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Jerusalén.- La conferencia de Annapolis, a celebrarse el próximo día 27, supone el primer paso de Israel y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para resolver el conflicto que les enfrenta tras siete años de guerra.
El encuentro en esa ciudad estadunidense es una apuesta que en caso de fracasar podría conducir a un escenario aún más sangriento que el actual.

La última vez que Israel y la ANP celebraron negociaciones para un acuerdo de paz fue en el balneario egipcio de Taba, en enero de 2001, cuando ya había comenzado la Intifada y aún resonaban los ecos del fracaso de la cumbre de Camp David, seis meses antes.

Fueron dos cumbres, particularmente la de Camp David, que pudieron haber puesto fin al conflicto palestino-israelí, pero que serán recordadas por la historia como la pérdida de una oportunidad que costó la vida a más de cuatro mil 200 palestinos y un millar de israelíes.

En Camp David, el ex primer ministro israelí Ehud Barak, actual titular de Defensa y líder del Partido Laborista, ofreció al ya fallecido Yasser Arafat un paquete global que preveía la creación de un Estado palestino en la totalidad de Gaza y el 95 por ciento del territorio de Cisjordania.

También contemplaba la división de Jerusalén según su distribución demográfica actual, el intercambio de territorios para la anexión de varias colonias judías, y una solución multimillonaria para el problema de los más de cuatro millones de refugiados palestinos.

'Fue la oferta más generosa que un dirigente israelí hiciera nunca a los palestinos', precisó una fuente diplomática en Jerusalén al ser consultada sobre la próxima cumbre de paz.

La fuente declinó comentar si la postura actual de Israel es 'similar', 'mejor' o 'peor' que la de Barak, y se limitó a calificarla de 'distinta', porque 'las circunstancias han cambiado'.

Los palestinos sostienen al día de hoy que 'la oferta de Barak no fue tan generosa como se dijo' en los medios de prensa, y que la ANP no podía aceptarla, según el pacifista palestino Nidal Foqaha.

En la cumbre de la Liga Arabe de 2002, el propio Arafat dio algunas razones para justificar su rechazo, entre ellas la de no sentirse respaldado por los países árabes para hacer concesiones que afectaban a todo el mundo islámico, como la división de Jerusalén.

Las consecuencias fueron dramáticas: Barak perdió las elecciones ante el nacionalista Ariel Sharón, el campo pacifista israelí se derrumbó a raíz de sangrientos atentados suicidas palestinos, y las operaciones militares israelíes en Gaza y Cisjordania comenzaron a cobrar muchas vidas.

Cuatro años de desenfrenado conflicto armado y la muerte de Arafat en noviembre de 2004 abrieron nuevas perspectivas de paz en la zona al comenzar 2005, pero la victoria del movimiento islámico Hamás en las elecciones un año después las truncaron.

El proceso de paz se vio relanzado a principios de 2007 por las presiones de Estados Unidos para alcanzar una solución diplomática antes de que el presidente George W. Bush termine su mandato en enero de 2009, y por la llamada Iniciativa Saudí de paz, que la Liga Arabe refrendó por segunda vez en marzo pasado.

Pero el impulso decisivo se lo dio el levantamiento en junio de los islámicos en Gaza, que dividió la ANP en dos entes gubernativos.

Un ente bajo la jurisdicción de Hamás en Gaza, opuesto a la paz con Israel, y otro bajo la del movimiento Al-Fatah en Cisjordania, encabezado por el presidente Mahmud Abbas, mucho más moderado y reconciliador que su predecesor Arafat.

'Esta es una oportunidad histórica, y hay que esforzarse para que la conferencia sea un éxito', dijo la semana pasada en Ramala el alto representante europeo de Seguridad Común y Política Exterior, Javier Solana.

Solana apeló a las partes a preparar la conferencia para garantizar su éxito, al referirse a las conversaciones que celebran en los dos últimos meses Israel y la ANP para elaborar una declaración de principios que siente las bases de las negociaciones que habrán de iniciar tras la cumbre.

La declaración se ve bloqueada porque Israel se niega a definir en ella las fases de la agenda de trabajo, es decir, los temas de los que se hablarán y el tiempo destinado a cada etapa.

Se trata de una demanda palestina destinada a garantizar unas negociaciones sólidas, pero en el que Israel ve una trampa en caso de que volviera a estallar una ola de violencia o de que Hamás, opuesto al diálogo, decida sabotear el proceso pacificador desde Gaza.

'Aunque separadas (Cisjordania y Gaza), no nos podemos desentender de los ataques diarios con Qasam desde Gaza', ha reiterado en numerosas ocasiones la ministra israelí de Exteriores, Tzipi Livni.

Papel decisivo en esta disputa juega la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, quien ha tratado de mediar entre las partes con nueve visitas en el último año.

La solución que se perfila para Annapolis es la de un documento ambiguo con garantías de Estados Unidos a la ANP de que los temas centrales del conflicto se pondrán inmediatamente después sobre la mesa, o bien la de dos documentos con las reclamaciones de cada una de las partes.

Frente a las pesimistas posturas de aquellos que creen que Annapolis será un fracaso si no se acude con un plan claro para la creación de un Estado palestino, y el temor de que las consecuencias de ese fracaso sean peores que la Segunda Intifada, hay también quienes aseguran que tampoco una preparación previa es 'receta de éxito'.

'A las dos partes recomiendo que recuerden lo que ocurrió hace 30 años, en una cumbre parecida en Camp David (entre Egipto e Israel): no fue preparada, no había documentos. Nació de la necesidad del momento', escribió Dan Patir, asesor del entonces primer ministro israelí Menahem Begin.

'Pensé que estaríamos dos o tres días y al final la cumbre duró 13. Y aunque no había agenda los estadunidenses presentaron más de 20 borradores que condujeron al acuerdo de 1979', agregó sobre una cumbre en la que Israel firmó su primer tratado de paz con un país árabe.