Semanario
Para los no creyentes el destino del hombre (si del destino del hombre puede hablarse) es un absurdo, un cruel sarcasmo. Casi tan monstruoso -casi tan cruel y absurdo- como el de aquella máquina cuya única función -una vez encendida, se entiende- consistía pura y simplemente en apagarse: venir a la vida con la aparentemente sola finalidad de, en su momento, tener que dejarla.
Para los no creyentes el destino del hombre (si del destino del hombre puede hablarse) es un absurdo, un cruel sarcasmo. Casi tan monstruoso -casi tan cruel y absurdo- como el de aquella máquina cuya única función -una vez encendida, se entiende- consistía pura y simplemente en apagarse: venir a la vida con la aparentemente sola finalidad de, en su momento, tener que dejarla.

Para los creyentes, el destino del hombre es un torturante misterio insondable, tan insondable y torturante, por lo demás, como todos los misterios de la fe. (Y la fe, ya se sabe, es toda ella un único oscuro -pero también iluminador- misterio): ser llamado por Dios a esta vida transitoria para, tras un más o menos breve intermedio, hacerlo pasar a la eterna.

¿Para qué -podría interrogar el incisivo refrán mexicano- son tantos brincos estando el suelo tan parejo? ¿Por qué no suprimir el segundo eslabón de la cadena, el de la vida terrenal, y crear al hombre como fueron creados los ángeles, de una vez y para siempre en la vida perdurable?

Para unos y otros, creyentes y no creyentes, la festividad del dos de noviembre debe ser motivo de reflexión. Y ello como un antídoto contra el influjo de la televisión, que se empeña en presentar a los muertos como entes desquiciados y vesánicos cuyo máximo anhelo (cuyo único anhelo, más bien) es exterminar a los vivientes.

Meditar, por ejemplo, sobre lo que sabiamente escribe Luis Alonso Schökel: "El hombre es creado para vivir. Y para morir. Y para vivir [.] Hay que salvar la vida y salvar la muerte, para ponerse finalmente, definitivamente, a salvo".

O, mejor aún, sobre el certero, hondo y bello dicho de San Juan de la Cruz: "A la tarde te examinarán en el amor".