Que Dios te bendiga, Coahuila

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Aquella mañana no me había tomado ni el primer café (y debe ser porque yo no acostumbro tomar café por las mañanas). Discutía aun con Jagger la agenda del día que para él se reduce a comer, ladrarle a las motocicletas, dejarse las gónadas relucientes a lengüetazos y después demostrar su afecto lamiendo la cara de la gente.
De pronto algo lo puso nervioso, como si hubiera detectado la presencia de orcos. No, eran brigadistas del PRI (tantito peor):
â¿Que si no quiere saludar al Candidato?. â
â¡El Candidato! ¡Ay, y yo en estas fachas! ¡Qué nervios!... ¡ Psorale, va!, dije yo. â
No hubo ya tiempo de disimular mi fodonguez, el candidato me conocería en mi versión más modorra (ni modo), aunque tampoco me imagino acicalándome para recibir a ningún monigote del ámbito político.
El Candidato del PRI por el Distrito 4, Armando Luna, me tendió la mano y yo correspondí. Le pregunté qué ofrecía a cambio del voto y dijo como si fuera una verdad: al mejor diputado en el Congreso.
Le pregunté luego si pensaba buscar, desde su curul, el esclarecimiento y deslinde de responsabilidades en relación a la megadeuda coahuilense. Como respuesta el candidato balbuceó algunas frases de archivo y yo volví a inquirir: Cuál es su opinión respecto al MegaâRobo de Coahuila?.
Fue entonces que me asestó ese Que Dios te bendiga con el que tan orondo continuó su recorrido acá por mi pobre colonia, eximiéndose con asombroso desparpajo de su obligación moral de discutir con un ciudadano el tema más relevante que pueda existir en la vida pública de nuestra Entidad.
El candidato se largó y no me dio mi tortillero tricolor; en vez de ello sus acompañantes y achichincles registraban mi domicilio inscribiéndolo, supongo yo, en una negra lista que don Mefistófeles guarda celosamente al sudor de su nalga en el bolsillo derecho trasero.
Que Dios te bendiga es la forma políticamente correcta de mandarlo a uno a chingar a su madre sin perder compostura, sin quebrantar los protocolos o sin violentar la diplomacia.
Y aunque mi jefecita quizás sintió un disturbio en La Fuerza (más tarde me llamó para preguntar si estaba todo bien), yo sentí ese Que Dios te bendiga como la salida sha la lá del candidato, un auténtico Churinchurinfunfláis con el que cínica y sistemáticamente evadirá sus obligaciones políticas desde su curul en San Lázaro.
Armando Luna me despidió con ese hueco, pétreo y rencoroso Que Dios te bendiga, pero en realidad (y sin ánimos de hacerle extensiva la mentada a todos mis lectores), nos mandó el mismo mensaje a todos los ciudadanos de Coahuila: Que Dios te bendiga = Chinga tu madre.
Deja claro que su interés por impartir justicia es nulo (pos cómo, si pertenece al mismo grupo que debería ser ajusticiado), trabajará solo para su partido, para que los hilos del poder sigan firmemente sujetados por la mano del PRI y le pagarán por eso lo que ni usted ni yo soñamos ganar en ningún trabajo que hayamos desempeñado, por arduo que resulte o excelente que sea nuestro rendimiento.
Los perpetradores de la megadeuda salieron victoriosos como ya era anticipable y solo quienes coman de su mesa (ya sea de las viandas o de las migajas) no experimentan esa sensación tan parecida al luto, al duelo por la pérdida.
Y es que se pierde, en efecto, cualquier posibilidad de que, quienes deseamos que se castigue la corrupción que en Coahuila se ha elevado a estratos de auténtica leyenda, tengamos una voz que abogue por nuestros intereses en el Congreso de la Unión.
Ni hablar, el PRI se llevo siete de siete, como Siete fueron las Plagas de Egipto.
Mis ciberantagonistas ahora me agarran de bajada, asumen que tenía yo algún interés en el triunfo de alguna de las opciones de la oposición en particular. Nada más falso, mi único deseo siempre es que el Revolucionario fuese castigado en las urnas como debería ser castigado en los tribunales. Y otra: se deben figurar que para mí es alguna sorpresa el resultado, cuando lo cierto es que nada, nada absolutamente en el contexto local me hacía pensar que algún candidato de oposición tuviese una sola oportunidad. Lo siento pero el Siete Fatídico no me agarró ni remotamente por sorpresa. Y aunque pueda sonar altanero, estaba más que vacunado para recibir la infausta noticia del carro completo, que solo puede ser sorpresa para los más cándidos, para quienes depositan en las urnas su voto junto con sus esperanzas. No los culpo tampoco, eso sería lo normal y lo deseable en una sociedad verdaderamente democrática, pero no en México y menos en Coahuila, donde cada voto medianamente razonado se diluye entre 100 comprados a precio muy bajo. Bueno, ni tan bajo el precio, pues aunque el voto cueste lo que medio kilo de barbacoa, siendo dinero que sale de nuestros bolsillos y mientras se aplique de forma distinta al bien común, será infinitamente gravoso.
Este artículo tenía que navegar en otra dirección, pero supongo que otra vez se impusieron las emociones postelectoreras sobre el análisis. Tendremos que profundizar en la siguiente entrega.
petatiux@hotmail.com