En serio, oigan, que la situación ya está por demás difícil como para encima estarnos tirando “hate” entre nosotros.

Y, a diferencia de otras calamidades que se han abatido sobre una sociedad, ciudad o país, durante las cuales la gente exhibe sus mejores cualidades y sale con su sentido comunitario fortalecido, este tema del COVID no necesariamente despierta lo más lindo de nosotros.

La fiebre por el papel de baño al inicio de la pandemia, aunque no deja de ser una estupidez que afortunadamente no tuvo mayores repercusiones, revela nuestra indisciplina, falta de consideración y de espíritu solidario cuando la naturaleza se pone a jugar su pasatiempo favorito: el de la Selección Natural, por supuesto.

Con el paso de los meses y con una perspectiva a futuro tan incierta (la única seguridad que tenemos es que va a haber que chingarle el triple para vivir un poco más modestamente), sin una noción clara de cuándo podremos dar por concluida la reclusión, o de cuándo le habremos de declarar ganada la guerra al COVID-19, la población pasó de lo preocupada a lo francamente irritable.

Creer o no creer son posturas consideradas únicas y antagónicas y no tendría que ser así necesariamente. Hay también todo un espectro de posicionamientos con relación a la crisis del coronavirus y a la forma de afrontarlo.

Si considera que el resto de la gente se está comportando de manera imprudente o temeraria, lo que le corresponde es tomar distancia con respecto a esa gente"

Los extremos están representados en un lado por los más histéricos, aquellos que han hecho de su sufrimiento y preocupación una devoción a la que consagran todo su ser y, en el polo opuesto, por quienes ya sea por nihilismo (“eso del coronavirus ni existe”) o por existencialismo (“de algo nos hemos de morir”), no observan la menor de las recomendaciones.

Sobra decir que estos segundos les caen como patada en el hígado a los primeros, quienes no dejan de gimotear porque, como ya dijimos, su sufrimiento es ejemplar, encomiástico, superlativo, digno de reconocimiento. ¡Y cómo no van a sufrir, si después de todo sólo tienen el 99.99 por ciento de posibilidades de sobrevivir!

Tan irritado está este segmento que ya no buscan quién se las cure, sino quién se las contagie. Seguramente usted conoce uno, o varios (los hay en cada familia). Son los que se quejan y quejan, despotrican y se quejan nuevamente; luego se descosen y se vuelven a quejar. Son los que hacen de vivir sufriendo una virtud.

No están realmente preocupados por las personas más afectadas y vulnerables, están encabritados porque sus libertades se vieron severamente acotadas y alguien tiene que ser el culpable, sea AMLO o López Gatell, los chinos, el gobierno local, el Doctor Simi por no tener una vacuna lista, o el prójimo, de preferencia los que no están sumidos en su misma miseria y mortificación.

Como le decía en la entrega pasada, usted debe cuidarse lo mejor que le alcancen sus posibilidades y de acuerdo con lo que su criterio le dicte. Si considera que el resto de la gente se está comportando de manera imprudente o temeraria, lo que le corresponde a usted es tomar distancia con respecto a esa gente pues, a fin de cuentas, la distancia es precisamente la primera recomendación, la primordial y la única que es cien por ciento eficaz.

Desgastarse en cambio en publicaciones de odio, comentarios despectivos y juicios a la ligera repartidos a diestra y siniestra, además de poco edificantes, sólo contribuyen al malestar social.

Es muy ingenuo además considerar a México como un país de irresponsables: que la gente no entiende, que no nos tomamos nada en serio, que somos esto, que somos lo otro. En todo el mundo hay gente que se lo toma a la ligera, que se saltó las recomendaciones, que armó pachangas y vacaciones cuando la recomendación era quedarse en casa (sí, hasta en la Europa más ‘aspiracional’). Colocarnos rótulos denigrantes, despectivos, calificar a “los otros” como incivilizados o como culpables de lo que no es sino un mero “acto de Dios” (expresión que no alude a ninguna potestad divina, sólo hace referencia a hecho fortuitos, imprevisibles e inesperados sobre los que nadie tiene control) es sólo el inicio de una nueva y esteril cacería de brujas.

Para finalizar y si es que me ha acompañado hasta este punto del texto, quisiera hacer algunas precisiones, o aligerar algunos prejuicios porque le juro que lo que más me puede es que, encima de tanta desgracia, nos estemos aventando heces informáticas como los cíber macacos que somos.

Entendamos que:

No todo el que usa cubrebocas cree en su efectividad.- No quiero disputar sobre esto de momento, pero muchos lo utilizamos sólo como requisito social o porque de lo contrario se nos negaría el servicio en la mayoría de los establecimientos. De hecho lo considero contraproducente, porque colgarse el trapo en la jeta alienta a la gente a cometer otro tipo de barbaridades muy poco salubres. Además….

El no creer en la efectividad del cubrebocas como medida preventiva, no significa en automático negar la existencia del COVID.

Ahora bien: No todo el que niega la existencia del COVID incumple las normas y recomendaciones sanitarias, así como…

No todo el que sale de su casa le está jugando al V (al vivo), ni lo está haciendo para prolongar esta situación. Algunos sencillamente no tienen otra alternativa. Y…

Ni todos los descreídos son contagiosos, como tampoco todos los “apanicados” son garantía de sanidad (sobre todo mental).

Relajémonos, dejemos de culparnos unos a otros. Pasará cuando tenga que pasar y que cada quien lo sobrelleve como mejor se lo permitan sus creencias y circunstancias. Usted no puede hacer nada al respecto, salvo mantenerse a prudente y sanísima distancia. Pero bajéle además al “odio cibernético” que también enferma.

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