Jesús Peña
Lucecitas en Celemania
La primera imagen que viene a la mente de don Hiram Corona cuando alguien le pregunta por la noche de la explosión en Celemania, es la de él mismo, cuando por buscar a uno de sus hijos enmedio de la oscuridad y el polvo que trajo la explosión, tropezó con el cadáver de un hombre sin cabeza.

"Lo que más me impresionó fue irme tropezándo con cadáveres, desnudos o con la ropa desgarrada".

Todo era silencio o al menos así lo cree don Hiram, quien largo rato y después del estallido que estremeció la tierra e incendió el cielo de Nadadores, quedó sordo, como aturdido.

"Corrí a buscar a uno de mis hijos, que había salido a curiosear allá, a acercarse, yo les dije no se vayan, no se mueva nadie, pero uno de mis sobrinos que venía llegando vio los cuerpos de los heridos y se vino corriendo para acá a querer auxiliarlos diciendo: "¡una tabla, una camilla! Mi hijo se fue con él".

Minutos más tarde encontró a su hijo vivo, tirado en el suelo y con un fierro metido en el brazo. A su lado, muertos, estaban los dos sobrinos de don Hiram. Vio también también el cuerpo de José, su vecino, debajo de los escombros de una casa que derribó la explosión.

"Me encuentro a la esposa de él arrastrándose con el pie quebrado, y un brazo colgando, estaba sangrando mucho y me pedía ayuda: `Auxilio ayúdame, José está adentro', me asomé y el señor ya estaba muerto".

Metros más adelante se topó con el cadáver de Ramoncito, su amigo, quien con su pipa de agua había tratado de sofocar el fuego que devoraba la cabina del tráiler, antes de la explosión.

"Yo había visto a Ramón y le digo `retírate Ramón, porque va a explotar' y él heroicamente dijo `es que alguien tiene que hacer algo', estaba con la pipa echándole agua", platica don Hiram. Recuerda la noche de la tragedia en Celemania como una ciudad llena de lucecitas. Eran las yerbas encendidas por los fierros al rojo vivo que habían volado por el monte tras el estallido.

A minutos antes del desastre don Hiram había escuchado un chirriar de llantas, luego el golpe seco del encontronazo.

"Nos acercamos Ramón y yo tratamos de auxiliar a los heridos. El camión se empezó a incendiar y le preguntamos al chofer que si traía extinguidor, dice `no traemos nada y retírense porque esto va tronar. Hubo mucho tiempo para controlarlo si las autoridades hubieran llegado a tiempo, porque eran unas flamitas pequeñas".

Se interrumpió el tráfico, la carretera quedó bloqueada y un coche tras otros comenzaron a estacionar detrás del tráiler en llamas.

"La gente vino a ver lo que pasaba, se miraba ya la humareda, las llamas muy altas". Luego vino lo peor: "La explosión fue tremenda, es algo que se le queda a uno grabado".

Desde esa noche don Hiram no logra conciliar el sueño, y a cada momento le parece oir el motor de un tráiler rodando frente a su casa, a orillas de la carretera. "Después de todo lo que vi, se pone uno nervioso cuando has estado tan cerca de la muerte".