Moscú, Rusia.- Nunca antes ni después del 4 de octubre de 1957 tantas personas a la vez fijaron sus miradas en el crepúsculo para intentar lo imposible: ver una bola de 83 kilogramos a una altura de 1.000 kilómetros.
Muchos creyeron conseguirlo, al observar un punto luminoso que surcaba el crepúsculo, pero no era el Sputnik, el primer satélite artificial de la Tierra lanzado aquel día por la URSS, sino la segunda etapa del cohete que lo llevó al espacio.

Uno más de los muchos errores que acompañaron la odisea del Sputnik y a los que posiblemente el primer satélite incluso debe su aparición.

Dicen que la era espacial comenzó el 4 de octubre de 1957 debido a un error de traducción.

Un día después en Estados Unidos estaba convocada la conferencia "Lanzamiento de un satélite artificial de la Tierra" y en el resumen de la prensa norteamericana que recibían los altos jefes soviéticos desapareció por error la palabra "conferencia".

Como resultado, Moscú aceleró el lanzamiento del Sputnik.

Lo cierto es que Serguéi Koroliov, el padre de la cosmonáutica, tenía mucha prisa, a pesar de que ya estaba casi listo el verdadero satélite, que un mes más tarde llevó al espacio a la perra Laika.

A fin de ganar tiempo, Koroliov optó por el proyecto PS (siglas "satélite simplón" en ruso), que limitaron la tarea a colocar en órbita una simple esfera de aluminio pulido que desde sus cuatro antenas transmitía las señales "bip, bip".

No sólo el temor a que los norteamericanos se le adelantaran en el primer paso al espacio espoleaba a Koroliov.

El Sputnik con su "bip, bip" no era un aparato de investigación del espacio y su principal misión no era abrir a la humanidad las puertas del Universo como hoy se cree.

Era, ante todo, una muestra de poderío militar de un país acorralado y amenazado por la mayor potencia mundial de entonces, Estados Unidos, que no ocultaba sus planes hostiles hacia la URSS.

"Si hubiésemos tenido un poco de suerte, al final hubiésemos empezado la III Guerra Mundial" escribiría más tarde el general Curtis LeMay, entonces comandante en jefe de la Fuerza Aérea de EEUU.

A partir de 1953, los aviones de EEUU más de 10.000 veces violaron el espacio aéreo soviético, su potencial termonuclear se multiplicó por diez, sus B-47 cargados de bombas nucleares cruzaban el Polo Norte y sobrevolaban impunemente Siberia, listos para la "venganza masiva", doctrina del secretario de Estado John Foster Dulles, que amenazaba de muerte al menos a 60 millones de soviéticos, según LeMay.

Sin embargo, el nombre mismo de la doctrina, "venganza masiva", era incorrecto, pues la URSS, a diferencia de EEUU, no tenía cómo alcanzar el territorio enemigo.

"Teníamos mucho miedo y sin la menor duda considerábamos que los (norte)americanos eran unos agresores", recordó decenios más tarde Serguéi, el hijo del entonces líder soviético Nikita Jrsuchov, quien "estaba convencido de que sólo los cohetes nucleares intercontinentales podrán impedir la guerra".

Después de que el todopoderoso Politburó aprobó la nueva arma como principal elemento de disuasión, Koroliov necesitaba a toda costa ganar tiempo y distraer la atención de un fallo que privaba de todo sentido al ya existente cohete intercontinental R-7: por el momento no se conseguía crear la capa térmica que debía proteger la carga nuclear durante la entrada en las capas densas de la atmósfera.

El lanzamiento del satélite superó todas sus espectativas: la noticia provocó pánico en el Pentágono.

Aquella inútil esfera pulida había conseguido lo imposible: el cohete que la había lanzado, diez veces más potente que cualquiera de sus análogos norteamericanos, no solo había roto el desequilibrio estratégico sino que había creado uno nuevo, esta vez a favor de la URSS, que automáticamente se había convertido en superpotencia.

Y para la gente sencilla, la URSS se puso de moda.

Pocas horas después del lanzamiento, cuando el creador de los cohetes soviéticos ya volaba en un avión rumbo a Moscú, uno de los pilotos le dijo sonriente: "Gracias a Usted hoy entiendo todos los idiomas. El mundo entero repite 'Rusia' y 'Sputnik'".

El Sputnik transmitió sus señales durante tres semanas y, unos días después de que calló, la nueva estrella mundial ya era Laika, a diferencia del verdadero héroe, Serguéi Koroliov, que incluso sus obras las tenía que firmar como K. Serguéyev.

Cuando el Comité Nobel quiso premiarle, Jruschov se opuso tajante: "El Sputnik es un logro de todo el pueblo soviético", sentenció.