¡Hay gente aquí!

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/ 12 julio 2021

Pasé una buena parte de mi vida absorta en quehaceres, en lo que creía que era la vida.  Asumía que la gente vivíamos así. Entre tanta mecanicidad de la vida, cualquier elemento que interrumpe o afecta la “fluidez” de la estructura o la rutina es molesto.  Nos molestamos con otras personas, cuando sus actitudes no encajan con precisión en la manera en que creemos que deben llevarse las cosas. Y hasta allí nuestra/mi capacidad de relacionarme con otros. Me llevo bien con quienes facilitan el movimiento maquinal de mi vida, o me caen mal porque chocamos en ideas o maneras.

Un día estaba en un mall, sentada tomando un café y viendo a la nada, pensando nada y sintiendo nada. No era un estado meditativo en el que había logrado la presencia del aquí y el ahora, no. Estaba en mi estado común de desconexión, un estado robótico, en que parece que estoy, y hasta funciono. Parece.

En un momento, tal vez de lucidez, levanté la mirada y vi a otras personas caminando, comprando, comiendo. Vi personas. Individuos. Me di cuenta de que detrás de lo mecánico de las actividades había, hasta en mí, seres sintientes, o cuando menos aspirantes a seres humanos, cada uno con sus creencias, sus necesidades, su consciencia, con una historia pasada, presente y futura, y con una vida que por un momento cruzaba con la mía. No sabía, ni sé, de las vidas de tantas personas, pero creo que la experiencia de ver a otros me hizo salir, aunque fuera un milímetro, de mi cosmocentrismo, para conectar. Recuerdo haber pensado, asombrada, “Oh my God, ¡hay gente aquí!”