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La Jornada
Javier Moscoso habla con La Jornada de su ensayo publicado en Taurus, que llega a México
México, DF. Un retablo fechado en torno al año 1500, que se encuentra en una iglesia en Valladolid, España, muestra a la santa Marina desgarrada en sus carnes, pero la belleza inalterada del rostro ante el castigo del verdugo.

La representación visual de las vírgenes mártires en la Edad Media es el punto de partida de Historia cultural del dolor, libro de Javier Moscoso (Madrid, 1966), recientemente publicado en México por el sello Taurus.

El dolor puede carecer de justificación, pero no de huellas en el largo camino del pasado humano. Esta es una de las propuestas del investigador en historia y filosofía. Sabemos del dolor de los otros a través de sus gestos y expresiones culturales. Pero éstos han cambiado. Y en contraste con Cioran, para quien era imposible dialogar con el dolor físico, Moscoso ofrece un ensayo, entre la historia y la filosofía, con miradas al arte, lo jurídico, literario y científico, sobre esta experiencia universal en un libro que recorre 500 años.

"A comienzos del siglo XXI estamos fascinados, no por cualquier tipo de representación de violencia, sino por una que no tiene justificación en ningún parámetro o no tiene explicación de orden moral, una representación que llamo del mal radical", expone en entrevista con motivo de la distribución en México de su obra publicada en España en 2011.

En esta era moderna, dice, no es que se trate de una forma de anestesia, sino una especie de distanciamiento de la empatía social. "Creo que vivimos en un mundo donde se ha roto un pacto social y emocional que tenía que ver con la vieja idea de la fraternidad de la Revolución Francesa", afirma.

La experiencia del daño, el sufrimiento y la violencia se hacen presentes en lo humano, ya sea en las vírgenes mártires, soldados en hospitales, don Quijote o pacientes anestesiados. Representaciones, imitación, simpatía, adecuación, confianza, narratividad, coherencia y reiteración dan título a los diversos episodios en las casi 400 páginas del libro de donde emerge también medio centenar de imágenes a color.

Dolor: pasión, compasión, sensibilidad es el título de una exposición que dio origen a lo que ahora aparece ampliamente impreso en trazos con palabras. Exhibida en el Museo de Ciencias de Londres en 2004, el trabajo curatorial fue realizado por Javier Moscoso.

"Todos conocemos el dolor. Primero por nuestra propia experiencia personal. Pero también reconocemos los signos y gestos de los otros. Los aspectos físicos, sicológicos y sociales son universales. Sin embargo, sus historias son múltiples, de aquellos que sufren, otros que contemplan y quienes la estudian". Así inició una historia del lugar cultural del dolor, que recibió a 200 mil visitantes.

"Soy un académico, un tipo que escribe artículos y libros. Si tienes suerte, los leen miles de personas, en todo caso el público es limitado", dice con sinceridad el profesor del Instituto de Filosofía del Centro Superior de Investigaciones Científicas, que compagina su trabajo académico con el curatorial de organizar y montar exposiciones. Y, acepta, una muestra lo obliga a plantear de manera diferente el objeto de investigación y la forma de contarlo para un público más amplio.

Trabajar para la sociedad civil

Y desde la academia, como un científico social, Javier Moscoso expresa que no hace un trabajo para colegas, pues le interesa que las personas lean sus libros. Historia cultural del dolor, señala su autor, demanda un esfuerzo del lector. Sin embargo, no es un libro donde exista una sola frase que sea complicada. Se buscó una escritura muy cuidada, "porque habría dos cosas que he querido evitar a toda costa: la estúpida erudición y la innecesaria complejidad. Hay que hacer un esfuerzo por poner al alcance de todo el mundo algo que es de todos".

Moscoso plantea que una responsabilidad como académico en el siglo XXI es trabajar en un doble sentido; primero, por una labor con cierto reconocimiento profesional, pero también ser relevante en el ámbito social y, en consecuencia, que exista un público en cualquier formato con quien compartir las ideas. Trabajar para la sociedad civil, no para la república de las letras.

"No me interesa la filosofía solipsista, no me interesa que las ideas vayan dirigidas a cuatro personas", señala.