La huella del poniente

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En este territorio lagunero, el crimen organizado pisó fuerte y dejó marcas permanentes en la sociedad. Aquí los pasos que dio un reportero por estas colonias donde era imposible entrar
Torreón. En los últimos seis años, Torreón vivió una de las etapas más cruentas de su historia: la lucha entre grupos del crimen organizado. El escenario principal de esta batalla fue el poniente de la ciudad, donde ya fuera de día o de noche, sus habitantes quedaron en medio de los enfrentamientos. Semanario recorrió algunas de las 15 colonias de esta zona para recoger los testimonios de la gente que vivió en carne propia, una de las huellas más sangrientas de la historia reciente.
La colonia Nuevo México en el poniente de Torreón, fue una de las líneas divisorias entre los dos cárteles rivales: Los Zetas y los Chapos pelearon aquí una guerra que ocasionó más de mil muertes en cuatro años.
La Nuevo México, ubicada en las faldas del cerro de las Noas, terminó como postal de zona de guerra: 183 viviendas abandonadas; huérfanas de familias, casas pintarrajeadas, sin puertas ni ventanas; destruidas, como si un tornado se hubiera estacionado por cinco años para arrasar con todo. Las paredes descarapeladas, con las huellas de los orificios provocados por las balas. Las pintas de una zeta enorme o de apodos como El gordo, son la postal en las entrañas de esta colonia.
La Nuevo México fue la guarida de los Zetas, según aseguraron informantes y los mismos vecinos. Desde el Cristo de las Noas, el punto más alto de la ciudad, la Nuevo México, como todo el poniente, se mira como un gran barrio apretujado en las pendientes del cerro, sin ningún trazo coherente; sus callejones son un laberinto empinado de donde los pistoleros prendían la chispa de los enfrentamientos.
De eso huyó Felipe, un treintañero que tomó a su esposa e hija de un año y corrió sin mirar atrás. Felipe âshort y camisa sin mangas- llegó a la Nuevo México una mañana calurosa de abril. Subió las escalinatas, prendió un cigarrillo y echó un ojo a su vivienda hueca, su cascarón de paredes.
Se vino fuerte el desmadre. Las palomitas se pusieron feas y sólo tronaban y tronaban. Yo no salía de casa, recordó Felipe, recargado sobre las paredes de su hogar que quedó como el de una obra negra que fue abandona por los arquitectos.
Felipe se refugió en una casa de la colonia Las Dalias, al sur de la ciudad, donde, como la mayoría de los que fueron desplazados, se vio obligado a pagar renta: 800 pesos fue lo más económico que encontró, porque su sueldo como guardia de seguridad no le alcanza para más. Un guardia de seguridad que no pudo salvaguardar su hogar y optó por huir.
222 familias, según el censo que realizó la Secretaría de Desarrollo Social de Coahuila, habitaban esta colonia. Fernando Dipp, el coordinador del Comité de Recolonización de la Nuevo México, que busca regresar a las familias desplazadas, contó que había casas donde vivían hasta cinco familias y que éste era un lugar de choque entre los grupos del crimen organizado. En la colonia vecina, la Torreón y Anexas, era controlada por el cártel del Pacífico.
A decir de Dipp, sólo 10 familias no desalojaron sus casas y narcos los obligaron a cocinarles o lavarles la ropa, los demás prácticamente fueron despojados. A cinco años, 69 familias ya regresaron a sus casas, el resto tiene miedo o no tiene dinero para rehabilitar sus hogares. El Comité de Recolonización ha estimado que se necesitan por lo menos ocho millones de pesos para levantar las casas.
23 lotes quedaron en ruinas. En toda la colonia sólo cinco lámparas alumbran el sector y se necesitan al menos 30 para cubrir las necesidades. Las ráfagas y tiroteos provocaron la caída de postes de luz, el desgarramiento de cables de electrificación; la tubería para el agua está cercenada de tanto plomo que las cepillaba, el drenaje está rajado por lo que a muchas casas no les llega agua. En la Nuevo México, hay más perros callejeros que personas viviendo.
