Jesús Castro
Cromwell Stret era una comunidad sencilla, los vecinos poco se frecuentaban pero sabían que en el número 25 un matrimonio vivía de forma reservada. El sol había comenzado a morir cuando media docena de patrullas recorrieron la calle y se dirigieron a la casa de porche descuidado y ventanas oscuras.
Hacía siete años que la hija mayor del matrimonio West había desaparecido. "¿La habrán encontrado?", se preguntaban los curiosos. Otra era la sospecha: Podría estar muerta.

Una mujer de rostro apacible abre la puerta, es Rose la dueña de la casa, le tienen una mala noticia relacionada con su hija Heather. Su marido Fred no está, lo esperan. La madre llora, la policía se impacienta. Dos horas después llega el hombre. "Su hija está muerta", le dicen. El también llora.

"Muchas chicas falsifican sus nombres para trabajar como prostitutas, ella es lesbiana y tiene problemas, por ahí debe andar, no creo que esté muerta", dijo Fred mientras le piden registrar el cuarto de la menor.

Pero el de Healter no era un caso aislado. En aquel suburbio al norte de Londres habían sucedido una serie de desapariciones desde la primavera de 1971, la mayoría de jovencitas entre los catorce y los diecinueve años de edad.

Desde mitad de los setentas el detective John Bennett asumió la investigación. Ató cabos en torno a Catherin Bernad, apodada "Rena", y su hijo recién nacido, de quienes nadie sabían sobre su paradero.
Al siguiente año otro caso, Sherley Robinson no regresó a su casa, había salido a comprar helados, también Ana Mc Fall desapareció en circunstancias parecidas, un heladero que se había vuelto su amigo le había prometido regalarle algo ese día.

Así continuaron las desapariciones y Bennet encontró que la mayoría eran jovencitas rebeldes, algunas como "Rena", delincuentes juveniles que ya habían pisado la cárcel. Los padres poco se interesaron por dar aviso a las autoridades sino hasta semanas, algunos hasta meses después de notar su ausencia.

Llegaron los años ochentas y las desapariciones en el mismo sector, con las mismas características.

Las pistas, así como llegaban se desvanecían. El detective siempre contaba con pocos elementos sólidos para llamar a declarar a alguien, pero para 1992, ya tenía varios sospechosos.

Con otras cuatro jovencitas desaparecidas, el proceso de eliminación llevó a Bennett al barrio de los West, donde los vecinos habían dejado de ver a tres de sus hijas, a las que Fred y Rose nunca reportaron como desaparecidas, eran Anna Marie, Tara y su hija, adem y Healter.

Por eso aquella tarde de 1994 Bennett acorraló con preguntas a Fred West, de oficio heladero, hasta que confesó: él había estrangulado, cortado en pedazos y enterrado a sus hijas, a sus amantes y a otro grupo de jovencitas de quienes abusaba.

"Pero mi esposa es inocente, yo fui, yo las tengo enterradas", gritó mientras era esposado. Luego las autoridades excavaron en diferentes partes de la casa. Ahí encontraron los restos de más de doce mujeres y tres bebes.

Empezó el juicio. Rose aparecía llorosa entre el público, pero un mes después fue requerida por las autoridades, pues tras el testimonio de un vecino, la mujer pasó al banquillo de los acusados.

El testigo protegido aseguraba haber participado de orgías con Rose, a quien su marido anunciaba en revistas pornográficas. Así que mientras para los vecinos la casa de Cromwell 25 era apacible, por dentro se sucedían orgías en las que participaban sus propias hijas, dos de las cuales resultaron embarazadas de su propio padre.

Uno de sus hijos mayores narró haber sido testigo de la violación, sodomía y humillaciones que Fred propinó a Healter con la participación de su madre.

La mujer, once años menor que él, no sólo permitía los abusos sexuales, sino que aceptaba que su marido violara y asesinara a otras menores, para luego entre ambos desmembrarlas y enterrarlas en su casa. Así sucedió con sus propias hijas y nietas.

Rose y Fred no se salvaron de varias cadenas perpetuas, pero el hombre no las cumplió, porque dos meses después se ahorcó en su celda.