Lo que voy a decir voy a decirlo con el mayor respeto. Lamentable por todos conceptos fue el exabrupto en que incurrió la esposa del presidente López Obrador al responder de mala manera a un ciudadano que en forma comedida le hizo una pregunta acerca de la atención –o la desatención– a los padres de niños con cáncer. Ineducada fue esa respuesta, por decir lo menos. Evidenció un talante de altanería y prepotencia que desdice de las cualidades que debe tener quien ocupa una posición de tanta relevancia, y por eso de tan grande responsabilidad, como la que tiene la señora, que en esta ocasión no estuvo a la altura de su calidad. A más de impropio su proceder fue inoportuno, pues el alud de reacciones adversas que causó llevó a segundo plano el informe que presentó su esposo, lo mismo que la celebración del aniversario de su victoria electoral. Para colmo la disculpa que ofreció la señora ante la presión de las redes sociales fue dada a regañadientes y en tono también de suficiencia. Con todo eso quedó muy mal parada la imagen de la primera dama que no quiso serlo. El error que cometió afectará a su esposo, ya de por sí muy afectado por los desastrosos sucesos de todo orden que en últimas fechas han acontecido. Se dice que la Historia es la maestra de la vida. Esperemos que de ella aprenda la señora historiadora lecciones de humildad y sencillez, de respeto a los demás y –sobre todo– de compasión humana… Un comentario más, a vuelapluma. López Obrador se queja de ser el Presidente más insultado en la historia de la Nación. Será porque él ha sido el Presidente más insultador… Don Chinguetas se vio al borde de la quiebra. Su crédito ya no era bueno en ningún banco; nadie quería tener tratos con él. Clamó desesperado: “¡Daría mi alma al diablo si me sacara de ésta!”. ¡Barrrooom! De entre una nube de humo amarillento surgió el espíritu maligno, o sea el demonio, pateta, el chamuco, Pedro Botero, patas de cabra, el demontre. Le dijo a don Chinguetas: “¿Me llamabas?”. Preguntó, suspicaz, el lacerado: “¿Eres el diablo?”. Respondió Satanás: “Lo soy”. “A ver –lo retó el que lo había invocado–. Cámbiame esa casa”. Hizo el demonio un ademán y la casa mudó de sitio. “Cámbiame esa montaña”. Otro ademán de Belcebú y la montaña se movió a otra parte. “Ahora –pidió don Chinguetas– cámbiame este cheque”. “Eso no –lo rechazó Luzbel–. Soy diablo, no pendejo”… El juez, severo, le leyó al reo su expediente: “Asalto a mano armada… Asalto a mano armada… Asalto a mano armada… Y todos cometidos con la agravante de la nocturnidad, o sea en la noche”. “Es que de día me da vergüenza” –se justificó el bribón… La señorita Peripalda, catequista, le contó a una amiga: “Tenía yo una pesadilla recurrente. Todas las noches soñaba que me hacía el amor un hombre, y al final me pagaba con una moneda de 10 pesos. Tanto me perturbaba ese mal sueño que finalmente recurrí a la ayuda de un psiquiatra. Su tratamiento me ayudó”. Preguntó la amiga: “¿Ya no sueñas a ese hombre?”. “Lo sigo soñando –replicó la señorita Peripalda–, pero ahora me paga 500 pesos”… La abuelita de Pepito se preocupó al ver al chiquillo metido en su tableta, sin ver ni escuchar nada a más del artilugio. Le dijo: “Ven, voy a contarte un cuento”. De mala gana obedeció el chiquillo. Empezó la abuelita: “Éstos eran un rey y una reina que estaban tristes porque no habían tenido hijos”. “¿Por qué no habían tenido hijos? –la interrumpió Pepito–. ¿El rey era impotente, estéril, o padecía disfunción eréctil? ¿La reina no podía concebir, o era frígida?”. “Hijito –se alarmó la abuela–, mejor vuelve a tu tableta”… FIN.

Catón

Columna: De política y cosas peores