Testimonio de la Nuevo México: Leopoldo, 72 años, albañil pensionado.
Aquí pura casa baleada, mire los tinacos cómo están agujerados. Yo me aguanté. Pa dónde me iba. Se puso feo. Las casas están caidas. Vivo con una hija, una nieta y un hijo. No teníamos pa donde ir. Ya no salía en toda la noche. Una señora, doña Josefina y yo fuimos los únicos que nos aguantamos en esta calle. Todos se fueron del miedo. Ahí en la esquina mataron a un muchacho y ahí donde vive doña Jose mataron a un viejito (señala un lugar a menos de 20 metros de su casa).
Yo crecí en esta colonia y si hubiera visto que bonita estaba. Ahora en la noche puros perros se oyen. Yo ya estoy todo rajado. Tengo vida artificial. Se me baja la presión y azoto. La gente está regresando porque ya no le alcanza el dinero pa la renta. A mí me robaron las puertas, ventanas, nos quedamos sin luz. Llegaban los pistoleros desaforados. Yo venía subiendo y mataron a un muchacho que vendía los elotes, apenas me metí y pácatelas. Me escapé de los balazos. Por el callejón mataron a uno. Otro que vendía chicharrones lo mataron. Mucha gente. Mucha.
Un día venía de la Alianza en camión y nos balacearon, a una criatura le dieron en la pancita. Mi hija llevaba a mi nieta a la escuela y yo la dirigía con el celular. Yo iba al mercado y ella me dirigía; no sabes qué papá, no te vengas que hay balazos. Donde quiera tiraban muertos. Ahí donde pasan los coches dejaron como cinco todos envueltos en cobijas. Luego salían los familiares que eran de Matamoros, de Viesca. Una vez llegó un chavalo. Hágame el paro, ayúdeme, me pidió. Pos en eso llegaron otros y le dieron de tablazos.
Que si me puede tomar una foto, ¿Y no me mortifico?
La Durangueña
En la Durangueña, ningún día era normal, aseguran sus vecinos. Lo raro de un día en la Durangueña, era no escuchar el tronido de la pólvora. Eran tan cotidianas las balaceras, que algo cotidiano como ir al mandado no podían realizar los colonos. Algo tan rutinario, como llevar a los niños a la escuela, se suspendió. Algo tan normal como descansar en casa, dejó de existir.
Alicia, vecina de esta colonia, cuenta que eran comunes las redadas y asegura que muchos jóvenes fueron levantados, en muchos casos por alguna de las policías. Muchos de ellos nunca aparecieron. En Torreón -como en Coahuila- existe una cifra inexacta de personas desaparecidas, hombres, la mayoría, entre 18 y 35 años. Un profesor de una escuela de la colonia Compresora, a espaldas de la Durangueña, asegura âsolicitando el anonimato- que un día llegaron cerca de 20 permisos para ausentarse, todos de varones. Cuando indagaron, las familias contaron que uno de los grupos del crimen organizado estaba reclutando a la fuerza a niños y jóvenes.
Llegaban camionetas blancas que levantaban a la gente, hombres vestidos de negro. A mi hija la levantaron y la depositaron en Durango. Tres meses duró allá. Así como yo varias madres. Otras no volvieron a ver a sus hijos, menciona Alicia.
La Durangueña tiene la estampa de decenas de tenis y zapatos colgados en los cables de luz, arriba de las vías del tren. Según la jerga gansteril, la estampa de los zapatos colgados simboliza que en ese lugar se vende droga. Es un punto, como también se le conoce.
Dos hijos de Alicia, de 17 y 18 años, murieron por la pelea de esos puntos y trasiegos de droga. No quiere hablar mucho de aquello y únicamente narra que fue hace cerca de tres años.
