Redacción Semanario
1./ El próximo sábado presenciaremos -ojalá que sin contratiempos- la tradicional ceremonia del Grito de Independencia. La que debiera ser una noche de unión, comunión y solidaridad de todos los mexicanos, se ha convertido desde hace un año en una mezquina cuota de poder o un lote de apuesta entre los partidos políticos. La anarquía parlamentaria y la toma de espacios públicos han desvirtuado esta ceremonia tradicional, dotada hasta hace pocos años de una indudable mística civil.
1./ El próximo sábado presenciaremos -ojalá que sin contratiempos- la tradicional ceremonia del Grito de Independencia. La que debiera ser una noche de unión, comunión y solidaridad de todos los mexicanos, se ha convertido desde hace un año en una mezquina cuota de poder o un lote de apuesta entre los partidos políticos. La anarquía parlamentaria y la toma de espacios públicos han desvirtuado esta ceremonia tradicional, dotada hasta hace pocos años de una indudable mística civil.

2./ Desde el último ayuntamiento del país hasta el Zócalo de la Ciudad de México, la pólvora y los fuegos artificiales simbolizarán este año las guerras floridas que escenifican los partidos en ese templo civil que es el Congreso de la Unión. Guerras vistosas, escandalosas pero finalmente inocuas, al menos hasta ahora. El saldo realmente grave de esos combates simbólicos es la obstaculización de la vida institucional de la nación, que desde hace siete años camina en cámara lenta.

3./ En efecto, después de protestar por la censura mediática a Ruth Zavaleta, presidenta de la mesa directiva del Congreso, en el marco de la entrega del primer informe presidencial, los partidos se entregaron a otra pintoresca guerra florida, con el propósito de paralizar -o continuar paralizando- la reforma fiscal y la reforma electoral. ¿Qué nuevo pretexto encontrarán el 15 o el 16 de septiembre, para seguir alimentando esta retórica de escándalo, de confrontación y de diatriba gratuita?