El día ese recordé las palabras de un editor que fue mi maestro en la Universidad del periodismo callejero:

“Habrá ocasiones en que salgas buscando una historia y te encuentres con otra diferente, quizá mejor”.

Y andaba yo en Piedras Negras con una pretensión ambiciosa: la de rescatar y contar la historia de la masacre ocurrida en el penal de aquella ciudad.

Huelga decir que nadie en varios de los barrios bravos que caminé en aquella ciudad fronteriza quiso hablar del tema.

Sobra decir que por miedo, eso creo, en realidad no lo sé.

Un grupo de madres de desaparecidos que, presumiblemente, fueron asesinados por los de la letra en aquel centro de readaptación, me contaron en aquellos días la historia de una mujer en Piedras Negras que tenía, tiene, 11 familiares extraviados, 11.

“Imagínese —se dolían—, si nosotras con uno… ella con 11…”.
Al principio no lo creí, me pareció que era una de esas historias del México surrealista, pero no, aquella mujer y su historia de dolor existían, existen.

Era doña Dora Alicia de la Garza Hernández, una señora cuyos familiares 11, fueron sustraídos, y nunca devueltos, por los Zetas, una madrugada de septiembre de 2013.

 

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Esposo, hijos, nietos y nueras desaparecieron a bordo de las camionetas de lujo de los malos en diferentes casas y colonias de Piedras.

Sucedió durante la época en la que en Piedras Negras, hoy llamada la frontera más segura de México, las personas desaparecían como tragadas por la tierra.

Sería ocioso que le contara todo el viacrucis, el peregrinaje que vivió esta señora buscando a sus familiares y mendigando el apoyo de las autoridades.

Y no sería yo capaz de narrar con palabras, el dolor de esta mujer que, como la mayoría de los familiares de desaparecidos, fue criminalizada y por ende victimizada.

Está demás que le diga que a cinco años de su desaparición sus familiares, 11, no han sido localizados.

Sin duda una historia increíble que no es cuento, sino la pura realidad.