Semanario / Máxima Barragán
Testículos, huevos, tanates, pelotas, bolas, colgantes, gemelos, acompañantes y un sin fin de nombres para designar esa parte tan particular y distintiva de los varones.
 Una simple cuestión de pelotas es la que define esa pequeña línea que divide y separa la delicadeza femenina pensante y racional; del impulso primitivo, netamente primario que caracteriza al sexo masculino. ¿Por qué digo lo anterior? Porque los hombres lideran todos los aspectos concernientes a las relaciones sexuales, ya sean simpáticas, divertidas, perversas o inofensivas. En el sadomasoquismo nos aventajan considerablemente y ni qué decir del exhibicionismo, basta tan sólo ver cómo juegan con sus `pelotas' a cualquier hora del día; estén dónde estén y en el colmo del descaró hasta se sonríen cuando alguien los mira. En la cabeza de la mujer el amor gira como un torbellino las 24 horas del día, en cambio, en la cabeza del hombre (en ambas por supuesto), tan sólo aparece la palabra sexo, sexo y más sexo. El amor viene hasta el final de la lista y cuando un hombre se entrega al amor pareciera que lo hace como un medio para conseguir sexo. Y nosotras, pobres ilusas, pensamos que hacemos el amor; mientras nuestros novios, esposos y amantes simplemente tienen sexo. Algunas veces bueno, otras malo, pero les permite desahogarse, relajarse y conciliar un sueño más tranquilo. Y nosotras, sonriendo de oreja a oreja porque nos aman. Nosotras podemos durar un buen tiempo sin hacer el amor y no pasa nada, no nos volvemos locas ni andamos arañando las paredes. En cambio el varón quiere sexo aquí y ahora, lo exige. Si los hombres emplearan la mitad de la energía que gastan en pensar, buscar y tener sexo, en reforestar el planeta, estaríamos viviendo en mitad de un bosque. Con todo este rollo que me aventé no quiero decir que a mí no me gusta el sexo, al contrario, me encanta, lo disfruto y lo hago mejor que nadie. Y no pretendo que asexuemos al varón, para nada, ¿qué sería de nosotras sin nuestros machos? Lo que pretendo es que lleguemos a entender que toda esa primitiva fuerza sexual que caracteriza al hombre y a la sociedad actual, se debe ir diluyendo poco a poco para transformarse en amor. El sexo es bueno, es saludable, es rico; pero el sexo con amor es lo máximo y ojalá todos tuviéramos la oportunidad de experimentarlo.