Son pérdidas que se pierden y no se recuperan. Quién sabe qué sería de mi vida sin Dios, por eso puedo hablar todo porque somos del poniente No hay trabajo. Mi hija, la que levantaron, fue a una entrevista de empleo y no la contrataron porque venía de la Durangueña. Es como una discriminacióntodo porque somos del poniente.
Testimonio La Durangueña: Gloria Elena, comerciante
Estaba sentada en el tronco, ahí donde está usted, cuando tiraron armas de grueso calibre. Me entró la bala aquí (cadera) y me salió por aquí (vientre). No tengo matriz, no tengo ovarios, una parte del intestino grueso me dejaron. Me hicieron una colostomía, me acaban de reconectar. Bendito de Dios, me vi entre la vida y la muerte. Tenía miedo de volver. Tengo 53 años. Tenía pavor de regresar porque se me figuraba que me venían a rematar. En el Seguro duré dos meses internada. Bendito mi padre Dios estoy aquí platicando con usted.
Fue un 24 de diciembre. Recuerdo porque nos amargaron la navidad. Fue una balacera, municipales que con los de acá. Cinco años de eso. Uno de mis yernos tiene una bala alojada. Decían que aquí andaban los federales, los soldados. Bendito mi padre Dios ya está tranquilo. Muchos niños, mucha gente. La gente se empezó a ir pero ya se está regresando.
Lo que uno no acaba de asimilar es la inseguridad. Podía uno ir a las fiestas pero ya uno la piensa. Ya no es lo mismo. No sabemos quién pueda ir y empiece el rafagueo. Es histórico que haiga venido Rubén, porque ni en campaña entraban. Nadie entró.
Cuidado con los policías, tenemos miedo a los polis. Eran ellos los que tiraban los que provocaban a los de acá, aunque no quieran reconocer y apúntele eso. Muchos jóvenes desaparecieron de aquí, muchos, muchos jóvenes. Mirábamos a los municipales y a correr. Nomás nos pusieron a los soldados y se acabó todo.
A dónde voy, aquí es propio, aquí son mis raíces. Mi esposo anda vendiendo los jugos naturales. Aquí me gano el pan de cada día. Qué bueno que le dieran empleo a tanto joven. Tengo un muchacho de 18 años, yo lo acompañé a varias partes y no le daban trabajo. A mi hija, la que se arrimó, no le daban porque era de la Durangueña, la colonia quedó quemada a nivel nacional, no es más que la verdad.
Cerro de la Cruz
En la calle Morelos de la Colonia Cerro de la Cruz, atrás de una cabeza gigante de rasgos indígenas, se hallan dos casas abandonadas. A comparación de otras colonias del poniente donde los desplazados simplemente abandonaron sus viviendas o las encerraron con cadenas, las puertas de estas casas están selladas con cemento: extendieron la pared y dejaron los hogares sin entrada, como si quisieran enterrar los secretos de la colonia. ¿Qué grado de violencia y rapacería se pudo vivir aquí para embovedar tu casa y huir como quien lo hace cuando se acerca un tsunami?
Francisco L. Urquizo, en su novela Tropa Vieja, considerada de las mejores acerca de la Revolución Mexicana, narra un enfrentamiento entre federales y revolucionarios durante la batalla de Torreón. Los primeros en el estratégico Cerro de la Cruz y los segundos en el cerro La Constancia: En un momento se trabó el combate con furia: de prisa, como si tuviéramos los dos bandos ganas de acabar pronto. Les tirábamos a las camisas blancas y a los sombreros de palma; nuestra ametralladora funcionaba sin cesar, mandándoles la muerte; las balas zumbaban en el aire o se estrellaban contra las piedras. Allá adelante, enfrente, los puntos blancos se movían buscando parapeto entre las peñas y disparando sus carabinas sobre nosotros; una banderita tricolor ondeaba en un picacho; bandera mexicana, como la nuestra, como la que habíamos jurado defender hasta perder la vida o alcanzar la victoria; era igual en sus colores; ¿qué diferencia había entre la una y la otra?
