La Alameda ha sido, ya casi por dos siglos, el paseo por excelencia de las familias saltillenses. Para múltiples generaciones significó la alegría y el gozo de vivir una infancia tranquila en una ciudad tranquila, y el recuerdo imborrable de los primeros escarceos amorosos experimentados en los corredores, bajo los frondosos árboles, durante la adolescencia y la juventud. Muchos noviazgos llegaron, incluso, más allá de la mera experiencia juvenil para alcanzar el matrimonio y la formación de una familia en la vida adulta.

Muchos saltillenses guardan todavía recuerdos entrañables en los que tienen primerísimo lugar aquellos que tocan a los sentimientos y al amor adolescente. La Alameda era, regularmente, el sitio en el que se daban aquellos momentos felices en los que las muchachas, ruborizadas, oían de labios del muchacho de sus sueños, la ansiada pregunta: “¿quieres ser mi novia?”, no pocas veces el pretendiente menos ruborizado que ellas mismas. Y también, generalmente, las muchachas, preocupadas por guardar las formas de la moral y las buenas costumbres, respondían: “lo voy a pensar”, aunque por dentro quisieran decir un inmediato “sí”. El grado de rubor en las mejillas femeninas dejaba adivinar al joven galán si posteriormente recibiría el ansiado “sí”, o de plano un rotundo “no”. Si los árboles y las bancas pudieran hablar...

La infancia de nuestros hijos está todavía en los recuerdos de la Alameda. Jugueteaban y corrían por los pasillos, paseaban en bicicleta, patinaban. Los osos, encerrados en una jaula, se hartaban de comer los algodones de azúcar y las manzanas acarameladas que les daban los niños. Igualmente, los patos en el Lago República. Cansados de comer las pepitas de calabaza que les arrojaban los visitantes, terminaban apiñados en el espacio correspondiente al estado de Jalisco o en la franja de Baja California Norte de aquella figurada patria de mentiras, sin que nada pudiera atraerlos de nuevo al barandal, de donde salían a puños las pepitas de calabaza compradas al vendedor de la canasta llena de bolsitas de papel de estraza.

En distintas ocasiones, el lago de la Alameda sirvió como escenario en la representación del clásico ballet “El Lago de los Cisnes”, del inmortal Tchaikovsky. La historia de amor, traición y triunfo del bien sobre el mal, encontró en otros tiempos una escenografía formidable con la Alameda de fondo y un foro improvisado sobre el agua.

Durante mucho tiempo, la atracción fue la renta de lanchas de remos para pasear por el lago. Emprender el paseo alrededor del islote de la República era para los niños un largo periplo y para los jóvenes una diversión sin par. Ese paseo acuático fue suspendido por muchos años, hasta que esta administración municipal, de Isidro López Villarreal, lo ha vuelto a poner en funcionamiento, ahora con lanchas modernas a base de pedaleo.   

En 2008 se manejó la idea de congelar las aguas del lago para convertirlo en pista de patinaje sobre hielo, emulando quizás las que se hicieron en el Distrito Federal, y como el asombro de los capitalinos no llegó al tamaño del de los habitantes del Macondo de “Cien Años de Soledad”, cuando conocieron por primera vez el hielo, la idea no cuajó en el Cabildo de Saltillo. Congelar las aguas del lago artificial de la Alameda no sería nunca un signo de progreso, como lo creyeron los azorados habitantes de Macondo en la novela de García Márquez, al conocer el hielo que Melquíades enseñaba en su maravillosa carpa de gitano como la última y más grande novedad del mundo. Pero revivir el paseo en lanchas en el lago puede ser un atractivo más para hacer que los saltillenses vayan en familia a disfrutar de la Alameda Zaragoza y, con el paso del tiempo, puedan añadirle a su memoria un recuerdo más de nuestro gran parque.