William, el detective estuvo a punto de liberar al adolescente, presionado además por los influyentes padres del detenido. Sin embargo, la investigación tomó el giro adecuado cuando una carpeta llegó al escritorio de Harold: las huellas dactilares de Heirens ya registradas coincidían con las encontradas en la escena del crimen de uno de los tres asesinatos que se habíanperpetrado en la ciudad entre 1945 y 1946.

Fue entonces que se iniciaron las investigaciones y uno por uno, los detalles de las tres muertes fueron tomando forma luego de la confesión del adolescente, cuya última víctima, Suzanne Degman, de seis años de edad, fue encontrada desmembrada en una alcantarilla de la ciudad. Había secuestrado a la niña, y pedía 20 mil dólares por su rescate, pero nunca más se volvió a comunicar con la familia Degnam.

-A los otros los maté -había dicho Heirens también -porque me encontraron robando sus casas, pero no era yo, era George Murman, él es quien los mata, no yo.

Así pues, afirmaba tener una segunda identidad que se apoderaba de él y que lo obligaba a matar. Pero los estudios psicológicos que se le practicaron lo describían como una persona mentalmente sana, por lo que la Corte local lo sentenció a tres cadenas perpetuas.

Ocho años más tarde, Heirens se convirtió en el primer preso norteamericano en recibir un titulo profesional por haber cursado estudios dentro de la penitenciaría, y tras una revisión de su conducta, fue puesto en libertad, al coincidir los escrutadores carcelarios en que su proceso de readaptación se había llevado a cabo satisfactoriamente.

Así, convertido en un hombre, William salió de la cárcel e inició una nueva vida. Continuaba afirmando no había sido el autor de esas muertes.

-Fue George, me he cansado de decirles que no fui yo, pero no me creyeron, hasta ahora se dan cuenta que yo soy inocente -manifestó a los diarios luego de salir de la cárcel en 1954. Cuando ya maduro los periodistas volvieron a preguntarle por su segunda personalidad, William Heirens les respondió:

-Para mí es muy real, existe, en un par de ocasiones he hablado con él y tengo notas que me ha mandado, las cuales conservo.

En 1976, tras cumplirse treinta años de su último asesinato, nuevamente los diarios lo buscaron, pero no encontraron rastro de Heirens, nadie volvió a saber de él, ni siquiera su propia familia. Nadie ha vuelto a hablar con quien fuera un famoso psicópata adolescente, quien luego de purgar una pequeña condena, nunca más volvió a matar.