Casi 100 años después, los Zetas se apoderaron de esta colonia que se convirtió en un matadero. La misma historia: mexicanos versus mexicanos. La lucha reciente: el tráfico y venta de drogas.
¿Puede uno subir?, pregunto a un colono que va llegando en su bicicleta y que lleva el cabello lamido de tanto gel.
Sí, ya está bien tranquilo. Antes no podía ni salir a comprar un chicle a la tienda. Estaba canijo.
¿Qué tanto pasó en esta colonia?
Un sangrerío. Los mataban, madreaban; solo por ser desconocido te mataban. Muchos muertos, colgados.
¿Alguna vez usted corrió peligro?
Aquí me tocó un enfrentamiento con los policías. Saliendo de una zapatería. Se me bajó la sangre, me cai.
Cruz, como llamaré a esta persona, es un carpintero de 40 años que se negó a salirse de esta colonia porque no tenía a dónde ir. Miró cómo los malos, como eufemísticamente se les llama a los narcos, se robaron hasta los sanitarios de las casas. Cruz me aclara que donde estamos parados era un punto de venta de droga y que por las tardes se reunían hasta 20 zetas.
Uno bajaba y salía con el Jesús en la boca porque se iba uno a trabajar pero no sabía si volvía. Era un maldito infierno. Ahora los que venden son más tranquilos. Si no compras no hay problema. Como esos que vienen a comprar su polvito y se bajan. Ellos no son de aquí, vienen al punto, dice como si bajaran los maestros de la primaria que está arriba.
Cruz se refiere a dos hombres que bajan las escalinatas cargando sus bicicletas y que regresan de comprar droga. Lo dice con la naturalidad e indiferencia de una vaca que es ordeñada. Los dos compradores caminan a lado de nosotros y uno lanza una mirada amenazante, como si tuviera navajas en los ojos. Tiene colgado un collar con un cartucho percutido y usa una gorra Ed Hardy, de esas con mucho estampado alborotado que gustan usar los narcos.
¿Y mucha gente desaparecida?
Muchísima. Dicen que los polis se llevaban a los muertos y los desaparecían, prosigue Cruz.
¿Mujeres también?
Muchas mujeres tendidas. Contrataban a chavitas, madres solteras de 15 a 20 años.
Subimos el cerro y Cruz me señala los orificios de las balas; me detalla qué casa fue abandonada; incluso el callejón donde, refiere, sus amigos de la infancia quedaron regados como vacas en rastro. En eso se escucha el sonido de un radio nextel y los dos nos asustamos. Volteo la mirada y no veo a nadie, después logro ver al halcón, un chaval de unos 20 años recostado debajo de un árbol. Cruz me dice con la mirada que bajemos y en lo que descendemos, con un volumen de voz más bajo, me dice:
Ahí adelantito está el punto. Ahí donde se ve la cruz blanca. Ya mejor no subimos, no vaya a ser el diablo.
Sí. No vaya a ser que el diablo siga escondido.
Testimonio en la colonia Polvorera
Los 10 de mayo regalaban salas, comedores, recámaras, lavadoras, televisiones. Los regalos más chafas eran licuadoras, batidoras, una vajilla. Eran de marca, de Coppel o Gala, de mueblería pues. Y había bailes, pero bailes buenos, los hacían en la cancha de básquet. Venían cinco grupos y grupos buenos; vino el señor güero que sale en la tele, vino Lorenzo de Monteclaro, Tropicana, los Cadetes de Linares. De seis de la tarde a seis de la mañana eran los bailes.
Pegaban carteles en las tiendas, postes, tortillerías, escuelas y ahí decía que eran organizados por Colonias Unidas, pero todos aquí sabemos que los que pagaban eso eran los chapos. Venían las camionetotas y descargaban todo. Uno metía su nombre en los papelitos y hacían la rifa. Ah pero que buenos estaban los bailes. ¿A poco no supo? Aquí en el poniente todos saben. A ver si éste 10 de mayo vuelven a hacer baile.
Miguel Hidalgo
¿Viene a retratar el basurero que es aquí?, me pregunta una mujer treintañera que viste uniforme de tienda departamental.
