Soledad y La vocal de la tierra

Artes
/ 8 julio 2021

He leído en voz de varios poetas como Ernesto Cardenal o André Verdet que la poesía es el primer lenguaje de la humanidad. Esta frase significa que al nacer el elemento poético, la figura retórica, la función estética de la palabra, la lengua se convirtió en una de las claves que distinguen a nuestra especie. Escapamos de la literalidad para erigir universos, imágenes sonoras capaces de expresar aquello que parecía indecible. Regreso a estas reflexiones sobre lo primigenio con un libro que desde su título evoca la historia conocida y desconocida de la  lengua: “La vocal de la tierra” de Soledad Fariña Vicuña, autora chilena. Esta obra es para mí una lección fuerte y bella de los alcances de la poesía, su magia y su antiguo poder para conjurar.

El poemario contiene tres títulos: “El primer libro” (1985), “Albricia” (1988) y “En Amarillo Oscuro” (1994). Esta trilogía regresa gracias al esfuerzo de Anónima Editores, dirigida por el escritor Nérvinson Machado en coedición con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, que nos da la oportunidad a los lectores mexicanos de conmovernos con el trabajo de Soledad. Los poemas fueron escritos durante la dictadura de Augusto Pinochet. De alguna manera ese contexto político de represión y violencia se engarza con la propuesta estética de los libros. No es una obra convencional. La poeta crea un lenguaje propio, complejo, con un aire de hermetismo aunque en realidad la palabra se abre camino. 

“El primer libro” es, en realidad, su primer libro. Los poemas me trasladan a esa escritura visual que los antiguos dejaron en las cuevas. Narraron con imágenes de bisontes, con palmas de manos que decían “estuve aquí”, “existí”. “Cuál pintar cuál primer”, expone Soledad. La poeta explora con los colores que nos da la tierra para escribir, para representar: “el verde amaina”, el “rojo que brama para estallar”. Así extrae el barro, el negro, los materiales para fundar su escritura y “decir”. “En esa oscuridad: tomar el gran pincel / afilar el cuchillo perder la empuñadura / hendir   abrir hasta perder / no hay recorrido previo / había que pintar el primer libro / pero cuál pintar   cuál primer”, se pregunta antes de adentrarse en la locura del lenguaje que le arrojará una respuesta. “El primer libro” termina con el poema “Alfa”, la primera letra del alfabeto griego (alfa, beta). La palabra crece, se transmuta. De alfa a alfalfa, falfa, fabla y termina en mayúsculas diciendo “HABLA”. Alfa, la “vocal mujeril”, como escribió Pablo Oyarzún.

Le sigue “Albricia”, donde el verso va de vuelta a la corporeidad: “Viajo en mi lengua / de arena pantanosa / dos vocales / O  E”, inicia. Son las vocales de su nombre Soledad. El elemento femenino también habita estos poemarios, donde la escritora se pronuncia sobre aquello que le era negado a la mujer. Despunta el erotismo en el tránsito del cuerpo que es palabra y la palabra que se hace carne: “Busco mi raíz / en el bombeo azul de tu garganta”. Finalmente, en “Amarillo Oscuro” se vuelve al origen. En “El primer libro” ya aparecía la imagen. Culmina con una poesía de raíces fuertes: “Colores / nunca vistos / guarda la cuenca del ojo / sabores muy antiguos / debajo de la lengua”. De la onomatopeya (“parpadeando el sonido”) y el balbuceo, navega hasta la poesía pura: “Soy pórtico a la luz”, termina.

“La vocal de la tierra” es la voz que sale del barro, de la naturaleza que es una madre. Representa, también, un nacimiento sonoro, el tejido lírico que se hará poema para elevar la poesía y romper el silencio.