'Todos los hombres nacen iguales, 
pero es la última vez que lo son'

Abraham Lincoln

Como casi cualquier otro hombre “cisgénero”, nunca imaginé la existencia, hoy día, de una auténtica “guerra” por el uso de los baños públicos, aun cuando, muy seguramente, alguna de sus batallas se recreó frente a mí. Y no pude imaginarla porque, como casi cualquier otro individuo “cis”, mi existencia ha transcurrido enteramente en un mundo “binario”, habitado exclusivamente por “hombres” y “mujeres”, sin posibilidades intermedias.

Mi percepción sobre el tema cambió cuando conocí (por segunda vez) a Isaac, un chico transgénero a quien hemos ofrecido representación jurídica con el propósito de ayudarle a conquistar –para él y todas las personas en su circunstancia– la igualdad por la cual viene luchando en solitario desde hace seis años, cuando decidió enfrentar su realidad y las consecuencias inherentes: al nacer se le asignó un sexo, pero en la pubertad él se descubrió a sí mismo como miembro del opuesto.
Isaac es hijo de un viejo y querido amigo. Le conocí desde su nacimiento, aunque sólo compartí con él y sus padres un breve período de su primera infancia, cuando vivía conforme al género identificado al momento de su nacimiento por la medicina y las convenciones sociales: una niña.

Ahora le he vuelto a conocer como la persona en la cual él se reconoce: Isaac, un hombre a quien la naturaleza le asignó atributos físicos correspondientes –en el mundo binario construido por los individuos heterosexuales– a una mujer. Y eso constituye un problema mayúsculo, pues las reglas del mundo binario niegan la posibilidad de existencia a los individuos “trans”.

En las diferentes conversaciones sostenidas con Isaac a fin de conocer su historia, una frase resultó iluminadora en el propósito de comprender el significado material de la discriminación de la cual son víctimas las personas como él: “me han corrido de los baños de mujeres y de los baños de hombres”, dijo en algún momento. Se refería, por supuesto, a los baños colectivos.

Él no tiene dudas: sabe perfectamente a cuál baño debe ingresar cuando lo requiere: le corresponde el baño de hombres. Las dudas las tenemos los demás: los “cis”, los “hetero”, los “binarios”, para quienes resulta más o menos inconcebible la existencia de personas a quienes no puede encasillarse en la clasificación “natural” de hombres y mujeres.

Y ahí es donde el mundo real choca de frente con la poética realidad prometida a todas y todos en el primer artículo de nuestra Constitución, cuyo texto prohíbe “toda discriminación motivada por las preferencias sexuales… o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas”.

Nadie pondría en duda, asumo, la existencia del elemental derecho a ir al baño. Justamente por el reconocimiento generalizado de éste, existen normas para obligar a los propietarios o administradores de lugares públicos a instalar sanitarios. En Coahuila, tales normas se encuentran, entre otras, en el artículo 18 de la Ley Estatal de Salud y en el 57 del Reglamento de Construcciones para el Estado.

¿Existe alguna norma en la cual se establezcan requisitos “especiales” para estar en aptitud de usar un baño público? Salvo en aquellos casos en los cuales se exige un pago como contraprestación, la respuesta es un rotundo no. O al menos no existe una norma jurídica.

Sin embargo, aun cuando no existe tal norma jurídica, la sociedad binaria ha construido una regla social “especial” para ingresar al baño: si vas al de “hombres” debes tener el aspecto de un “hombre”; y para ingresar al de “mujeres” resulta indispensable verse como una “mujer”. Las comillas son obligadas porque la definición de hombre y mujer corresponde, por supuesto, a las acepciones del excluyente diccionario del mundo binario.

Así pues, como Isaac no “se ve” enteramente como un “hombre” ni enteramente como una “mujer”, tiene problemas para realizar una de las más naturales actividades de cualquier ser humano: ir al baño. Y en su situación se encuentran miles, millones de individuos a quienes la naturaleza o sus decisiones personales dejan fuera del mundo binario.

He escogido, por supuesto, sólo un ejemplo simple para evidenciar la discriminación de la cual son víctimas las personas transexuales. Son muchas más, por desgracia, las discriminaciones de género a las cuales deben enfrentarse cotidianamente por defender su derecho a ser “diferentes”.

Isaac –y muchas y muchos como él– es discriminado en su derecho a la educación, al trabajo, a la salud, porque ha decidido defender su derecho a decidir libremente sobre su propia identidad. Se trata, sin duda, de una paradoja: ser discriminado por defender un derecho humano “consagrado” en la Constitución y en múltiples tratados internaciones, pero violentamente negado por la sociedad binaria, cuyos estereotipos no solamente impiden ampliar nuestra visión del mundo, sino también normalizan la discriminación.

csibaja@uadec.edu.mx
El autor es director del Centro de Educación Jurídica de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos 
de VANGUARDIA y  la Academia IDH