Jesús Castro
Los habitantes del poblado de Rostov, en Ucrania, rumoraban el asesinato de tres adolescentes, otros decían que cuatro, algunos más hablaban de seis.
Los medios de comunicación no lo informaban, el Partido Comunista no lo permitió. Solo el gobierno sabía que el número de muertes había sobrepasado los diez.

Del Kremlin llegó una orden: el mayor Mikhail Fetisov y el especialista forense Victor Burakov se encargarían del caso. Era junio de 1982, los investigadores encontraron una Ucrania sumida en el terror, los chismes callejeros se habían encargado de ello.

Fetisov inició la cacería de pedófilos y depravados sexuales. Llegaron a condenar y ejecutar a uno de ellos: Alexsander Kravchenko, acusado de violar con un cuchillo a Yelena Zakatnova, una niña de nueve años, quien fue encontrada muerta cerca de la estación del ferrocarril.

Creyeron haber terminado con el "Terror de Ucrania", como llamaron al asesino serial, pero las muertes continuaron. Meses después se comprobó que Kravchenko era inocente. Ya no había manera de remediar el error.

Un año después, habían sido interrogados más de mil sospechosos, el número de muertos se elevó a quince, todos con el mismo modus operandi: extirpación de genitales.

Para ese momento, Victor Burakov había elaborado un perfil del asesino: un sujeto de entre 25 y 50 años, estatura de alrededor de 1.75 metros, padecía una disfunción sexual, pues mutilaba a sus víctimas en parte como frustración y también como excitación erótica.

En 1984 fue arrestado Andrei Chikatilo, un maestro que había sido corrido de varias escuelas, acusado de acoso sexual. El hombre reunía todas las características del asesino, por lo que Fetisov estaba a punto de llevarlo a juicio, pero un elemento no coincidió.

La sangre de Chikatilo era A positiva y la encontrada en una de las escenas del crimen era B. Andrei pasó 3 meses en la cárcel por acusaciones menores, y luego fue puesto en libertad.

Siguieron luego la pista de Sergei Crakovicosh, un esquizofrénico que desaparecía constantemente de su casa, desapariciones que coincidían con algunas de las muertes. Al hombre se le comprobó sólo un asesinato, pero no tenía nada que ver con la forma de matar del ya mítico "Terror de Ucrania".

Finalmente acusaron a Vladimir Petrineyev, dueño de un cuartucho en las orillas de la ciudad, donde los investigadores encontraron rastros de sangre que coincidían con al menos nueve de las 25 adolescentes asesinadas en los últimos diez años. Además el tipo sanguíneo de Petrineyev era B.

El hombre pasó detenido casi dos semanas, tiempo durante el cual fue interrogado con lujo de violencia por la KGB. Pero logró salvarse del juicio cuando señaló como sospechoso a un antiguo inquilino, que acostumbraba llevar adolescentes a aquel cuarto. Su nombre: Andrei Chikatilo.

Ese febrero de 1990 fueron encontrados los cadáveres de otros siete niños y dos mujeres en un bosque cercano. Pero ya era sólo cuestión de tiempo: el 4 de marzo arrestaron a Chikatilo, todavía con manchas de sangre de su última víctima.

Mikhail Fetisov logró la confesión de los crímenes luego de diez días de interrogatorios. "Si. Soy un error de la naturaleza, una bestia salvaje...", gritó luego de aceptar su culpabilidad. La cuenta final de las víctimas llegó a 53, entre ellas 31 colegialas y 22 niños.

Chikatilo fue llevado a la Corte el 14 de Abril de 1992. Vivió el juicio encerrado en una jaula blanca, desde donde escupía y peleaba con los familiares de las víctimas.

Dos años después fue sentenciado. El hombre gritó improperios al juez. Minutos más tarde fue conducido a un cuarto cerrado, donde fue ejecutado con un balazo detrás del oído derecho. Ucrania no volvería a dormir en el Terror.