No, vengo a ver cómo quedó esta zona después de los días duros de violencia.
Ah, ya está tranquilo.
¿Está seguro si subo?
Sí, sólo en el segundo callejón hay un punto. En la tiendita. Sólo dígales lo que está haciendo, contesta la mujer en la colonia Miguel Hidalgo, con la confianza de quien orienta a un turista.
Gracias.
Oiga, pero dígales que vengan a recoger. Mire como está, tiran la basura donde les da la gana.
A esta mujer ya no le importa mirar cuerpos tirados sobre las escaleras, como sucedió durante cinco años. Su consternación no es que vendan droga a 20 metros de su casa, sino que tiren basura en la calle.
La Miguel Hidalgo es una colonia que está frente a La Durangueña, atrás del mercado La Harinera, donde se hallan decenas de fierreros, como se les llama a quienes venden fierro que tienen arrumbados y desordenados en pequeñas bodegas. Las tuberías del drenaje sobresalen del pavimento. Las banquetas se han erosionado y por los callejones cacarizos deambulan decenas de perros aletargados, entumidos, sin fuerzas para ladrar, como si los balazos aquí los hubieran traumado. Los jóvenes tienen esa mirada de desconfianza y los mayores dan el buenos días sin mirar a los ojos.
Una calle se llama Vista alegre, pero una de las vistas en medio de un callejón, es el de viejos tenis colgados en cables, al alcance de cualquiera y frente a una casa desvencijada, con la piel arrancada de las paredes. Otra de las calles se llama Viento libre, pero hasta el viento aquí pedía permiso a los vendedores de droga. Roberto Saviano escribió en su libro Gomorra, donde narra las actividades de la mafia napolitana: Matar a todos. A todos sin excepción. Aún teniendo dudas. Aunque no sepas de qué parte están, aunque no sepas si tienen una parte. ¡Dispara! Es chusma. Chusma, solo chusma. Frente a la guerra, al peligro de la derrota, aliados y enemigos son papeles intercambiables. Más que individuos, son elementos en los que probar la propia fuerza y objetivarla. Solo después se crearán alrededor de las partes los aliados y los enemigos. Pero antes es preciso empezar a disparar. En la Gomorra Lagunera, cualquier desconocido que caminara por estos callejones, podía recibir la furia cargada de plomo de un adolescente con R-15 en manos.
La Miguel Hidalgo era el escudo, la barricada de quienes dominaban el Cerro de la Cruz. Frente a ellos, otro grupo criminal. De un lado, la cocaína se vendía en bolsas, del otro en cápsulas.
Testimonio Miguel Hidalgo: Carmen
No podía uno ni dormir, fíjese. Temía uno bajar a comprar lo que hacía falta. Un día, hace dos años, se soltó una balacera y mataron a mi nieto, ahí a la vuelta. Tenía 16 años, ¿se imagina? Desde que lo mataron ya no es vida para mí.
Era una vida muy fea cuando se puso así. Antes el cerro era muy alegre, mucha vida. Todos nos saludábamos y convivíamos. Ahora todos desconfían de todos. Mi hijo, el padre de mi nieto, se fue pa bajo. Esto no es vida, me dijo y se fue a vivir al centro. Yo nací aquí, en mi casa, cómo me voy a ir. Cómo dejo todo si son recuerdos de mis padres, no puedo permitir que me arrebaten eso.
Yo tengo vida de milagro. Muy duro es esto, muy duro. Mucha gente se bajó. Mucho muchachito desaparecido. Aquí se escucha mucha madre llorando porque no saben de ellos. Mi hijo es tiempo que sale a trabajar sin ganas, sale porque tiene que. Pero sin ilusiones.
Yo aquí estoy sola. Trabajaba de sirvienta, así que no tengo dinero. No ahorré nada. Vivo de lo que me dan mis hijos. A veces que voy al mandado, me desahogo con los taxistas. Como ahorita con usted.