Bruselas, Bélgica.- El Tratado de Lisboa adoptado por los líderes de la Unión Europea en una cumbre en la capital portuguesa pone fin a más de dos años de crisis en el bloque, aunque no cierra los interrogantes sobre el futuro de la UE en cuestiones como la ampliación y la integración.
Desde el "No" de franceses y holandeses al proyecto de Constitución a mediados de 2005 hasta la aprobación en la madrugada del viernes del complicado texto que debe mejorar el funcionamiento de la UE ampliada a 27 miembros, los diferentes puntos de vista internos sobre el papel del bloque se han asentado.

"Por el momento tenemos dos estrategias bastante irreconciliables que continúan enfrentándose: la de los británicos, que quieren reducir la UE a una gran zona de libre intercambio, y la de los partidarios de una mayor integración política", indicó Dominik Hierlemann, un especialista en asuntos europeos de la Fundación alemana Bertelsmann.

El texto del nuevo tratado, 256 páginas de enmiendas a acuerdos ya existentes, es un compromiso entre estas dos posiciones, ya incluye muchas de las innovaciones del proyecto de Constitución, aunque también otorga importantes concesiones a los euroescépticos, en particular Gran Bretaña y Polonia.

El Tratado de Lisboa "es lo máximo que puede alcanzarse actualmente en materia de intergración y cooperación en Europa", juzgó en ese sentido con realismo el canciller austríaco Alfred Gusenbauer.

Por ello las declaraciones del primer ministros portugués José Sócrates, presidente en ejercicio de la UE, afirmando que con la aprobación del nuevo tratado "Europa muestra que el proyecto europeo se mueve y que ahora está preparada para mirar con confianza a su futuro", deben tomarse con prudencia.

Es que los temas conflictivos no son pocos, empezando por la cuestión de la ampliación del bloque a Turquía, que choca con una oposición cada vez más fuerte desde el lanzamiento de negociaciones con Ankara en octubre de 2005.

El tema turco encierra otro aún más importante, el de las fronteras de la UE, que para algunos deben ir hasta Ucrania y que otros querrían limitar, en el mejor de los casos, a los Balcanes.

En medio de la falta de un gran proyecto, el primer ministro británico Gordon Brown instó a que la UE se dedique a cuestiones como la globalización, el empleo y la properidad.

En efecto, algunos analistas creen que este enfoque de una "Europa de resultados", que abandone sus ideas federalistas, es la única forma de que la UE vuelva a tener la confianza de una ciudadanía cada vez más hostil.

"El único modo de que la UE reencuentre una legitimidad es con resultados" concretos en temas como el cambio climático, la inmigración o la seguridad energética, estimó Hugo Brady, del Centre for European Reform, basado en Londres.

Otro modelo cuyo desarrollo se vislumbra es el de una Europa a dos velocidades, como había anticipado en junio pasado el primer ministro luxemburgués Jean-claude Juncker, decano de la dirigencia europea.

Este modelo, que ya existe en temas como el euro (utilizado sólo por 13 Estados miembros) o el espacio sin fronteras Schengen (en el que participan 15 países, a los que se sumarán otros nueve en diciembre próximo), podría aplicarse para cuestiones como la cooperación judicial y policial.

"Los Estados miembros van a estar tentados cada vez más en avanzar en grupos sobre ciertos temas en un marco puramente intergubernamental", pronosticó Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Schuman.