LA JORNADA
México, D.F. .- Recién recuperado de una lesión en las vértebras cervicales que estuvo a punto de retirarlo de los ruedos, Arturo Macías El Cejas vivió el pasado viernes una de las noches más extrañas de su incipiente carrera. Todo ocurrió antes y durante la tercera corrida de la feria de Puebla en la plaza El Relicario, donde estaba anunciado con el rejoneador Rodrigo Santos y con José Isabel Ortiz para despachar un encierro compuesto por cuatro reses de Malpaso y dos de José María Arturo Huerta.
Las complicaciones comenzaron cuando, antes del paseíllo, mientras calentaba a uno de sus caballos con galopes ligeros, Rodrigo Santos sufrió una caída, se golpeó la cabeza y debió ser trasladado a un sanatorio, con lo que el cartel se convirtió en involuntario mano a mano. Obligados por las circunstancias, los toreros se repartieron los ejemplares de Huerta que ya habían sido recortados de los cuernos en preparación para su lidia de rejones.

Con el primero de la noche -era festejo nocturno y los tendidos estaban llenos mayoritariamente de jóvenes que se comportaban como si aquello en realidad fuera una discoteca, según los datos disponibles-, El Cejas tuvo que esmerarse para enseñarlo a embestir y despedirlo de estocada en buen sitio que le valió el premio de una oreja.

A continuación, Ortiz se lució en un quite por verónicas, banderilleó con acierto y se iba para arriba en la ejecución de suertes con la muleta cuando el astado se le revolvió, lanzándolo al suelo y propinándole tal paliza que le fracturó el brazo derecho. Llevado a la enfermería, José Isabel regresó a la arena para tratar de acabar con su enemigo pero no pudo siquiera empuñar el estoque. Por lo tanto, Macías se encargó de hacer lo propio.

Al quedarse solo frente al resto del encierro, el de Aguascalientes realizó cuatro faenas más, oyendo palmas al deshacerse del tercero de un pinchazo y dos descabellos. Con el cuarto se llevó una sonora ovación gracias a un quite por saltilleras pero, si bien logró detalles con la franela, mató de estocada trasera y tendida y, para asombro de los enterados y algarabía de los villamelones, el juez le concedió dos orejas.

Con el quinto pasó sin pena ni gloria y terminó el trasteo de un horrible sartenazo. Y para cerrar la función, al sexto, que era un chivo, lo toreó de rodillas, antes de matarlo de un espadazo en cualquier sitio, que mereció otras dos orejas, nadie se explica todavía por qué. La fiesta brava, sin duda, es fiel espejo del marasmo que vive el país.