Semanario
Ese día, en los pasillos de la prisión Starke, al norte de Florida, se corrió el rumor de que alguien iba a usar la silla eléctrica. Por las ventanas del penal, las reclusas vieron a los custodios salir del pabellón de la muerte, pasar en medio de un grupo de personas y entrar en la cámara de ejecuciones.

Sobresalía entre la muchedumbre una apacible anciana, quien rosario en mano caminaba a paso lento hacia el interior de la cámara.
Ese día, en los pasillos de la prisión Starke, al norte de Florida, se corrió el rumor de que alguien iba a usar la silla eléctrica. Por las ventanas del penal, las reclusas vieron a los custodios salir del pabellón de la muerte, pasar en medio de un grupo de personas y entrar en la cámara de ejecuciones.

Sobresalía entre la muchedumbre una apacible anciana, quien rosario en mano caminaba a paso lento hacia el interior de la cámara.

Brenda Williamson recuerda la escena. Había conocido a la persona que aquel 27 de marzo moriría electrocutada, como sus compañeras ya sabían.

El diálogo que sostuvieron ese día algunas prisioneras, fue rescatado en una entrevista que Williamson concedió un año después de la ejecución.
- Van a electrocutar a la Viuda Negra -dijo Brenda.
- ¿Y a qué viene ese apodo? -preguntó Louise, sin dejar de aferrarse a los barrotes de la ventana.

- Pues a que mataba a sus maridos. ¿No sabías, estúpida? -respondió sin ser solicitada una tercera reclusa.
- Entonces, esa viejecita que veo por allí debe ser la madre de uno de los maridos. Mírala, pobrecita, está rezando -agregó Louise. Sin dejar de mirar, Brenda estiró el brazo y sujetó con fuerza la melena de Louise, haciéndola girar con violencia hasta estamparle la nariz en los barrotes.
-¿Estás ciega imbecil? -masculló bárbaramente; observando mejor, Louise comprendió su error. A los lados del rosario que portaba la anciana, brillaban dos aros de metal. Bastaba bajar la vista para darse cuenta de que otro par de esposas sujetaba los pies de la mujer. La viejecilla era nada menos que Judy Buenoano, la célebre Viuda Negra, quien nunca dejó de rezar durante el breve trayecto hacia la sala de ejecuciones. "Sé que cuando me muera iré al cielo y veré a Jesús", había dicho. Veinte minutos más tarde, saldría de allí con el cuerpo carbonizado. Casada con James Goodyear, veterano de la guerra de Vietnam, Judy vivió durante varios años en un hogar de clase media, en un pequeño suburbio a unos minutos de Miami, hasta que se se convirtió en viuda en abril de 1971. Una rara y progresiva enfermedad había aquejado a James, su marido, durante varios meses.

Pero la mujer y su hijo de 10 años no quedaron desamparados, porque a la semana de su fallecimiento ella cobró la póliza de un seguro de vida, que ascendía a 85 mil dólares. El dinero no duró mucho, pues fue destinado a cubrir deudas contraídas con anterioridad.

Nueva años más tarde, la misteriosa enfermedad reapareció. Se trataba ahora de su hijo, Michael, ya adolescente, quien un buen día cayó en cama y dejo de caminar. Cada semana Judy lo sacaba a pasear en silla de ruedas, hasta que un día, "por accidente", cayó al río desde una canoa, en la que ambos daban un paseo. Murió ahogado y su madre cobró otra póliza, esta vez por 125 mil dólares.

Tres años más tarde, un nuevo hombre llegó a su vida: John Gentry. Auque nunca se casaron, ella lo convenció de adquirir un seguro de vida de casi medio millón de dólares. Este hombre se fue a vivir con ella y en su nuevo hogar recibía todas las mañanas un par de píldoras, supuestas "vitaminas", de mano de Judy. Un día acudió al médico y se enteró de que su sangre contenía arsénico. Lo estaban envenenando. John sospechó de su pareja y la abandonó. Un mes después, al bajar de su coche, éste voló en pedazos. La principal sospechosa fue Judy. Se le investigó y fue acusada de intento de asesinato.

Debido a las circunstancias en que se dio este caso, las autoridades de Florida, por petición de los familiares de su primer marido, abrieron una nueva investigación sobre la muerte de James Goodyear, aquel veterano de Viet Nam. La conclusión: homicidio por envenenamiento.

A partir de este momento, no pasaría mucho tiempo para que un juzgado la sentenciara a la pena capital. Sin embargo, desde 1985 y hasta el día de su muerte, se fincaron otros procesos en su contra. Uno por intento de matar a un ex novio, 15 años atrás, y otro más por el asesinato con arsénico de Bobby Morrys, también novio suyo, en 1978. Ambos contaban con sendos seguros de vida, cuya beneficiaria era Judy. Pero ninguno de estos casos judiciales concluyó, porque en 1998, una descarga de 2 mil voltios terminó con la vida de Judy Buenoano, la viejecita del rosario, quien enriqueció los anales del crimen con el apodo de la Viuda Negra.