Diego A.Manrique/El País
Si Whitney Houston es un enigma incluso para sus seguidores más fieles, Robbie Williams encarna al lad, al chavalote británico que todos creen conocer. Un vividor que aprovechó todos los trenes que pasaron a su lado. Superó el pecado original de haber sido miembro del grupo juvenil Take That al marcharse y ejercer brevemente de chico malo, en la estela cocainómana de Oasis.
Madrid, España.- El O2 Arena, auditorio londinense con capacidad para 23.000 personas, aspira a ser el Lourdes del mundo musical: el lugar de los milagros. Allí se presentó en 2007 Led Zeppelin, en lo que todos creían el comienzo de una colosal gira mundial (Robert Plant terminó vetando el plan, en un gesto que le honra). Allí iban a desarrollarse, a partir del 13 de julio, los 50 conciertos con que Michael Jackson quería reivindicarse como cantante.

No pudo ser. La catástrofe ha dejado tocada a AEG, la empresa que controla el O2 Arena. AEG quiere resarcirse con otro golpe de efecto: la reaparición, a principios de 2010, de dos artistas problemáticos, Whitney Houston y Robbie Williams.

De alguna manera, tiene sentido. Comercial y mediático: en volumen de ventas, Whitney Houston fue posiblemente la gran voz femenina durante los ochenta y noventa, triunfadora además en Hollywood con El guardaespaldas. En modos y maneras, también era digna hija de su madre (la vocalista Cissy Houston) y pariente directa de la gloriosa Dionne Warwick. Pero Whitney nos rompió los esquemas.

Durante sus años álgidos, el runrún le atribuía el carácter de lesbiana en el armario, estrechamente relacionada con Robyn Crawford, compañera del colegio y empleada suya. Sin embargo, Whitney se casó con un malote, el cantante Bobby Brown. Y entró en esa pendiente que desemboca en el pantano de la tierra de escándalos.

Tras ser detenida con marihuana en un aeropuerto, las drogas fueron la explicación universal para el deterioro físico de Whitney y su conducta errática: fue expulsada de una de las ceremonias de los Oscar, al demostrarse incapaz de interpretar Over the rainbow. En 2002, apareció en televisión, pretendiendo desbaratar los rumores sobre su vida privada. Aun para lo habitual entre estrellas estadounidenses, sus argumentos resultaron asombrosos: 'el crack es barato y yo gano demasiado dinero para fumar crack'.

Sin embargo, todavía cuenta con el respaldo de su discográfica, Arista (hoy parte de Sony Music). En 2001, recibió 100 millones de dólares al renovar por seis discos. Los dos primeros no han sido grandes éxitos pero la maquinaria publicitaria insiste en que I look to you, el álbum que edita el 31 de agosto, supondrá su vuelta a la primera división.

Si Whitney Houston es un enigma incluso para sus seguidores más fieles, Robbie Williams encarna al lad, al chavalote británico que todos creen conocer. Un vividor que aprovechó todos los trenes que pasaron a su lado. Superó el pecado original de haber sido miembro del grupo juvenil Take That al marcharse y ejercer brevemente de chico malo, en la estela cocainómana de Oasis.

Mientras sus compinches de Take That fracasaban en solitario (años después, reformaron con éxito el proyecto), Robbie se reinventaba como un cantante camaleónico, capaz de hacer pop tipo Let me entertain you o ejercer de crooner en Swing when you're winning. El público británico sigue con avidez esa montaña rusa que es su vida. Se susurra que tiene problemas psicológicos, que le han lanzado al paraíso de las drogas farmacéuticas. Se sospecha que se le ha ido un poco la pelota, al convertirse en un estudioso del fenómeno ovni. Y vive un cierto eclipse de sus poderes: en 2006 lanzó Rudebox, quizás demasiado filoso para sus oyentes: incluía hasta versiones de Manu Chao.

En octubre, lanza un nuevo trabajo, Reality killed the video star. En el Reino Unido, hay curiosidad por volverle a escuchar en vivo. Podría ser en el O2 Arena.