El sexo siempre ha estado de moda, aunque en otros tiempos permanecía en un ámbito secreto, personal, íntimo. La Era Victoriana se distinguió por la reglamentación de la reina de Inglaterra que impuso a sus súbditos la idea de la maldad y de que nadie debería excitar a nadie. Las mujeres deberían ocultar casi todas las partes de sus cuerpos. La represión llegó a tanto que debían usar faldas largas, camisas con mangas y cuello alto para ocultar no sólo alguna parte de sus pechos sino incluso el cuello. Tal vez sea el único caso que podría compararse con las ordenanzas del ayatolá Jomeini que obligó a toda mujer a usar la burka, faldas que arrastran y pañoleta que oculta el cabello.

No se han conocido prácticas de perversidades sexuales tan espantosas como las que tuvieron lugar entre ingleses victorianos. Se construyeron aparatos y edificios que buscaban nada más dar placer. Y no me atrevo a poner un ejemplo porque quizás no lo creerían. 

Y con el ayatola sucedieron cosas indecibles, como por ejemplo atraparon los clérigos musulmanes a mujeres que vestían pantalón, cosa permitida con el dictador Reza Pahlaví, y las violaron, con el pretexto de que incitaban al mal. ¡Esto era su moral!

Ahora, con todos los desórdenes que pululan en el mundo, apareció con fuerza descomunal una forma de represión muy bien disfrazada que ha ayudado a que personas que tenían un agravio guardado en su cabeza hace 30, 20 o siete años lo saquen a la luz para golpear a alguien que algún día las humilló, despreció, violentó o manipuló. Las acusaciones se vinieron como cascada; no se sabía bien a bien de qué se estaba hablando. Los medios se prestaron para golpear sin descanso y sin averiguación alguna a los que tuvieron la desgracia de haber aparecido acusados. El #MeToo ingresó con fuerza inaudita a la palestra. ¡Ahora es cuando!

No hay discriminación entre el abuso (cierto, real, abundante, socarrón) y la justicia: tú golpea y luego discutimos.

Sucedió en el sur de Francia en aquellos años, lo recuerdo. Una jovencita acusó a su maestro de haberla forzado a tener relaciones sexuales. Era un pueblo pequeño. La sociedad enardecida exigía castigo. El juez dictó sentencia: 13 años de prisión. Ocho años más tarde la muchacha había crecido, madurado y se había relacionado con organizaciones civiles, estudiado y leído. Un buen día se presentó al juez y declaró que el maestro no la tocó, que ella inventó todo porque se sintió ofendida precisamente porque la rechazó, puesto que era casado. Etcétera. El maestro salió libre tras ocho años de prisión. Los diarios franceses que lo habían atosigado violentamente ahora lo proclamaban víctima de la injusticia y sinrazón. 

Me alegra que muchos homosexuales por fin puedan vivir con libertad y dignidad sus preferencias. Siento que se ha progresado mucho en la defensa de los niños, especialmente las víctimas de los perversos pederastas. Creo que las mujeres denigradas de 100 maneras encuentren un esfuerzo social y jurídico que nunca tuvieron.

Hay que decir algo. En un estudio sobre el maltrato a los niños de Saltillo se encontró que la inmensa mayoría fueron agraviados en su entorno más cercano: primero por familiares, después por vecinos. En una investigación sobre violencia contra las mujeres apareció un porcentaje enorme de víctimas de sus propios maridos y amantes. Tal parece que nada más se están viendo los casos que reditúan a los medios de comunicación; se ocultan demasiadas cosas.

“El sexo rey” se le llamó a la corriente que introdujo en libros, conversaciones y mentes a una sexualidad a la vez reprimida e insaciable. Después de Freud todo era sexo y cualquier cosa que hicieras podría ser explicada desde la represión y el inconsciente. Recordemos que los esquemas freudianos surgieron en un medio de señoras burguesas, todas ellas aburridas y totalmente insatisfechas no sólo con su sexo sino también con su vida.

Es deseable que podamos cambiar muchas cosas. Que la mujer no se sienta acosada, pero que pueda gozar de su vida. Que los que tienen preferencias diferentes las abran porque son suyas. Que no nos hagamos los jueces de los demás, los torturadores, el Santo Oficio de la Inquisición en el 2019.

Carlos Manuel Valdés