Sylvia Georgina Estrada
Figuras sinuosas, oscuras, luminosas, son las que residen en el papel, en la piel y en el espíritu de Lucille Wong. La pintora sabe que la obra de arte no habita sólo en la superficie de un cuadro, sino en el artista mismo, quien hace de la tinta una extensión de su sangre.
Una gama amplia en texturas, colores y formas es la que ofrece Wong en su exposición "Desnudos", que fue inaugurada el pasado jueves en el Centro Cultural Vito Alessio Robles.

La artista no se concibe de otro modo, la pintura ha estado en su vida desde que tiene conciencia. Su oficio primigenio es pintar, y ya cuenta con 33 años de trayectoria profesional en el uso del pincel, la tinta y los pigmentos.

Antes de la inauguración de esta exposición inédita, Lucille Wong habla sobre su pasión por el arte, que para ella sólo tiene unas cuantas certezas: cada proceso entraña un enigma, y cada creación es intensa y carente de tiempos muertos.

Hace tres años que la pintora estuvo en Saltillo, en aquel entonces celebró 30 años de trayectoría con la exposición "Perfume que Queda". Ahora visita la ciudad para exponer su imaginación pictórica, desatada por el tema del desnudo femenino.

En las paredes de las galerías habitan mujeres tiernas y radiantes, pero también mujeres dolientes y abatidas. Universo que es sólo un esbozo de la gran producción que la autora le ha dedicado al tema femenino.

"Trabajo siempre con un tema en mente, cuando hice mi obra sobre los paisajes del Xinantécatl (el Nevado de Toluca) le dediqué tres años. Aunque el desnudo femenino siempre ha estado presente en mi trabajo, es algo que siempre me ha interesado, en esta primera exposición que hago de desnudos hay cuadros desde 1977 hasta el 2007, son 30 años de producción resumidos en 40 piezas", dice mientras contempla aprobatoriamente la museografía del lugar.

Menuda y amable, Lucille Wong pasea por el torbellino visual que salió de su mano, de los pigmentos puros del pastel, que dan como resultado imágenes cálidas, plenas de color. Aunque también de una gama de grises luminosos, que sorprenden al ojo del espectador.

En este sitio la pintora se siente cómoda y feliz, tal vez porque para ella la pintura es cosa seria, es un trabajo de tiempo completo, absorbente, que no le deja tiempo libre.

Cuando se le pregunta sobre la influencia de sus raíces orientales, el rostro se le ilumina y afirma que para ella son un tesoro inesperado, una carga genética de la que se siente orgullosa.

"Este tesoro con extensas raíces es un regalo que yo no pedí, ya estaba ahí, y está presente en mi obra, aunque en algunas piezas la influencia del dibujo oriental es más evidente", dice mientras señala algunas de sus obras. Aunque también existen piezas que le rinden homenaje a pintores mexicanos como Rufino Tamayo y Julio Castellanos.

El sello rojo de caligrafía oriental resalta en toda su producción, y la pintora recuerda que lo compró en las afueras del Museo Metropolitano de Tokio.

"El sello tiene una larga historia y tradición en el arte oriental, sólo puede pasar de un pintor a otro. El que yo utilizo fue de un pintor y cuando pasó a mí se talló mi nombre sobre el del anterior propietario, dándole una magia única",recuerda frente al rojo brillante de su firma, que reluce tras los cristales que protegen a su "Venus Irreductible".

Agrega que en la pintura oriental existen cuatro tesoros: el pincel, el papel, la tinta y la piedra caliza (en donde se prepara la tinta china). Herramientas que son hechas a mano y que guardan una larga tradición, de la que ella también es heredera.

Los pintores orientales de antaño consideraban a la tinta una extensión de su sangre, de la misma forma Lucille Wong se entrega a su oficio. Ella vive en su obra, entre los trazos, las texturas y colores que forman estas imágenes femeninas, símbolos de la pasión que late en el espíritu de su creadora.

 

Lucille Wong

Retrato hablado

¿Su idea de la felicidad completa?

"Ser uno mismo".

¿Cuál es, para usted, el colmo de la desdicha?

"No ser uno mismo".

-¿Sus heroínas favoritas en la vida real?-

"Madame Curie, Sor Juana Inés de la Cruz. Las mujeres creadoras en realidad, en cualquier etapa, como Camille Claudel, quien fue compañera del Rodin, que también era escultora".

-¿Su escritor favorito?-

"Tengo muchísimos, pero uno de los escritores que admiro mucho es James Joyce".

-¿Su pintor favorito?-

"Muchísimos, desde los pintores rupestres, hasta Rembrandt, los pintores orientales como Hokusai, en realidad me gustan los grandes dibujantes. Miguel Angel también, Van Gogh que ha influído mucho en mí, todos me hablan".

-¿La cualidad que prefiere en una persona?-

"La honestidad".

-¿La pintura de su vida?-

"El Sembrador' de Van Gogh fue la pintura que a mí me abrió el mundo de la pintura. Cuando yo vi ese cuadro me di cuenta que la pintura es un lenguaje autónomo y no hay traducción posible, la pintura expresa lo que ningún otro lenguaje puede expresar. Cuando vi `El Sembrador' pensé: yo pertenezco aquí".